El café de máquina sabía a traición, y Sara lo apuró sin inmutarse. El sabor metálico era un recordatorio apropiado de lo que le esperaba. Al otro lado de la larga mesa de cristal, Mateo Vega sonreía. Y no era una de esas sonrisas amables de "buenos días", sino una que prometía el apocalipsis.
—Sara Durán, qué sorpresa verte aquí —dijo Mateo, apoyando los codos en la mesa, como si el espacio fuera suyo—. ¿No deberías estar revisando el firmware de tus tostadoras inteligentes? Escuché que una se puso a bailar reguetón.
Sara apretó los labios. El día apenas comenzaba y ya su coeficiente intelectual sentía una profunda punzada. Mateo era un virus andante. Un maldito y atractivo virus, para su desgracia.
—Mateo, qué placer, como siempre, que tu ego haya encontrado la dirección correcta —replicó ella, su voz tan pulcra como su impecable traje de dos piezas—. Yo sí tengo una empresa que dirigir, no un circo de autoayuda para incautos.
La sonrisa de Mateo se ensanchó, revelando esa fosita en la mejilla que, por un segundo fugaz, la hizo querer arrancársela. Era un descaro andante. Un hombre de cabello indomable, con esa barba de tres días perfectamente descuidada y unos ojos marrones que prometían más de lo que cualquier algoritmo podría calcular. Llevaba una camiseta de cuello redondo de una tela tan fina que parecía seda, a pesar de que el código de vestimenta de FusionTech pedía algo más… corporativo. Pero Mateo nunca se había regido por códigos, solo por el de su propia conveniencia.
Estaban en la sala de reuniones principal de FusionTech, un gigante tecnológico que había puesto su ojo en las dos startups de citas más prometedoras del momento: Synapsis, la creación de Sara, y Cupido Urbano, la marca personal de Mateo. Sara había soñado con este momento. Un trato que catapultaría su visión de un amor basado en datos a la estratosfera. Lo que no había previsto era que su némesis personal sería su única competencia.
La puerta de la sala se abrió, y entró Ethan Reed, el CEO de FusionTech, un hombre de negocios implacable con la mirada fría de un tiburón. Detrás de él, su asistente personal, una joven rubia de sonrisa nerviosa, les ofreció cafés. Sara aceptó el suyo, esta vez sin el desprecio del anterior. Mateo la observó, y por un momento, sus ojos se cruzaron, una corriente eléctrica tan sutil como innegable se extendió por el aire.
—Buenos días —dijo Reed, su voz grave resonando en la sala. No miró a nadie en particular, pero su autoridad era palpable—. Me alegra que ambos hayan aceptado venir.
—Sería un honor colaborar con FusionTech, señor Reed —dijo Sara, proyectando una imagen de profesionalidad que era todo lo opuesto al desorden calculado de Mateo.
—En efecto —Mateo intervino, su tono despreocupado, pero con un matiz de seriedad que Sara rara vez le permitía escuchar—. Cupido Urbano está listo para revolucionar el mercado del romance.
Reed levantó una mano, silenciándolos. —Sé de sus éxitos. Ambos lo saben. Y por eso, ambos están aquí.
Se hizo un silencio tenso. Sara y Mateo se lanzaron una mirada fulminante. La rivalidad entre ellos no era solo profesional; era casi filosófica. Sara creía en la lógica, en que el amor era un problema que podía resolverse con datos y algoritmos. Mateo pregonaba el caos, la espontaneidad, la magia inexplicable del flechazo. Eran el código binario y la poesía, el orden y el azar.
—Hemos revisado a fondo sus propuestas —continuó Reed—. Y ambas son… prometedoras.
Sara sintió un escalofrío. Prometedoras no era la palabra que quería escuchar. Quería inigualable, superior, la única opción viable.
—Sinapsis es un sistema robusto, con una tasa de éxito del 98% en matrimonios a largo plazo —dijo Sara, sus palabras un baluarte de hechos.
—Y Cupido Urbano ha logrado un aumento del 300% en citas espontáneas y una satisfacción del cliente del 95% en los primeros encuentros —contraatacó Mateo, como si hablar de datos fuera una afrenta personal.
—Precisamente —Reed asintió—. Dos aproximaciones radicalmente distintas al mismo problema. Y ahí radica mi dilema. No puedo elegir solo una. Ambas tienen méritos.
Sara frunció el ceño. Esto no iba como lo había planeado. Había visualizado una oferta directa, un apretón de manos, y a Mateo recogiendo sus trozos de ego del suelo.
—¿No puede elegir? —preguntó Sara, su voz tensa.
—No. Porque creo que el futuro está en la sinergia —dijo Reed, y se inclinó ligeramente, como si fuera a compartir un secreto—. O, en este caso, en la competición directa.
Mateo rió, un sonido grave y lleno de diversión. —Ah, entiendo. ¿Nos va a hacer pelear como perros por un hueso?
—No como perros, señor Vega —corrigió Reed, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Como los innovadores que pretenden ser. FusionTech está lanzando un nuevo proyecto: El Experimento del Deseo. Una casa inteligente de última generación, completamente automatizada y con cámaras en cada rincón.
Sara parpadeó. ¿Cámaras? Esto sonaba... demasiado.
—¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso? —inquirió Sara, un nudo formándose en su estómago.
—Ustedes, señorita Durán, y usted, señor Vega, serán los protagonistas de este experimento. Durante una semana, vivirán en esa casa. Cada uno podrá aplicar sus métodos y sus aplicaciones para intentar encontrar el amor para un grupo de solteros elegidos al azar. El público votará. Los expertos analizarán los datos. Y al final de la semana, quien haya demostrado ser más efectivo, no solo ganará el concurso, sino un contrato exclusivo con FusionTech y la adquisición total de su empresa. El perdedor… se irá con las manos vacías.
El aire de la sala se volvió eléctrico. Sara sintió cómo la sangre le hervía. ¿Un reality show? ¿Con Mateo? Era su peor pesadilla hecha realidad. La imagen de Mateo sonriendo con su falsa modestia, mientras ella sudaba para que un algoritmo funcionara a la perfección.
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Editado: 27.01.2026