El "Algoritmo del Deseo" no era solo una casa; era una jaula de cristal y fibra óptica situada en el piso treinta de un edificio inteligente en el corazón de la ciudad. Sara observaba su reflejo en el ventanal mientras el equipo de producción terminaba de colocar los micrófonos ocultos en las paredes. Solo faltaban tres horas para que la transmisión en vivo comenzara para los suscriptores premium.
—¿Estás practicando tu cara de derrota o es que el cristal es más interesante que yo? —La voz de Mateo llegó cargada de ese barítono juguetón que a ella le crispaba los nervios.
Sara no se giró. —Estoy calculando cuánto tiempo tardarás en romper la primera regla de convivencia. Mi apuesta está en los primeros quince minutos.
Mateo se colocó a su lado, demasiado cerca. Podía olerlo de nuevo: ese aroma a bosque y rebeldía. Él también miró hacia la ciudad, pero no buscaba su reflejo, la miraba a ella a través del cristal.
—¿Reglas? Sara, la vida no tiene manual de usuario. Por eso tu app es un cementerio de solteros aburridos.
—Mi app tiene una tasa de éxito que tus "instintos" jamás alcanzarán —replicó ella, girándose por fin. Sus ojos se encontraron a escasos centímetros—. La gente quiere seguridad, Mateo. No quieren despertarse a los tres meses descubriendo que la "magia" era solo una mala digestión o un impulso hormonal.
Mateo soltó una carcajada seca y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal de forma deliberada.
—Seguridad. Qué palabra tan triste. —Bajó la voz, volviéndola peligrosa—. La gente quiere que le tiemblen las piernas. Quiere alguien que los desmonte con una mirada, no alguien que encaje en una hoja de Excel. Por eso me tiraste aquel vaso de agua hace tres años, ¿verdad? Porque te dio miedo que, por una vez, algo no fuera lógico.
El rostro de Sara se encendió. El recuerdo de aquella cita fallida era una cicatriz en su orgullo.
—Te tiré el agua porque eres un arrogante que cree que puede leer a las mujeres como si fueran libros infantiles —siseó ella—. No fue miedo, fue asco.
—Mientes —dijo él, y por un segundo, su mirada bajó a los labios de Sara—. Tus microexpresiones te delatan, "doctora lógica". Estabas aterrorizada porque te estaba gustando. Y ahora, aquí estamos de nuevo.
—Aquí estamos porque necesito ese contrato con FusionTech. Mi empresa es mi vida. Tú solo eres un obstáculo estadístico que voy a eliminar.
Un asistente de producción los interrumpió, rompiendo la burbuja de tensión.
—Señores, última cena antes de que el sistema se cierre. El catering ha servido en el comedor principal. Aprovechen, es la última comida que no tendrán que cocinar ustedes mismos bajo la supervisión de la IA de la casa.
Caminaron hacia la mesa de diseño minimalista en silencio. La cena era exquisita, pero para Sara sabía a ceniza. Mateo comía con una tranquilidad exasperante, observando cada uno de sus movimientos.
—Dime una cosa, Sara —dijo él, señalándola con el tenedor—. Si tu algoritmo es tan perfecto, ¿por qué estás soltera?
—Porque no he encontrado a nadie que cumpla con los parámetros de eficiencia y estabilidad que exijo —respondió ella de inmediato—. No voy a conformarme con menos por un capricho biológico. ¿Y tú? Supongo que el "gurú del amor" cambia de pareja cada semana para mantener la "magia" viva.
Mateo dejó el cubierto y se recostó en la silla, perdiendo parte de su fachada burlona.
—Estoy soltero porque busco algo que no se puede programar. Algo que cuando llega, simplemente lo sabes. Sin tests, sin porcentajes.
—Es decir, buscas un milagro —se burló ella—. Suerte con eso. Yo prefiero las matemáticas.
—Las matemáticas no te abrazan por la noche, Sara. Ni te hacen reír hasta que te duele el estómago.
—Tampoco me mienten, ni me dejan por otra, ni se olvidan de quién soy cuando las cosas se ponen difíciles.
Mateo la observó en silencio durante un largo rato. Hubo un destello de algo parecido a la empatía en sus ojos, pero desapareció tan rápido que Sara pensó que se lo había inventado.
—Alguien te rompió de una forma que tus datos no pudieron predecir —concluyó él en un susurro.
—Nadie me rompió nada —mintió ella, apretando los cubiertos con fuerza—. Simplemente aprendí a ver el mundo como es. Y ahora, voy a ganar este reality para demostrar que tengo razón.
—Hagamos una apuesta —propuso Mateo, recuperando su sonrisa desafiante—. Si al final de esta semana, el algoritmo de tu casa dice que somos compatibles, admitirás ante las cámaras que soy mejor que cualquier línea de código.
Sara soltó una risa sarcástica. —Eso es imposible. Somos polos opuestos. Pero acepto. Y si no lo dice, tú firmarás una cláusula de no competencia y te retirarás del sector de las citas para siempre.
—Hecho —Mateo extendió su mano sobre la mesa.
Sara la estrechó. El contacto de su piel contra la de él fue como una descarga eléctrica que le recorrió el brazo. Fue una sensación irracional, molesta y terriblemente intensa. Mateo no soltó su mano de inmediato; apretó un poco más, acercándose a través de la mesa.
—Prepárate, Sara Durán. Porque voy a ser el error en tu sistema que no podrás borrar.
En ese momento, las luces de la casa parpadearon y cambiaron a un tono azul suave. Una voz femenina y sintética resonó por los altavoces de toda la planta.
"Bienvenidos al Experimento del Deseo. El sistema está bloqueado. La convivencia comienza... ahora."
Sara retiró la mano como si se hubiera quemado. En las paredes, unas pantallas ocultas se encendieron, mostrando un gráfico vacío que decía: "Nivel de Sincronía: 0%".
Mateo se levantó y le guiñó un ojo antes de caminar hacia su habitación.
—Buenas noches, socia. Intenta no soñar con algoritmos... o conmigo.
Sara se quedó sola en el comedor, con el corazón latiendo a una velocidad que ninguna lógica podía explicar. Miró la pantalla de sincronía. El 0% brillaba con una intensidad burlona. Sabía que la batalla no solo sería contra Mateo, sino contra cada instinto que su propio cuerpo empezaba a traicionarla.
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Editado: 15.02.2026