El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 3: La Variable Caótica

El primer amanecer en el Experimento del Deseo no trajo paz, sino una notificación estridente en los paneles táctiles de los dormitorios. Sara se levantó de un salto, con el corazón martilleando. Había dormido apenas cuatro horas, analizando perfiles de candidatos en su mente, mientras que, al otro lado del pasillo, los ronquidos ligeros de Mateo le habían recordado que él no sufría de ansiedad profesional.

—Buenos días, Rayo de Sol —dijo Mateo, apareciendo en la cocina solo con un pantalón de chándal gris y una taza de café en la mano. Su torso estaba marcado de una forma que Sara decidió ignorar por salud mental—. ¿Lista para que destruya tu lógica antes del almuerzo?

Sara, que ya estaba impecablemente vestida con un traje de lino color crema, ni siquiera lo miró. Estaba concentrada en la pantalla holográfica del salón central.

—Ahorra tus energías, Mateo. Han llegado los perfiles de los tres primeros solteros. El Experimento del Deseo comienza oficialmente hoy con la "Prueba de la Primera Impresión".

La voz de la inteligencia artificial de la casa, a la que Mateo ya había bautizado como "La Entrometida", resonó en el aire con una claridad gélida: "Mentores, sus pupilos esperan en el atrio de observación. Sara, tu candidato es Leo, un arquitecto de éxito que busca orden. Mateo, tu candidata es Chloe, una fotógrafa de viajes que busca pasión. El objetivo: lograr que tengan una cita perfecta hoy mismo usando solo sus métodos bajo la supervisión del sistema."

—Fácil —sentenció Mateo, dándole un sorbo a su café—. Le diré a Chloe que sea ella misma y que deje que la química haga el trabajo sucio.

—Ese es exactamente el problema contigo —replicó Sara, ajustándose los puños de la camisa—. Tú dejas todo al azar. Yo voy a optimizar a Leo. Analizaré los puntos de fricción, sus intereses comunes y diseñaré el guion conversacional ideal para el algoritmo.

El atrio del Experimento del Deseo era un espacio impresionante, lleno de plantas hidropónicas y cámaras robóticas que los seguían como buitres. Leo era un hombre alto, de gafas cuadradas y expresión tensa. Chloe era un torbellino de energía, con el pelo teñido de azul y una sonrisa que iluminaba la sala. Sara llevó a Leo a la sala de datos para darle sus instrucciones finales.

—Escucha, Leo. El amor no es un misterio, es una coincidencia de necesidades —le dijo, mostrándole un gráfico de barras—. Chloe tiene una probabilidad del 82% de sentirse atraída por hombres que demuestren estabilidad y conocimiento técnico. No hables de tus miedos; habla de tus proyectos. Sé el pilar que sus datos dicen que le falta.

Mientras tanto, en el jardín zen, Mateo le decía a Chloe que olvidara todo lo que le habían dicho sobre las citas. Le aseguró que la verdad era el único afrodisíaco que no caducaba en este programa. Sara observaba la escena desde el cristal, apretando los dientes, convencida de que Chloe asustaría a Leo en tres minutos.

La prueba consistía en un almuerzo de cuatro tiempos en el comedor inteligente. Sara y Mateo observaban desde una sala técnica, equipados con micrófonos para dar instrucciones a sus pupilos a través de pinganillos ocultos.

—Dile que el diseño del restaurante es post-industrial —le susurró Sara a Leo—. Eso demostrará autoridad intelectual.

Leo lo hizo, su voz sonando robótica. Chloe asintió, pero sus ojos empezaron a divagar por la sala, aburrida. Mateo intervino de inmediato, diciéndole a Chloe que comentara que el lugar parecía una clínica dental. Ella soltó una carcajada y soltó la frase, dejando a Leo petrificado. La cita era un desastre coreografiado; Leo intentaba mantener el control siguiendo a Sara, mientras Chloe saboteaba la formalidad siguiendo a Mateo.

—Estás asfixiando al pobre tipo, Sara —dijo Mateo, acercándose a ella por la espalda—. Míralo, está sudando. No es un robot, es un hombre.

—Y tú la estás convirtiendo en una maleducada —reaccionó ella, girándose bruscamente—. La espontaneidad sin filtro es solo caos.

—El caos es lo que hace que el corazón lata, "Princesa del Excel". ¿Cuándo fue la última vez que sentiste algo que no podías explicar en un gráfico?

Mateo dio un paso más, invadiendo su espacio. El aire se volvió espeso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con los sensores de la casa. Justo cuando Sara iba a protestar, un grito llegó por los altavoces. En la mesa, Chloe se había levantado, despidiéndose de un Leo hundido en su silla porque no podía conectar con alguien que parecía leer un manual.

Sara sintió una punzada de fracaso, pero algo más le dolía: la sospecha de que Mateo tenía razón. De pronto, la pared principal del Experimento del Deseo se encendió en rojo sangre. La voz de la IA anunció que, ante el fracaso de los pupilos, el sistema estaba analizando la sincronía de los mentores.

Los números empezaron a girar en la pantalla. Sara y Mateo miraron fijamente, esperando un cero absoluto. Pero los dígitos se detuvieron en un número que hizo que a Sara se le cayera la tableta de las manos.

Sincronía de Mentores: 45% (Aumento detectado)

—¿Cuarenta y cinco? —preguntó Sara, incrédula—. ¡Eso es imposible!

Mateo la miró con una seriedad oscura, sin rastro de su habitual burla.

—El Experimento del Deseo no mide lo que decimos, Sara —dijo él con voz ronca—. Mide las reacciones biométricas. El pulso, las pupilas, el calor. Parece que tus datos dicen que nos odiamos... pero nuestros cuerpos están teniendo una conversación muy diferente.

Sara dio un paso atrás, chocando con la pared. Estaba atrapada entre la tecnología que amaba y el hombre que empezaba a desmantelar todas sus defensas.

—Es un error —susurró ella—. Es solo un maldito error del sistema.




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