El aire en el salón del Experimento del Deseo se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que no provenía de los servidores de la casa, sino de la cercanía residual de los cuerpos de Sara y Mateo. Eran las nueve de la noche. A través del inmenso ventanal, las luces de la ciudad centelleaban como un circuito impreso, pero dentro del ático, la iluminación se había vuelto baja, íntima y de un azul cobalto que acentuaba las sombras. Sara se mantenía de pie junto a la consola central, revisando los niveles de dopamina y cortisol de los pupilos en su tableta, tratando desesperadamente de ignorar que su propia frecuencia cardíaca seguía en la zona de "alerta".
—Parece que la casa tiene un sentido del humor bastante perverso —dijo Mateo, rompiendo el silencio. Se había cambiado la camiseta de la tarde por una camisa negra con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas. Caminaba por el salón con esa soltura felina que a Sara le resultaba tan insultante como atractiva—. Ha decidido que la sesión nocturna sea sobre "comunicación no verbal".
"Atención, mentores", anunció la voz de la IA, vibrando desde las paredes de cristal. "La Fase 2 comienza ahora. El Experimento del Deseo ha determinado que el lenguaje verbal ha sido una barrera para Leo y Chloe. La siguiente prueba es la Calibración de Movimiento Sincronizado: Tango Inducido. Antes de que los solteros entren al atrio, los mentores deben modelar la respuesta física esperada para que el algoritmo registre el patrón de éxito."
Sara levantó la vista de la tableta, con los ojos muy abiertos. —¿Tango? Esto no es una academia de danza, es un centro de alto rendimiento tecnológico. ¿Qué tiene que ver un baile del siglo diecinueve con un sistema de emparejamiento de vanguardia?
—Lo tiene todo que ver, Sara —respondió Mateo, acercándose al centro del salón donde el suelo de cristal comenzaba a proyectar guías de luces láser—. El tango es un lenguaje de tensiones. Es el equilibrio perfecto entre el control y el caos, entre la lógica de los pasos y la intuición del contacto. Es exactamente lo que tú y yo llevamos peleando desde que entramos aquí.
La música comenzó a sonar. No era un tango tradicional, sino uno electrónico, con una base de bajos profunda que parecía marcar el pulso de la propia casa. El bandoneón lloraba de fondo, creando una atmósfera de urgencia y melancolía. Mateo extendió su mano hacia ella. No era una invitación; era un desafío. Sara sabía que las cámaras estaban grabando, que FusionTech estaba analizando cada micro-gesto, y que si se negaba, estaría admitiendo debilidad frente a su mayor rival.
Se acercó a él con la espalda recta y el mentón en alto, tratando de proyectar una seguridad que no sentía. En cuanto sus manos se tocaron, una descarga recorrió su brazo. Mateo no esperó. La rodeó con su brazo derecho, presionando su mano firmemente contra la parte baja de su espalda, y la atrajo hacia sí con una fuerza que le quitó el aliento. Estaban tan cerca que Sara podía sentir el calor que emanaba de su pecho y el aroma a madera y rebeldía que era tan propio de él.
—Relájate, doctora —le susurró él al oído, su aliento rozando su piel y provocándole un escalofrío—. Si te pones rígida como un algoritmo de los noventa, nos vamos a tropezar.
—Yo no me relajo, Mateo. Yo ejecuto —replicó ella, aunque su voz sonó más entrecortada de lo que pretendía.
Mateo dio el primer paso, un avance agresivo que obligó a Sara a retroceder en una larga zancada. Sus piernas se rozaron, entrelazándose por un segundo antes de que él la hiciera girar. La casa detectó el movimiento y las luces del suelo cambiaron a un rojo intenso.
"Error de fluidez detectado", sentenció la IA. "Sara, estás intentando predecir el paso antes de que ocurra. Debes ceder el procesamiento del movimiento al líder para que la sincronía se estabilice."
—Ya has oído a la casa —dijo Mateo con una sonrisa ladeada que prometía problemas—. Deja de pensar, Sara. Por una vez en tu vida, deja de calcular y solo... siente.
Él la hizo girar de nuevo, esta vez con más velocidad, y la detuvo en seco, pegándola contra su cuerpo. Sara sintió que el mundo daba vueltas. Su lógica le gritaba que se alejara, que esto era una trampa sensorial diseñada para desarmarla, pero su cuerpo estaba respondiendo a un nivel primario. Sus dedos se cerraron sobre el hombro de Mateo, aferrándose a él mientras el ritmo de la música subía de intensidad. Empezaron a moverse en una danza de poder: ella intentando mantener su eje y él rompiendo su equilibrio para obligarla a confiar.
En un movimiento fluido, Mateo la inclinó hacia atrás. Sara sintió el vacío bajo su espalda y la fuerza del brazo de él sosteniéndola sobre el abismo del suelo de cristal. Miró hacia arriba y se encontró con los ojos de Mateo. Ya no había burla en ellos. Había una intensidad cruda, un hambre que la tecnología no podía cuantificar. En ese momento, Sara comprendió que el Experimento del Deseo no estaba probando a sus solteros; los estaba probando a ellos. El 62% de sincronía que había visto en la pantalla era una mentira por omisión; la realidad era mucho más alta, mucho más peligrosa.
—¿Sientes eso? —preguntó él, su voz apenas un murmullo sobre el lamento del bandoneón—. Eso no es un fallo del sistema. Soy yo. Eres tú. Y es lo más real que ha pasado en esta casa desde que se cerraron las puertas.
Él la levantó con una facilidad pasmosa, pero no la soltó. La mantuvo atrapada en su abrazo, con sus rostros a milímetros de distancia. Sara podía sentir el latido frenético de su propio corazón contra las costillas de Mateo. La tensión era insoportable, un arco eléctrico a punto de saltar. Ella quería apartarse y, al mismo tiempo, quería que él acortara la distancia final.
"Sincronía de mentores alcanzada: 78%", anunció la voz de la casa, rompiendo el hechizo. "Patrón de éxito registrado. Los solteros Leo y Chloe están entrando en el atrio. Tomen sus posiciones de tutoría."
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Editado: 15.02.2026