El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 6: Disonancia Crítica

La adrenalina del tango se evaporó en el momento exacto en que las luces del atrio regresaron a un blanco quirúrgico y frío. Sara sentía el pecho agitado y el pulso martilleándole en los oídos, pero no permitiría que Mateo viera ni una grieta más en su armadura. Se alejó de él con una frialdad tan cortante que el aire pareció descender varios grados en un segundo. Para ella, la atracción no era una victoria; era un fallo crítico del sistema, una vulnerabilidad que debía ser depurada antes de que causara un daño permanente en su carrera.

—Esa ha sido la exhibición más patética de manipulación que he presenciado —soltó Sara, dándole la espalda para dirigirse a la consola central. Sus dedos volaron sobre la pantalla táctil con una saña innecesaria, cerrando gráficos y abriendo protocolos de seguridad—. Has utilizado una dinámica diseñada para generar una respuesta química básica y así camuflar el hecho de que tu metodología no tiene ningún sustento real. Es vergonzoso, Mateo.

Mateo, que aún estaba recuperando el aliento y procesando la electricidad del contacto, se quedó helado en medio del salón. La rapidez con la que ella había vuelto a su modo de "bloque de hielo" le golpeó con más fuerza que cualquier insulto. La faceta vulnerable que había visto hace apenas unos segundos —esa Sara que se aferraba a su hombro y respiraba a su mismo ritmo— había desaparecido por completo, reemplazada por la ejecutiva implacable que lo despreciaba profesionalmente.

—¿Manipulación? —Mateo soltó una carcajada incrédula, aunque sus ojos ardían de irritación—. Sara, el algoritmo del Experimento del Deseo ha dado una sincronía del 78%. El sistema ha validado que lo que pasó ahí dentro funciona. No puedes llamar manipulación a algo que tú también sentiste, a menos que tu preciada lógica sea tan frágil que no soporte la realidad de un simple contacto físico.

—Lo que yo "sentí", como tú lo llamas, fue una respuesta biológica involuntaria al ejercicio y a la invasión de mi espacio personal —replicó ella, girándose por fin. Su mirada era un dardo de puro desdén—. Eres un fraude. Te vendes como el gurú de las conexiones humanas, pero lo único que haces es forzar situaciones para que la gente crea que hay "magia" donde solo hay hormonas. Lo hiciste hace tres años en aquella cena y lo estás repitiendo ahora bajo el ojo de las cámaras.

El nombre de "aquella cena" cayó entre ellos como una granada. Fue el recordatorio de la noche en que todo estalló, cuando una cita a ciegas organizada por amigos comunes terminó con Sara vaciando un vaso de agua helada sobre la cabeza de Mateo después de que él la llamara "una máquina con un diseño hermoso pero sin manual de sentimientos" frente a todo el restaurante.

—¿Todavía estás con eso? —Mateo dio un paso hacia ella, esta vez con una furia contenida que nada tenía que ver con el deseo—. Te tiré la verdad a la cara aquella noche y no pudiste soportarlo. Te dije que estabas tan obsesionada con las estadísticas que te habías olvidado de cómo ser una persona. Y veo que tres años después, sigues siendo la misma mujer fría que prefiere una hoja de cálculo a un corazón que late.

—Prefiero la exactitud de los datos a la mediocridad de tus flechazos de feria —siseó Sara, acercándose hasta quedar a escasos centímetros de él, pero esta vez con los puños cerrados—. Si FusionTech te elige a ti, estarán comprando humo. Estarán premiando a un charlatán que confunde la lujuria con la compatibilidad. No eres más que un error que el mercado se encargará de corregir tarde o temprano.

—¡Al menos yo sé lo que es la pasión! —gritó Mateo, golpeando la mesa de cristal con la palma de la mano—. Tú estás tan muerta por dentro que necesitas que una IA te dé permiso para respirar cerca de alguien. Me das lástima, Sara. Estás en este reality y lo único que deseas es que el mundo sea tan gris y predecible como tú para no tener que admitir que tienes miedo de sentir algo que no puedas controlar.

Sara sintió un nudo de rabia ardiente en la garganta. El insulto de Mateo caló hondo porque tocaba su mayor inseguridad: que su necesidad de orden fuera en realidad una incapacidad para vivir. Pero no se lo mostraría. En lugar de eso, apretó los labios y lanzó su golpe final.

—Si tanta lástima te doy, deberías retirarte ahora mismo. Porque voy a usar cada recurso de esta casa para demostrar que Chloe y Leo son un desastre por tu culpa. Voy a exponer tu fraude frente a millones de personas. No eres mi rival, Mateo. Eres solo una molestia estadística.

Mateo la miró durante un largo rato, con el pecho subiendo y bajando por la agitación. La atracción que los había unido en el tango se había transformado en un odio renovado, afilado y mucho más cómodo que el deseo. El ambiente en el Experimento del Deseo se volvió irrespirable. La casa, detectando la hostilidad extrema y el aumento descontrolado de las pulsaciones de ambos, hizo que las luces parpadearan en un tono violeta oscuro, el código asignado a la "Disonancia Crítica".

"Conflicto de alta intensidad detectado entre mentores", intervino la voz de la IA, ahora con un tono de advertencia metálica. "Los niveles de estrés superan los límites de seguridad para el entrenamiento coordinado. Se ordena una separación obligatoria de ocho horas. Las habitaciones de los mentores se bloquearán de inmediato para garantizar el periodo de enfriamiento."

—Genial —escupió Mateo, dándose la vuelta y caminando hacia su dormitorio sin mirar atrás—. Ocho horas sin tener que escuchar tu voz de procesador de datos. Es el mejor premio que este programa me ha dado hasta ahora.

—El sentimiento es mutuo, Vega —respondió Sara con voz gélida.

Entró en su habitación y escuchó el clic metálico del bloqueo automático. Se quedó sola en el silencio absoluto de su cuarto tecnológico. Caminó hacia el espejo y se miró. Tenía los labios todavía un poco hinchados por la tensión del baile y el rostro encendido. Con un gesto de frustración, se soltó el cabello, se lavó la cara con agua helada y trató de borrar cualquier rastro del contacto de Mateo.




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