El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 9: El Protocolo de Fusión

El traslado a la Suite de Conexión se sintió como una marcha fúnebre para el orgullo de Sara Durán. Mientras arrastraba su maleta minimalista por el pasillo central de la casa, sentía las cámaras robóticas zumbando a su alrededor con una curiosidad casi obscena. Ya no eran los mentores observando a los sujetos; ahora ellos eran los especímenes bajo el microscopio de FusionTech. Mateo caminaba a su lado, cargando una mochila desgastada y una funda de guitarra que ella ni siquiera sabía que poseía, manteniendo un silencio que resultaba más ruidoso que cualquiera de sus burlas habituales.

La Suite de Conexión era una maravilla del diseño opresivo. Un espacio diáfano donde las paredes eran de un cristal inteligente que pasaba de opaco a transparente según el capricho del sistema, y una única cama de dimensiones vastas que dominaba el centro de la habitación, rodeada por sensores de luz pulsante. No había paredes reales, no había rincones donde esconderse de la mirada del otro, ni de la mirada del mundo.

—Bienvenida a nuestra jaula de oro, Sara —dijo Mateo, dejando caer su mochila sobre el edredón de seda gris—. Espero que no ronques en código binario, porque sospecho que vamos a pasar mucho tiempo aquí.

—Ni siquiera te instales demasiado, Vega —respondió ella, abriendo su maleta para organizar sus camisas por estricta gama cromática—. Esto es una estrategia temporal de Vance. En cuanto los niveles de audiencia se estabilicen, encontraré la forma de revertir este protocolo.

—Sigues negando la realidad. Vance no quiere estabilidad, quiere fuego. Y nos acaba de encerrar en una caja de cerillas.

La primera noche fue un ejercicio de contorsionismo emocional. Dormir en la misma cama, aunque fuera del tamaño de una balsa, resultó ser una tortura de consciencia. Sara se mantuvo en el borde izquierdo, tan rígida que su columna parecía una vara de acero, mientras Mateo, en el lado opuesto, suspiraba con una pesadez que delataba que él tampoco estaba tan relajado como pretendía. El silencio solo era interrumpido por el leve zumbido de la IA procesando sus ritmos respiratorios.

Al despuntar el alba, el techo de la suite se iluminó con un resplandor ámbar que simulaba un amanecer forzado. Una melodía suave pero insistente llenó el aire, y la voz de la casa, ahora más autoritaria que nunca, dio el primer aviso del día.

"Buenos días, mentores. Iniciando Fase de Unificación. La primera prueba de sincronía activa comienza en sesenta segundos. Diríjanse al área de la cocina integrada."

Sara se levantó de un salto, agradecida por el fin de la inmovilidad nocturna. Se recogió el cabello en una coleta tensa y se puso su blazer, lista para la batalla profesional. Mateo, en cambio, se tomó su tiempo, restregándose la cara y mirando a Sara con una mezcla de cansancio y fascinación.

—¿Ni siquiera vas a tomar café antes de dejar que la máquina nos diseccione? —preguntó él, arrastrando los pies hacia la cocina.

—La eficiencia no espera al café, Mateo. Cuanto antes terminemos esta prueba, antes recuperaremos nuestra autonomía.

Al llegar a la cocina, no encontraron los suministros habituales. En su lugar, la encimera estaba ocupada por un complejo mecanismo de poleas, sensores táctiles y una caja sellada con un temporizador digital.

"Prueba 1: El Desayuno del Espejo", anunció la IA. "Para desbloquear el suministro de alimentos del día, deben preparar una receta compleja utilizando solo una mano cada uno. Sus manos libres estarán unidas por un grillete magnético de proximidad. Si la distancia entre sus palmas supera los quince centímetros, el suministro de agua y energía se cortará."

—¿Es una broma? —exclamó Sara, mirando el grillete que acababa de emerger de la encimera—. Eso es físicamente ineficiente.

—Es una prueba de coordinación psicomotriz, doctora —Mateo extendió su mano izquierda, esperando—. O colaboramos, o vamos a pasar mucha hambre bajo los focos de Vance.

Sara suspiró y deslizó su mano derecha en el dispositivo. Un clic magnético los unió, forzándolos a quedar hombro con hombro. La cercanía era electrizante y molesta. Podía oler el rastro de jabón neutro en la piel de Mateo y sentir el calor que irradiaba su brazo.

—Bien —dijo ella, tratando de recuperar el mando—. La receta en la pantalla es un soufflé de claras con reducción de frutos rojos. Requiere precisión en el calor. Yo me encargaré de la parte técnica; tú solo mantén el ritmo de mi brazo.

—No soy un accesorio de tu brazo, Sara. El soufflé necesita aire, no solo precisión. Si bates como si estuvieras martillando un clavo, se va a hundir. Déjame marcar el movimiento.

—Si dejas que tú marques el movimiento, terminaremos con una tortilla quemada. Sigue mi conteo. Uno, dos, tres...

Empezaron a moverse, pero la fricción fue inmediata. Sara tiraba hacia la derecha para alcanzar los utensilios con su lógica de orden, mientras Mateo intentaba girar hacia la izquierda para buscar la fluidez. El grillete emitía un pitido de advertencia cada vez que sus manos se alejaban demasiado.

—¡Cuidado! —gritó Sara cuando Mateo intentó alcanzar el azúcar sin avisar—. Casi rompes el vínculo.

—¡Es que necesitas azúcar para que esto sepa a algo, Reina de la Lógica! No puedes cocinar solo con instrucciones.

—¡Sigue el ritmo, Vega!

La cocina se convirtió en una danza caótica. Harina volando por el aire, el sonido del batidor chocando contra el bol y las respiraciones de ambos mezclándose en un compás acelerado. En un giro brusco para evitar que la leche se derramara, Mateo tropezó con el pie de Sara. Para no caerse, la atrajo hacia sí, haciendo que ella chocara contra su pecho. El batidor se detuvo. El pitido del grillete cesó porque, por primera vez, estaban a una distancia de cero centímetros.

Sara levantó la vista, jadeando. El rostro de Mateo estaba a milímetros del suyo, sus ojos fijos en sus labios. El tiempo pareció congelarse en la Suite de Conexión. La IA guardó silencio, registrando un pico de adrenalina y una sincronía cardíaca que no tenía nada que ver con la cocina.




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