El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 11: El Tercer Vértice

La puerta principal de la casa, que solía ser el límite infranqueable entre el experimento y el mundo real, se deslizó hacia un lado con un siseo metálico que cortó el aire. Sara y Mateo, que apenas unos minutos antes compartían una cercanía eléctrica tras el beso en la oscuridad, se giraron hacia el atrio con los sentidos alerta. No era Robert Vance quien entraba, sino un hombre que caminaba con una parsimonia irritante, vestido con un traje de lino gris y cargando un maletín de aluminio que parecía una extensión de su propio brazo.

Sara sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Sus dedos, que aún conservaban el rastro del calor de Mateo, se cerraron en puños rígidos.

—¿Julián? —susurró ella, y su voz sonó como un cristal rompiéndose.

Mateo frunció el ceño, detectando de inmediato el cambio de atmósfera. Miró al recién llegado: era un hombre de facciones afiladas, con una mirada fría que parecía estar escaneando el código fuente de todo lo que veía. Había algo en su forma de ocupar el espacio, una familiaridad arrogante, que hizo que Mateo apretara la mandíbula y diera un paso instintivo frente a Sara.

—Vaya, Sara. Veo que al final has encontrado un "sujeto de prueba" que ha logrado romper tu firewall —dijo Julián, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Hola, Mateo Vega. He oído mucho sobre tu... intuición. Soy Julián Echevarría, Director de Ética y Algoritmos de Auditoría de FusionTech. Y, bueno, el hombre que diseñó el núcleo original del motor que Sara tanto presume.

—Julián fue mi mentor en la universidad —explicó Sara a Mateo, con una rigidez que delataba un malestar profundo—. Y mi socio en el primer prototipo del Algoritmo del Deseo.

—Y su prometido, durante un breve y muy lógico periodo de tiempo —añadió Julián, cruzando el atrio con paso firme—. Aunque imagino que esa parte se le olvidó mencionarla en su perfil de mentora.

Mateo soltó una risa seca, cargada de una hostilidad que no intentó ocultar. Se cruzó de brazos, evaluando al intruso de arriba abajo.

—Así que el "Tercer Vértice". Me preguntaba cuándo Vance enviaría a alguien para intentar equilibrar la balanza. ¿Vienes a auditarnos o a intentar recuperar lo que perdiste por ser demasiado aburrido para ella?

Julián no se inmutó. Dejó su maletín sobre la mesa de cristal y lo abrió, revelando una interfaz holográfica mucho más avanzada que la de la suite.

—Vengo porque los números no cuadran, Mateo. Un 99.9% de sincronía en pocos minutos no es amor; es un error de sistema o una manipulación deliberada. Vance me ha enviado para realizar una "Auditoría de Veracidad". Si este romance es real, sobrevivirá a mis pruebas. Si es una estrategia de Sara para salvar su carrera tras su pequeño sabotaje técnico, lo descubriré en menos de veinticuatro horas.

—Esto es una trampa —murmuró Mateo al oído de Sara, acercándose lo suficiente para que ella sintiera su aliento—. Vance sabe que estamos empezando a sentir algo real y ha enviado a tu ex para hacernos dudar. Es psicológicamente brillante y moralmente asqueroso.

—Julián es implacable, Mateo —respondió ella en el mismo tono bajo—. No busca la verdad, busca la perfección del dato. Si encuentra una sola duda en nosotros, invalidará todo el progreso y nos expulsará.

Julián levantó la vista de sus pantallas. Sus ojos se fijaron en la mano de Mateo, que todavía rozaba el brazo de Sara.

—Primera prueba: Interrogatorio Cruzado de Memoria Emocional —anunció Julián con voz monótona—. Sara, tú irás a la cabina norte. Mateo, a la sur. Les haré la misma pregunta sobre sus intenciones. Si sus respuestas divergen más de un cinco por ciento, el algoritmo asumirá que el beso de hace unos minutos fue una actuación coordinada para las cámaras.

El interrogatorio comenzó y la presión fue asfixiante. Durante horas, Julián los bombardeó con preguntas diseñadas para crear fricción. No preguntaba sobre sentimientos vagos, sino sobre debilidades específicas.

—Mateo, ¿cuál es el miedo más profundo de Sara respecto a su futuro profesional? —preguntó Julián a través del intercomunicador de la cabina.

—Su miedo es que los datos no sean suficientes para llenar el vacío que siente cuando llega a casa y no hay nadie para analizarla —respondió Mateo con una seguridad que desarmó a Sara en la otra cabina.

—Sara, ¿por qué Mateo odia la tecnología de FusionTech a pesar de trabajar para ella?

—Porque cree que estamos robando la última pizca de misterio que le queda a la humanidad, y le aterra que yo tenga razón y el misterio sea solo una falta de información.

A pesar de los intentos de Julián por dividirlos, la sincronía se mantenía alta. Sin embargo, el auditor tenía un as bajo la manga. Para la última parte del día, los reunió de nuevo en el salón principal, pero esta vez proyectó un documento legal en la pantalla central: el contrato de confidencialidad y propiedad intelectual que Sara había firmado años atrás.

—En este contrato, Sara —dijo Julián, mirando a Mateo con malicia—, aceptas que cualquier relación personal dentro de un entorno de prueba de FusionTech sería considerada "simulación controlada" para fines de investigación académica. Mateo, ¿de verdad crees que ella puede amarte si ya ha categorizado legalmente cualquier sentimiento como una simulación para su beneficio intelectual?

Mateo miró el documento y luego a Sara. El silencio en el salón era tan denso que se podía cortar. El sabotaje anterior de Sara volvió a la mente de Mateo como un eco oscuro.

—¿Es cierto? —preguntó Mateo, su voz perdiendo toda la calidez—. ¿Firmaste que todo lo que pasara aquí, incluyendo el beso, sería solo una simulación para tu investigación?

—¡Mateo, escúchame! —exclamó Sara, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies—. Ese contrato es de hace años, es un estándar para investigadores de mi nivel. Julián lo está sacando de contexto para destruirnos.




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