El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 12: Las Semillas del Escándalo

El amanecer en la Suite de Conexión no trajo claridad, sino una penumbra rojiza y asfixiante. Las luces de emergencia seguían parpadeando, un recordatorio constante de que la auditoría de Julián había declarado sus emociones como "zonas de conflicto". Sara permanecía sentada en el borde del sofá, con la mirada perdida en los gráficos de sincronía que ahora mostraban una herida abierta: un 65% que seguía sangrando puntos cada hora.

Mateo estaba de pie frente al ventanal, observando el reflejo de Sara en el cristal. El silencio entre ellos era denso, cargado con el peso del contrato que Julián había proyectado. Para Mateo, cada gesto de Sara ahora pasaba por el filtro de la sospecha.

—¿En qué momento pensabas decírmelo? —preguntó Mateo sin girarse—. ¿O el contrato de "simulación controlada" también tiene una cláusula que te prohíbe ser honesta fuera del código?

Sara suspiró, frotándose las sienes. —Ya te lo dije, Mateo. Ese documento es una reliquia. Julián lo usó para desestabilizarte porque sabe que tu mayor debilidad es la falta de control. Y ha funcionado perfectamente.

—Lo que ha funcionado perfectamente es tu capacidad para jugar en ambos bandos —espetó él, girándose finalmente—. Primero saboteas el sistema de la casa para ocultar quién sabe qué, y ahora resulta que legalmente todo lo que sentimos es propiedad intelectual de tu laboratorio. Eres brillante, Sara. Has convertido un beso en un activo financiero.

—¡Yo saboteé el sistema para protegernos! —gritó Sara, poniéndose de pie—. Lo hice porque Vance estaba empezando a husmear en archivos que no le corresponden. Si no hubiera bloqueado ese nodo, ahora mismo no estaríamos peleando por un contrato, estaríamos en una celda de interrogatorio corporativo.

Antes de que Mateo pudiera replicar, la voz de la IA inundó la sala con una frialdad mecánica.

"Atención Mentores. El Director Robert Vance solicita audiencia inmediata. Protocolo de transparencia activado."

El holograma de Vance apareció en el centro del salón, pero esta vez no estaba solo. Julián aparecía a su lado, sosteniendo una tableta donde los datos de la caída de sincronía brillaban en un verde tóxico.

—Vaya, qué espectáculo tan fascinante —dijo Vance, entrelazando sus dedos—. La científica que sabotea su propia creación y el rebelde que descubre que su romance es solo una línea de código en un contrato antiguo. Julián, ¿cuál es el diagnóstico?

Julián dio un paso al frente, mirando a Sara con una mezcla de lástima y triunfo profesional. —Es evidente, Robert. La mentora Durán ha perdido la objetividad. El sabotaje que realizó no fue un error técnico, fue un intento desesperado de ocultar la inestabilidad del sujeto Mateo Vega. El algoritmo está viciado. No hay amor aquí, solo una codependencia generada por el encierro y el miedo al fracaso profesional.

—¿Y qué sugieres? —preguntó Vance, aunque su tono indicaba que ya conocía la respuesta.

—La descalificación inmediata de Sara Durán —sentenció Julián—. Y la purga del algoritmo actual. He diseñado un parche de "Reconfiguración Emocional". Tomaré el control de la suite y reprogramaremos las respuestas de Mateo para que interactúe con una interfaz de IA pura. Queremos datos limpios, no los caprichos de una mujer que firma contratos de simulación mientras llora en la oscuridad.

Sara sintió un escalofrío. La "reconfiguración" no era otra cosa que un lavado de cerebro algorítmico para Mateo y el robo total de su trabajo para ella.

—No puedes hacer eso, Julián —dijo Sara, su voz temblando de rabia—. El núcleo es mío.

—El núcleo le pertenece a la empresa, y tú has violado los protocolos de seguridad con tu sabotaje —replicó Vance—. Te doy una hora para recoger tus datos personales, Sara. Julián se encargará del resto.

El holograma se desvaneció, dejando a la suite en un silencio sepulcral. Sara miró a Mateo, esperando ver triunfo en sus ojos por haber tenido razón sobre ella. Pero lo que encontró fue algo distinto: una chispa de la misma rabia que ella sentía.

Mateo se acercó a ella, rompiendo la distancia de seguridad que la IA intentaba imponer con zumbidos de advertencia.

—Ese tipo... Julián —dijo Mateo en voz baja—. No ha venido a auditarte. Ha venido a robarte.

—Lo sé —susurró Sara—. Y lo peor es que tiene las pruebas de mi sabotaje. Si me voy ahora, te convertirán en un maniquí para sus pruebas de mercado.

Mateo la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo. —Entonces no te vayas. Si tú saboteaste el sistema una vez para protegernos, podemos hacerlo de nuevo, pero esta vez para destruir a Julián desde dentro.

Sara parpadeó, sorprendida por la alianza inesperada. —¿Estás dispuesto a confiar en la mujer que firmó ese contrato?

—No confío en el contrato —respondió Mateo con una sonrisa ladeada y peligrosa—. Confío en que odias perder tanto como yo. Julián cree que somos variables controladas. Vamos a demostrarle que los datos más interesantes son los que no se pueden predecir.

Sara sintió una oleada de adrenalina. Mateo tenía razón. Ella conocía los puntos ciegos de Julián mejor que nadie. Si lograban acceder a la subred de la casa antes de que Julián cargara su parche, podrían encontrar los registros que el auditor ocultaba: sus propias manipulaciones en proyectos anteriores.

—Necesito llegar a la terminal de servicio del sótano —dijo Sara, su mente ya trazando líneas de código—. Pero está bloqueada por un sensor biométrico que solo reconoce a los auditores.

Mateo miró hacia la puerta. —Yo me encargo de distraer a la seguridad y a las cámaras. Tú encuentra la forma de hackear esa puerta. Si vamos a caer, Sara, aseguremonos de que FusionTech arda con nosotros.

La sincronía en la pantalla, milagrosamente, dio un salto. No era amor romántico lo que los unía ahora, sino algo mucho más potente: la complicidad de dos fugitivos decididos a exponer la corrupción de sus captores.




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