El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 15: La Mentira de Vance

La "Fase de Exhibición" había convertido la Suite de Conexión en un escaparate de cristal. Aunque Robert Vance les había prometido "libertad de movimiento", cada rincón de la casa estaba ahora rodeado de muros holográficos que proyectaban sus datos de sincronía para los inversores de FusionTech.

Sara trabajaba febrilmente en una terminal aislada, intentando encontrar una brecha en el nuevo cortafuegos de Julián. Mateo, sin embargo, no buscaba una salida digital. Se movía por la suite como un animal enjaulado, hasta que su instinto —ese que Sara siempre había intentado cuantificar— lo llevó de vuelta al búnker donde casi mueren.

En el rincón donde la puerta había sido "reventada" por el simulacro, Mateo encontró un pequeño módulo de datos físico que se había desprendido del servidor central durante la supuesta explosión. Era una unidad de respaldo antigua, de las que FusionTech usaba antes de la nube total.

Al conectarla a un proyector manual, el corazón de Mateo se detuvo.

No eran líneas de código puro. Eran escaneos de páginas escritas a mano. Letra cursiva, nerviosa, con manchas de café y dibujos de redes neuronales en los márgenes. Los diarios de Elena Vega.

—Mateo, he conseguido acceso a... —Sara entró en la habitación, pero se detuvo al ver las proyecciones en el aire.

—"Día 42: El deseo no es una suma de factores, es una resta de miedos" —leyó Mateo en voz alta, su voz temblando de una rabia gélida—. "Si logro que la máquina entienda el silencio entre dos personas, habré descifrado el código".

Sara se acercó, fascinada y horrorizada a la vez. —Esa frase... esa frase está en el núcleo de mi algoritmo. Es la constante que equilibra la ecuación de atracción.

Mateo se giró hacia ella, con los ojos inyectados en sangre. —¿Tu algoritmo, Sara? ¿O el de mi hermana? Vance te entregó una "base de datos lógica" para empezar tu proyecto hace tres años, ¿verdad? Te dijo que era una recopilación anónima de miles de sujetos.

Sara sintió que el mundo se desmoronaba. Empezó a comparar mentalmente las fórmulas que ella creía haber descubierto con las notas de los diarios de Elena. La coincidencia era del cien por ciento.

—Él me dijo que eran datos en bruto... —susurró Sara, llevándose las manos a la boca—. Me dijo que el modelo original era defectuoso y que yo debía "humanizarlo" con lógica cuántica. Dios mío, Mateo... no he creado nada. Solo he estado puliendo los restos de la mente de tu hermana.

—Él te usó a ti como la cara bonita de la ciencia para ocultar el robo —dijo Mateo, dando un paso hacia ella—. Y me usó a mí para probar si el "pulido" de la lógica de Sara Durán era capaz de someter la intuición pura de una Vega. No somos mentores ni sujetos, Sara. Somos los buitres que se alimentan del cadáver intelectual de Elena.

La sincronía en las pantallas exteriores empezó a parpadear violentamente. La rabia de Mateo y la culpa de Sara estaban creando un pico de energía emocional que el sistema no sabía cómo categorizar.

—Él no solo la rompió, Mateo —dijo Sara, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras analizaba los metadatos de los diarios—. Él robó sus diarios mientras ella estaba en el programa de "rehabilitación". Los fragmentó para que parecieran datos desordenados. Vance sabía que si una científica con tu reputación académica lo firmaba, nadie cuestionaría el origen.

En ese momento, la voz de Vance resonó por los altavoces, esta vez con una nota de impaciencia.

—Veo que han encontrado la biblioteca secreta. Sara, no te sientas mal. Todo gran arquitecto necesita un cimiento. Elena puso la piedra, tú pusiste la estructura. Es una colaboración... póstuma, por así decirlo.

—¡Es un robo, Robert! —gritó Sara a la cámara más cercana—. ¡Has construido tu fortuna sobre el diario de una chica a la que destruiste!

—Y tú has construido tu carrera sobre él, querida —replicó Vance con crueldad—. No estamos tan lejos el uno del otro. Mateo, si quieres culpar a alguien, mira a la mujer que tienes al lado. Ella es quien ha estado diseccionando el alma de tu hermana cada vez que tecleaba un comando en esa consola.

Mateo miró a Sara. La tensión entre ellos llegó a su punto más crítico. Ella representaba todo lo que él odiaba de FusionTech, pero sus ojos reflejaban un dolor tan genuino como el suyo. Vance quería que se destruyeran el uno al otro. Quería que Mateo viera en Sara a la usurpadora.

Mateo caminó hacia Sara. Ella cerró los ojos, esperando un golpe o un grito. En lugar de eso, sintió que él tomaba sus manos y las ponía sobre la terminal de datos.

—Vance tiene razón en una cosa —dijo Mateo, con una voz que era puro fuego—. Ella puso la piedra y tú la estructura. Así que ahora, vamos a usar esa estructura para demoler su casa entera.

Sara lo miró, secándose las lágrimas. —¿Qué quieres decir?

—El algoritmo está basado en Elena. Yo conozco a Elena mejor que nadie. Sé cuál es la "paradoja" que ella nunca pudo resolver en sus diarios, la que Vance no pudo robar porque ella se la llevó a la tumba. Si introducimos esa variable, el sistema de FusionTech entrará en un bucle infinito.

—La Paradoja del Deseo Absoluto —murmuró Sara, dándose cuenta del plan—. Si el algoritmo intenta procesar un deseo que es capaz de destruirse a sí mismo por el bien del otro, la lógica corporativa colapsa.

—Hagámoslo —sentenció Mateo—. Que el mundo vea el verdadero final de este experimento.

La sincronía volvió a subir, pero ya no era un color verde de "acuerdo". Era un rojo intenso, una señal de guerra. Sara Durán y Mateo Vega estaban a punto de hackear la realidad con el arma más peligrosa de todas: la verdad de una mujer que FusionTech creyó haber borrado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.