El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 19: El Santuario del Arquitecto

El aire en el refugio provisional se sentía como el de una tumba. Mateo observaba a las dos mujeres, Elena y Lucía, cuyas mentes parecían flotar en un limbo entre el código y la vigilia. El silencio sepulcral fue interrumpido por un sonido rítmico: tres golpes metálicos precisos y el siseo de la puerta de seguridad abriéndose con una fluidez técnica que no correspondía a aquel búnker decadente.

Mateo se puso en pie de un salto, con los músculos tensos, esperando un equipo de asalto de FusionTech. Pero lo que entró por la puerta detuvo su respiración y bajó su guardia por pura confusión.

Era un hombre que parecía emitir su propia luz. No era solo atractivo; era radiante, con una seguridad que rayaba en lo aristocrático. Vestía un abrigo largo de color grafito y una camisa oscura que acentuaba su porte atlético. Su rostro era de una simetría perfecta, con una mandíbula firme y ojos de un ámbar líquido que parecían procesar mil datos por segundo. Su cabello oscuro estaba ligeramente revuelto, dándole un aire de genio rebelde.

—Mateo Vega —dijo el hombre, y su voz tenía una textura de terciopelo y autoridad—. Has hecho un buen trabajo sacándolas de la torre, pero este lugar es una ratonera. Vance ya ha enviado a los rastreadores térmicos de baja frecuencia.

Mateo apretó los puños, irritado instintivamente por la arrogancia del recién llegado. —¿Quién demonios eres tú?

El hombre sonrió, una sonrisa ladeada que derrochaba carisma, y caminó hacia la camilla de Elena con una familiaridad que hizo que a Mateo se le revolviera el estómago. Se inclinó y, con una delicadeza extrema, apartó un mechón de pelo del rostro de la chica.

—Soy Adrián Castelar —respondió sin mirarlo—. Pero en la red, me conocen como El Arquitecto de Loto. Fui el mentor de tu hermana y el confidente de Lucía mucho antes de que FusionTech las convirtiera en trofeos de silicio.

Mateo dio un paso adelante, bloqueándole el paso. —Tú... ¿tú eres el que enviaba los mensajes? ¿El hacker que ayudó a Sara? ¿Por qué no apareciste antes si tanto te importan?

—Porque un arquitecto no entra en la obra hasta que los cimientos están listos —dijo Adrián, irguiéndose y mirando a Mateo a los ojos con una superioridad tranquila que lo hacía sentir pequeño—. Este búnker es basura, Mateo. Si nos quedamos diez minutos más, Julián nos rodeará y no habrá algoritmo que te salve. Tengo un transporte blindado con inhibidores de señal en el túnel norte. Los llevo a la verdadera instalación de Loto: El Edén Bajo Tierra.

Lucía soltó un quejido y abrió los ojos. Al ver a Adrián, su respiración se aceleró. No hubo el rechazo que mostró antes; sus dedos buscaron la manga del abrigo de Adrián con una urgencia que Mateo nunca había logrado despertar en ella desde que abrió los ojos.

—Adrián... —susurró Lucía—. ¿Está listo el núcleo? Me duele... el ruido de la red no para.

—Shh... —Adrián le tomó la mano, y por un momento, Mateo se sintió como un intruso en su propia tragedia—. Ya casi llegamos, Lucía. En El Edén podré estabilizar la frecuencia de tu pulso. Confía en mí.

Adrián se giró hacia Mateo, su expresión volviéndose de acero. —Ayúdame a subirlas al transporte. Cambiamos de lugar ahora mismo. Si de verdad valoras sus vidas más que tu orgullo, muévete.

Mientras tanto, en la Torre FusionTech, el ambiente era radicalmente distinto. Sara estaba encadenada digitalmente a una interfaz de realidad aumentada en una celda de cristal. Robert Vance la observaba desde la penumbra, mientras ella, bajo coacción y con una migraña que le nublaba la vista, tejía los hilos de la Fase Espejo.

—¿Cómo va el progreso, Sara? —preguntó Vance con una frialdad quirúrgica.

—Estoy integrando el núcleo de predicción —respondió ella, con la mirada fija en las líneas de luz dorada—. Pero necesito que sepas algo, Robert. Mateo no se detendrá. Lo que has hecho solo le ha dado un motivo para quemar este edificio contigo dentro.

Julián, que estaba al lado de Vance con el brazo vendado y una expresión de odio mal disimulado, soltó una carcajada seca. —Mateo ya se detuvo, querida. Está en algún agujero con su preciosa Lucía y su hermana. ¿De verdad crees que le importas tú? Eres la mujer que ayudó a destruir a su familia. Eres un dato descartable para él.

Sara apretó los dientes, sintiendo una punzada de dolor más fuerte que la de los electrodos. Sus manos se movieron rápido sobre el panel táctil, ocultando una ventana de comandos secundaria. De repente, una señal de alta frecuencia parpadeó en su retina. Era un mensaje de Adrián.

LOTO (Adrián): "Las tengo. Estamos en movimiento hacia El Edén. Mateo está a salvo, pero Lucía está vinculada al código que tú escribiste; su mente se desmorona sin tu estructura. Ella te necesita, Sara... o más bien, necesita lo que hay en tu cabeza. Aguanta. El Arquitecto no deja a nadie atrás."

Sara sintió un vuelco de alivio, pero también una nueva y punzante inseguridad. ¿Quién era ese tal Adrián que hablaba con tanta autoridad sobre Mateo? ¿Y qué significaba que Lucía la "necesitaba"?

Aprovechando que Julián se distrajo con una notificación en su tableta, Sara envió una respuesta corta, cargada de la rabia y el sacrificio que la consumía:

SARA: "No me hables de El Edén, Adrián. Saca a Mateo de la ciudad. Lucía es el cebo; Vance ha implantado un protocolo de rastreo en su sistema que solo yo puedo ver desde aquí. Si Mateo se queda con ella, morirá. Dile que lo odio... dile que lo odio por hacerme querer salvarlo de sí mismo."

Vance se acercó al cristal, interrumpiendo su flujo de trabajo. —Pareces distraída, Sara. Tu ritmo cardíaco ha subido un 15%. ¿En qué piensas?

—En que tu algoritmo tiene un error fundamental, Robert —dijo ella, mirándolo a los ojos con un desafío suicida—. No contó con que el odio puede ser más leal y protector que cualquier amor programado.




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