El viaje hacia el refugio de Adrián fue un ejercicio de silencio tenso. El transporte blindado se movía con una suavidad eléctrica por los túneles de mantenimiento que cruzaban el subsuelo de la ciudad, un laberinto que solo El Arquitecto parecía conocer. Mateo, sentado frente a las camillas, no podía dejar de mirar cómo Lucía entrelazaba sus dedos con los de Adrián cada vez que el vehículo giraba. No era solo dependencia; era una conexión técnica y emocional que lo hacía sentir como un extraño en la vida de la mujer por la que había sacrificado todo.
—Llegamos —anunció Adrián, mientras el transporte se detenía frente a una compuerta hidráulica camuflada tras un muro de hormigón en desuso.
Cuando las puertas se abrieron, Mateo quedó sin palabras. El Edén no era una base militar ni un sótano lleno de cables. Era una antigua estación de metro de la época dorada, reconvertida en un ecosistema autosustentable. Había jardines hidropónicos que emitían una luz violeta, terminales de cristal líquido que flotaban en el aire y un sistema de purificación de agua que sonaba como un río constante. Era el lugar que Sara habría soñado construir si no hubiera sido corrompida por Vance.
—Es magnífico —susurró Elena, quien parecía recuperar un poco de lucidez al reconocer los patrones de diseño de Adrián.
—Es seguro —corrigió Adrián, ayudando a Lucía a bajar—. Aquí el aire está filtrado contra nanobots rastreadores y la red está aislada por un domo de frecuencia cuántica. Vance es un dios fuera de aquí, pero en El Edén, yo escribo las leyes.
Mateo ayudó a bajar los suministros médicos, sintiendo que cada paso en ese lugar era una traición a la realidad. Se acercó a Adrián mientras este conectaba a Lucía a un monitor de ondas cerebrales mucho más avanzado que cualquier cosa que Mateo hubiera visto.
—Dime la verdad, Castelar —dijo Mateo en voz baja—. ¿Qué era Lucía para ti antes de todo esto? No me mires con esa superioridad. Sé reconocer una mirada de pérdida cuando la veo.
Adrián se detuvo, con los dedos sobre la pantalla. Miró a Lucía y luego a Mateo. La luz ámbar de sus ojos se volvió fría. —Lucía era la luz que hacía que mi código tuviera sentido. Éramos socios, Mateo. Íbamos a lanzar una red abierta para que nadie pudiera ser controlado por empresas como FusionTech. Pero Vance llegó primero. Se la llevó a ella para castigarme a mí. Así que no me hables de pérdida. Yo la perdí cada día durante dos años mientras tú simplemente te lamentabas en bares.
La tensión entre los dos hombres estaba a punto de estallar cuando una alarma suave pero persistente sonó en la terminal central de Adrián.
—Un mensaje entrante —dijo Adrián, cambiando su expresión a una de profesionalismo puro—. Viene de la Torre. Es de Sara.
Mateo se acercó a la pantalla, su corazón dando un vuelco. Al leer las palabras de Sara, el aire se le escapó de los pulmones.
"Dile que lo odio... dile que lo odio por hacerme querer salvarlo de sí mismo."
—¿Qué significa que ella es el cebo? —preguntó Mateo, su voz cargada de una rabia renovada—. ¿Y qué es ese protocolo de rastreo?
Adrián analizó los metadatos del mensaje. Su rostro palideció. —Sara tiene razón. Vance no solo puso a Lucía en una cápsula; implantó un "quemador" en su sistema límbico. Si intentamos desconectarla por completo del algoritmo sin la clave de Sara, el cerebro de Lucía se freirá. Vance no la quiere a ella, Mateo. Te quiere a ti. Quiere que vuelvas a la torre suplicando que Sara la salve. Es una trampa de doble filo.
Mateo golpeó la mesa de metal. —Entonces volveré. Entraré allí y sacaré a Sara. No voy a dejar que Vance gane este juego.
—No puedes —dijo una voz débil desde la camilla. Lucía se había incorporado, sus ojos brillando con una claridad aterradora—. Si vuelves, Sara morirá. Vance ya ha empezado la Fase Espejo. Ella me lo está diciendo... a través del código. Siento sus dedos en mi mente, Mateo. Ella está... está sufriendo por ti.
Mateo miró a Lucía y luego a la pantalla donde el mensaje de Sara seguía parpadeando. El odio de Sara era su forma de protegerlo, y el amor de Lucía era ahora una cadena que lo ataba al plan de Vance.
En ese momento, Mateo comprendió el verdadero giro de su destino: para salvar a la mujer que fue su pasado, tenía que convertirse en el monstruo que rescataría a la mujer que era su presente.
—Prepara tus sistemas, Arquitecto —dijo Mateo, mirando a Adrián con una determinación suicida—. No vamos a esperar a que Vance venga. Vamos a llevarle el infierno a su propia puerta. Pero esta vez, no voy solo por Lucía. Voy por la mujer que me enseñó que el algoritmo más perfecto es el que se rompe por amor.
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Editado: 07.03.2026