El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 21: La Anatomía del Caos

La planta 99 de la Torre FusionTech no tenía ventanas. Era un vacío de hormigón y servidores donde el tiempo se medía en pulsos de dolor. Sara Durán estaba suspendida en el centro de una estructura circular, con sus extremidades sujetas por grilletes magnéticos que vibraban cada vez que ella intentaba resistirse. Los electrodos de la Fase Espejo ya no estaban pegados a su piel; habían sido suturados quirúrgicamente a sus sienes. Un hilo de sangre seca trazaba un camino oscuro por su mandíbula, pero ella apenas lo sentía.

El peligro no era una posibilidad; era el aire que respiraba.

Frente a ella, Julián Echevarría observaba las constantes vitales en una tableta. Su rostro, antes apuesto, estaba deformado por una mueca de placer sádico. Él no quería el algoritmo; quería ver el momento exacto en que la soberbia de Sara se quebrara.

—Tu ritmo cardíaco está subiendo, Sara. ¿Es miedo o es que finalmente te das cuenta de que Mateo Vega no vendrá? —Julián se acercó, ajustando un dial en la consola—. He aumentado la carga sináptica. Cada vez que piensas en él, el sistema te devuelve una descarga de 40 milivoltios. Te estamos reentrenando, como a un animal.

Sara levantó la cabeza. Sus ojos, antes brillantes y analíticos, estaban inyectados en sangre. —Puedes quemar mis nervios, Julián, pero no puedes borrar lo que soy. Soy la que construyó este imperio. Tú solo eres el perro que cuida la puerta.

Julián lanzó un revés que impactó en la mejilla de Sara, haciendo que su cabeza rebotara contra el soporte de metal. El sabor metálico de la sangre llenó su boca. Él se inclinó, susurrando a su oído: —Pronto no serás nada. Solo una terminal biológica.

—Suficiente, Julián.

La voz de Robert Vance entró en la sala como un sudario frío. Julián se tensó y dio un paso atrás, recuperando su compostura de subordinado. Vance caminó lentamente alrededor de Sara, observándola con la curiosidad de un entomólogo diseccionando a un insecto vivo. No había ira en él, solo una indiferencia aterradora.

Vance se sentó en una silla de cuero frente a ella y cruzó las piernas. Se tomó un momento para limpiar sus gafas con un pañuelo de seda mientras el zumbido de los servidores llenaba el silencio sepulcral.

—¿Sabes por qué te elegí, Sara? —preguntó Vance, su voz suave y pausada—. No fue solo por tu coeficiente intelectual. Fue por tu odio. Vi cómo mirabas al mundo, con ese desprecio por la debilidad humana. Pensé que éramos iguales. Pero te dejaste infectar por la anomalía de Vega.

Sara escupió sangre al suelo, justo a los pies de Vance. —Te equivocas, Robert. Lo que siento por ti no es odio. Es asco. El odio requiere respeto, y tú no eres más que un parásito que roba las ideas de otros para alimentar su complejo de dios.

Vance soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. —Hablas de robo, pero no conoces la historia de este lugar. Déjame contarte algo que no está en los registros de FusionTech. Déjame contarte por qué Elena, Lucía y ahora tú, son necesarias.

Se puso de pie y comenzó a caminar, gesticulando hacia las sombras de la sala.

—Hace treinta años, yo no era un CEO. Era un hombre con una esposa y un hijo. Los amaba con esa misma estupidez biológica con la que tú crees amar a Mateo. Un día, hubo un accidente. No fue culpa de nadie, solo el azar caótico de un mundo sin orden. Los vi morir a través del cristal de una unidad de cuidados intensivos, viendo cómo sus corazones se detenían mientras las máquinas, mis propias máquinas primitivas de entonces, no podían predecir lo inevitable.

Vance se detuvo frente a Sara, su rostro a milímetros del de ella. Sus ojos estaban vacíos, dos pozos de oscuridad absoluta.

—Ese día comprendí que el libre albedrío es el cáncer de la humanidad. La gente elige mal, conduce mal, ama mal. Mi familia murió por el error de un hombre que decidió beber antes de conducir. Mi hijo murió por un segundo de impulsividad. Fue entonces cuando juré que el mundo dejaría de elegir. El algoritmo no es para ganar dinero, Sara. Es para domesticar la realidad. Quiero un mundo donde nadie tenga que sufrir porque nadie pueda elegir el camino equivocado.

—Estás loco —susurró Sara, estremecida por la frialdad retorcida de su lógica—. Quieres convertir el planeta en un cementerio de mentes dormidas.

—Quiero paz —corrigió Vance—. Y para lograr esa paz, necesito el puente perfecto. Lucía es la empatía, Elena es la lógica pura, pero tú... tú eres la voluntad. La Fase Espejo no se trata de reflejar deseos, se trata de imponer los míos a través de los tuyos. Al conectarte con Lucía, usaré tu capacidad de sacrificio para sellar el sistema. Te convertirás en el cortafuegos humano. Vivirás para siempre en una red de agonía, manteniendo el orden para millones.

Vance hizo una seña a Julián. Este activó una palanca y un panel se deslizó en el suelo, revelando una fosa llena de líquido criogénico donde miles de cables convergían hacia una unidad central.

—Mis escuadrones de purga están a sesenta minutos del Edén —dijo Vance, mirando su reloj—. Adrián Castelar cree que puede ocultarse, pero yo le enseñé a construir sus escondites. En una hora, Mateo Vega verá cómo su santuario se convierte en una pira funeraria. A menos que...

—A menos que qué... —jadeó Sara, el dolor de los electrodos intensificándose.

—A menos que aceptes la integración total. Si te fundes voluntariamente con la Fase Espejo ahora, desactivaré los rastreadores. Mateo y Elena podrán huir. Lucía se quedará aquí, conectada a ti, pero ellos vivirán. Es el trato final, Sara. Odio puro a cambio de una vida que nunca compartirás.

Julián se acercó a Sara, sosteniendo una jeringa cargada con un acelerador sináptico. El peligro palpitaba en la habitación. Sara sabía que si aceptaba, su mente sería fragmentada y esparcida por la red de FusionTech. Nunca volvería a hablar, nunca volvería a sentir el calor de Mateo. Sería una esclava eterna, una pieza de hardware con alma.




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