El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 22: El Eco del Deseo (72 Horas)

El Edén Bajo Tierra, que hasta hace unos minutos era un remanso de paz hidropónica y tecnología silenciosa, se transformó en una cámara de tortura sensorial. Las luces violetas de los cultivos empezaron a parpadear violentamente, volviéndose de un rojo carmesí. Las pantallas táctiles de Adrián Castelar estallaron en mil pedazos, proyectando esquirlas de cristal líquido por toda la sala de mando.

—¡Abajo! —gritó Adrián, cubriendo a Elena con su propio cuerpo mientras las chispas llovían del techo.

Mateo, que estaba junto a la camilla de Lucía, sintió un golpe seco en la base del cráneo. No fue un sonido, fue una intrusión. Una imagen se proyectó directamente en su nervio óptico: el rostro de Sara, bañado en sudor y sangre, gritando su nombre en un vacío digital.

—¡Sara! —rugió Mateo, cayendo de rodillas. Se sujetó la cabeza con ambas manos, sintiendo cómo una presión insoportable intentaba ensanchar sus sienes desde adentro.

—Es un Eco del Deseo —exclamó Adrián, levantándose con dificultad y corriendo hacia su terminal principal, que aún emitía chispas—. Ella se ha conectado... ¡Dios mío, Sara se ha fundido con el núcleo! Está transmitiendo su firma neuronal a través de la red de Lucía para avisarnos.

Lucía, en la camilla, empezó a convulsionar. Sus ojos estaban en blanco, pero su boca se movía al unísono con el grito silencioso de Sara que solo ellos podían "oír".

Mateo... vete... quémalo todo... —la voz que salió de Lucía no era la suya; era una amalgama distorsionada de la voz de Sara y una frecuencia de estática pura.

Mateo se acercó a Lucía, pero al tocarla, una descarga eléctrica lo lanzó contra la pared. El dolor fue agudo, pero lo que más le dolió fue la sensación que viajaba por el vínculo: el odio puro de Sara hacia Vance, mezclado con un amor desesperado y protector hacia él. Mateo lo entendió todo en ese segundo de conexión forzada. Ella no lo había dejado por ambición; se había quedado para ser el pararrayos de la furia de Vance y darles tiempo.

—Adrián, ¿qué está pasando? —preguntó Mateo, poniéndose de pie con la mirada encendida por una rabia que nunca había sentido—. ¡Dime qué le están haciendo!

Adrián tecleaba con una velocidad inhumana, intentando levantar muros de contención para que la mente de Lucía no colapsara bajo el peso de la de Sara.

—Vance está usando a Sara como un puente biológico para localizarnos —explicó Adrián, con el sudor corriendo por su frente—. Ella está intentando sabotear la señal desde dentro, pero para hacerlo, tiene que dejar que el algoritmo la consuma poco a poco. He analizado la degradación sináptica... Mateo, tiene setenta y dos horas. Tres días.

—¿Tres días? —Mateo apretó los dientes—. Eso es una eternidad de tortura.

—Es el tiempo que tardará el algoritmo en reescribir su lóbulo frontal por completo —sentenció Adrián, mirando a Mateo a los ojos—. Después de setenta y dos horas, Sara Durán dejará de existir. Solo quedará una carcasa biológica ejecutando el código de Vance. Y los escuadrones de purga ya están en el perímetro superior. Han detectado el eco de Sara. El Edén ya no es un refugio; es un blanco con una cuenta atrás en la puerta.

Mateo miró a su hermana, Elena, y luego a Lucía, que seguía siendo el receptáculo del sufrimiento de Sara. El pasado y el presente chocaban en su pecho como dos trenes a toda velocidad.

—No voy a esperar tres días a que la conviertan en un vegetal —sentenció Mateo—. Elena está a salvo contigo. Lucía... Lucía ya no está aquí del todo, Adrián. Su alma está atrapada en ese maldito edificio junto a la mujer que me salvó la vida.

Mateo se acercó a la terminal y grabó un mensaje rápido, una frecuencia de audio que sabía que solo los implantes de Sara podrían filtrar entre el ruido del algoritmo.

—Arquitecto, abre el túnel de salida hacia los muelles de carga de FusionTech. Necesito un plan para entrar en la planta 99, pero no podemos ir de frente. Necesito esas setenta y dos horas para desmantelar a Vance desde sus cimientos.

En la Torre: El Desgarro Final

En la planta 99, Sara sentía que su cuerpo pesaba toneladas. Su conciencia estaba expandida por toda la estructura de la Torre. Podía sentir el flujo de electricidad en las paredes, el calor de los servidores, el miedo de los empleados en los pisos inferiores.

Vance estaba de pie frente a ella, observando el cronómetro en la pantalla central: 02:23:58:12.

—Tres días, Sara —susurró Vance con una calma cruel—. Tres días para que tu voluntad se rinda al orden. Siente cómo la humanidad se simplifica dentro de ti. Siente cómo el caos de tus recuerdos se ordena en secuencias binarias.

Sara intentó escupir, pero sus músculos faciales apenas respondían. En su mente, estaba librando una guerra de guerrillas, escondiendo sus recuerdos más preciados en los sectores dañados del servidor.

—¡Vance! —gritó Julián, entrando en la sala con urgencia—. Hemos perdido el rastro del Edén. La señal se ha dispersado en un patrón de interferencia cuántica. Ella está... ella está usando sus propios recuerdos como virus para enmascarar la ubicación de Vega.

Vance se acercó a Sara y le propinó una bofetada que le giró la cara. —¡Detenlo, Sara! ¡Si sigues corrompiendo el núcleo, borraré a Elena Vega de la red ahora mismo y te dejaré conectada a un servidor vacío!

Sara abrió los ojos. Ya no eran marrones; eran dos pozos de luz azul eléctrica, la interfaz de la torre brillando a través de sus retinas.

—Es... demasiado... tarde... Robert —la voz de Sara salió por los altavoces de la habitación, profunda y múltiple—. El error... soy yo. Y tengo tres días... para ver cómo tu imperio se desmorona.

De repente, una interferencia de audio rompió el protocolo de seguridad de la sala por solo un segundo. Era una voz distorsionada, pero clara para el alma de Sara.




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