El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 23: La Traición de la Memoria

El segundero digital en la terminal principal de El Edén marcaba las 71:12:04. Una hora había pasado desde que el grito neuronal de Sara desgarrara la paz de su refugio, y el aire en la instalación subterránea todavía se sentía cargado de ozono y desesperación. Mateo Vega permanecía de pie, con los puños cerrados hasta que sus nudillos perdieron el color. El mensaje de Sara seguía resonando en su mente: "Te odio por hacerme querer salvarlo". Era una declaración de guerra contra el destino, y él no pensaba dejarla morir en ese campo de batalla de silicio.

—Los escuadrones de purga han rodeado el sector norte de la superficie —anunció Adrián Castelar, su voz filtrada por una calma profesional que a Mateo le resultaba irritante—. Han desplegado drones de resonancia. Si no activamos los señuelos térmicos ahora, el blindaje del Edén no aguantará más de treinta minutos.

Mateo no respondió. Sus ojos estaban fijos en Lucía, quien yacía en la camilla con el pecho subiendo y bajando en una arritmia violenta. Sus párpados se movían frenéticamente. El "Eco del Deseo" que Sara había lanzado no solo era una advertencia; era un puente que estaba abriendo archivos sellados en la mente de Lucía.

—Adrián, prepara la estrategia de infiltración —dijo Mateo, finalmente girándose—. Dijiste que podíamos entrar por el sector de carga.

—Es más complejo que eso, Mateo —respondió El Arquitecto, acercándose a una mesa holográfica que proyectaba un mapa tridimensional de la Torre FusionTech—. Tenemos tres días. Entrar ahora por la fuerza es suicidarse en la planta baja. Mi plan es el Protocolo Caballo de Troya. Usaremos una brecha en la red de refrigeración que Sara dejó abierta antes de ser capturada. Yo hackearé los sensores desde aquí, piso por piso, mientras tú avanzas por los conductos internos. Necesito que seas mis manos allí dentro.

Mateo observó el mapa. Era un laberinto de muerte. —¿Y por qué debería confiar en que puedes hackear a Vance desde esta distancia sin que él rastree mi posición?

—Porque yo construí el 40% de ese sistema antes de que Vance me expulsara —dijo Adrián con una seguridad magnética—. Confía en mí, Mateo. Somos un equipo. Yo mantengo el soporte vital de Elena y Lucía, y tú traes a Sara de vuelta.

De repente, un grito agudo y desgarrador cortó la explicación de Adrián.

Lucía se había incorporado en la camilla. Sus manos buscaban desesperadamente su garganta, como si intentara arrancarse algo que no estaba allí. Mateo corrió hacia ella, sujetándola por los hombros.

—¡Lucía! ¡Mírame! Estás a salvo. Estás en el Edén —exclamó Mateo, intentando que su voz fuera un ancla en medio de la tormenta que ella estaba viviendo.

Pero Lucía no lo miraba con amor. Sus ojos estaban inyectados en una mezcla de horror y una lucidez fría y cortante. El contacto con la mente de Sara había derribado las paredes de su amnesia inducida.

—No... no es así, Mateo —susurró Lucía, y su voz sonaba como el cristal rompiéndose—. No soy quien tú crees. No soy la víctima que has estado intentando rescatar todos estos años.

Adrián se tensó en su sitio. Elena, desde la otra camilla, observaba con los ojos muy abiertos.

—Estás confundida por el algoritmo, Lucía —dijo Adrián, intentando acercarse con una jeringa de sedante—. Déjame estabilizarte.

—¡No me toques, Adrián! —gritó ella, apartándolo con una fuerza sorprendente—. ¡Tú lo sabías! ¡Tú estabas allí cuando firmé el contrato!

Mateo sintió que el mundo se detenía. Miró a Lucía, buscando una señal de que esto fuera una alucinación del código. —¿De qué contrato estás hablando? Vance te secuestró. Te usaron como base para el algoritmo porque...

—Porque yo se lo ofrecí —soltó Lucía, y las palabras cayeron como ácido en el pecho de Mateo—. Al principio, cuando FusionTech era solo una idea para "mejorar el mundo", yo era la jefa del departamento de Bio-Sincronía. Yo quería que el algoritmo funcionara. Creía en la visión de Vance. Creía que podíamos eliminar el dolor de la pérdida, el miedo... quería "curar" a la humanidad.

Mateo retrocedió un paso, su rostro pálido. —¿Tú... ayudaste a construir la Fase Espejo?

—Fui su arquitecta principal junto a Vance —confesó Lucía, con lágrimas de amargura corriendo por su rostro—. No me secuestraron, Mateo. Me mudé a la torre voluntariamente. Te mentí. Te dije que eran viajes de negocios, pero estaba en el laboratorio, entregándole mi propia firma neuronal para perfeccionar el sistema. Me encantaba el poder de ver cómo las emociones podían ser predichas. Me sentía una diosa.

Mateo sentía que la habitación daba vueltas. La mujer por la que había pausado su vida, la que había buscado en cada sombra de la ciudad, no era la damisela en apuros. Era una de las creadoras de la pesadilla.

—Solo cuando Vance decidió que el algoritmo necesitaba una "fuente constante de sacrificio" fue cuando se volvió contra mí —continuó Lucía, temblando—. Cuando intenté detenlo porque quería aplicar el sistema a gran escala sin ética, me encerró. Me convirtió en el procesador que yo misma había diseñado. Pero antes de eso... yo era su mano derecha. Yo elegí este camino, Mateo. Fui yo quien sugirió usar los patrones de Elena porque su cerebro era más maleable que el mío.

—¿Tú entregaste a mi hermana? —la voz de Mateo era un susurro letal.

Lucía bajó la cabeza, rota por la culpa. —Pensé que la estábamos ayudando... que el algoritmo la salvaría de su propia mente.

Mateo miró a Adrián, quien mantenía la vista fija en sus terminales. —¿Tú lo sabías, Adrián? Por eso eres el "Arquitecto". Tú no eras el hacker rebelde que la salvaba, eras el compañero de laboratorio que se quedó mirando mientras ella vendía su alma.

—Mateo, las cosas no son tan simples —intentó explicar Adrián, pero el brillo carismático de sus ojos se había apagado bajo el peso de la verdad revelada—. Intentamos hacer el bien.




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