El Piso 60 era un desierto de laboratorios de biogenética, un laberinto de tanques de incubación vacíos que proyectaban sombras alargadas bajo una luz roja intermitente. El aire aquí arriba era más fino, cargado con el olor químico de los aceleradores sinápticos. El cronómetro en la visión de Mateo, parpadeando con una luz ámbar que parecía una advertencia de muerte, marcaba 11:58:02.
Ya no eran días. El sabotaje masivo de Sara para abrirle las puertas de los pisos inferiores y las explosiones de termita de Mateo habían forzado al edificio a entrar en un modo de consumo crítico. El tiempo se había contraído como un músculo herido. Mateo Vega se movía entre las sombras, sintiendo que cada gramo de su cuerpo pesaba una tonelada. El efecto de la adrenalina estaba desapareciendo, dejando paso a un dolor sordo en las costillas que le dificultaba cada bocanada de aire.
—Sabía que llegarías hasta aquí, Mateo. El algoritmo te daba probabilidades ínfimas, pero yo sabía que tu terquedad era un error de cálculo sistemático.
La voz de Julián Echevarría no provino de los altavoces, sino del final del pasillo principal. Mateo se pegó a una columna de acero, con la pistola de seguridad en la mano. Al asomarse, vio a Julián. No vestía su habitual traje de tres piezas; llevaba un chaleco táctico ligero sobre una camisa negra y sostenía un rifle de precisión con una elegancia que resultaba insultante.
—Sal de ahí, Mateo —continuó Julián, caminando con pasos lentos y rítmicos—. No tenemos que hacer esto difícil. Vance te quiere vivo para el cierre de la Fase Espejo, pero no dijo nada sobre cuántos huesos puedo romperte antes de entregarte.
Mateo salió de detrás de la columna, apuntando directamente al pecho de Julián. —Se acabó, Julián. Apaga el sistema de Sara y déjanos salir. Ya tienes lo que querías: eres el dueño de la torre mientras Vance juega a ser dios.
Julián soltó una carcajada seca, un sonido lleno de bilis y resentimiento que resonó en el laboratorio vacío. —¡¿Dueño?! No entiendes nada. Para Vance, yo soy el conserje glorificado. El hombre que limpia los desastres que ustedes dejan.
Julián bajó ligeramente el arma, pero su mirada se volvió letal. La envidia, un sentimiento que había cultivado durante años como un cáncer silencioso, empezó a desbordarse.
—Vance siempre buscó la "chispa" —escupió Julián, su rostro contrayéndose en una mueca de asco—. Buscó la genialidad pura en Elena, esa fragilidad lógica que la hacía perfecta para el núcleo. Buscó la empatía destructiva en Lucía, la capacidad de sentirlo todo hasta romperse. Y luego... luego encontró a Sara. La mujer que podía mirar al abismo y devolverle la mirada. Las tres... las tres piezas maestras de su tablero.
Mateo frunció el ceño, detectando la grieta en la armadura psicológica de Julián. —¿Y tú dónde quedas en ese tablero, Julián?
—¡Yo no era "especial" para él! —rugió Julián, dando un paso adelante, su voz temblando de rabia—. Yo estuve a su lado desde el principio. Yo construí la logística, yo gestioné los fondos, yo manché mis manos de sangre para que él pudiera mantener las suyas limpias en el laboratorio. Pero cuando llegó el momento de elegir los nodos para el Algoritmo del Deseo, me miró como si fuera una herramienta de segunda mano. "No tienes la frecuencia necesaria, Julián", me dijo. "Eres demasiado común".
Mateo comprendió entonces que Julián no odiaba a las mujeres por ser víctimas; las odiaba por su relevancia. Eran las elegidas del "Dios" que él adoraba, y él se sentía un despojo en comparación con ellas.
—Él eligió a Sara sobre ti —provocó Mateo, intentando ganar tiempo mientras sus dedos buscaban la última granada de pulso en su cinturón—. Ella es la arquitecta de su futuro, y tú solo eres el perro que muerde cuando él se lo ordena.
—¡Ella no es nada! —gritó Julián, perdiendo la compostura y disparando una ráfaga que impactó en el hombro de la columna de Mateo—. ¡Sara es un error que debió ser corregido hace años! Pero Vance está obsesionado. Quiere que ella sea su igual, que ella sea la madre de su nuevo mundo. Y Lucía... incluso después de que ella ayudara voluntariamente a construir su propia prisión, él la sigue viendo como una joya. A mí me trata como a un fallo en el código que no puede borrar porque es demasiado útil. ¡Incluso Elena, con su mente fragmentada, tiene más valor para él que mi lealtad de una década!
Mientras Julián hablaba, en el piso 99, Sara sentía la conversación como un eco distante a través de los sensores de audio. Podía sentir el odio de Julián, esa envidia tóxica que siempre había detectado en las reuniones de FusionTech. Sara sabía que Julián era inferior, no por falta de intelecto, sino por falta de alma. Él solo quería el poder; ellas querían el cambio, incluso si ese cambio era su propia destrucción.
Sara, en un último esfuerzo de voluntad, intentó hackear la terminal de Julián. "Mateo... no le dispares...", pensó ella, intentando enviarle una señal. "Él quiere que lo mates... para que Vance no tenga más opción que usarlo a él como respaldo neuronal si yo fallo..."
Pero Mateo no podía oírla. Julián levantó su rifle de nuevo, con los ojos inyectados en sangre.
—Si te mato aquí, Vance tendrá que elegirme —susurró Julián para sí mismo—. Si las piezas maestras desaparecen, solo quedaré yo. Seré el único nodo capaz de sostener el algoritmo. Seré el Dios que él no quiso que fuera.
Julián cargó contra Mateo con una velocidad potenciada por los inyectores de adrenalina. Mateo disparó, pero Julián se lanzó lateralmente, usando una mesa de laboratorio como escudo. La mesa voló en pedazos, pero Julián ya estaba encima de Mateo. La lucha se volvió brutal y primitiva. Julián usó la culata de su rifle para golpear a Mateo en las costillas, escuchando el crujido del hueso. Mateo respondió con un cabezazo que rompió la nariz de Julián, bañando a ambos en sangre. No era una pelea de guerreros; era una pelea de hombres rotos por el mismo sistema.
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Editado: 24.03.2026