El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 26: El Espejismo de la Sangre

El cronómetro en la retina de Mateo Vega era una sentencia de muerte que palpitaba con un brillo anaranjado, recordándole que el tiempo no era oro, sino sangre. 10:12:04. Diez horas y doce minutos para que el cerebro de Sara Durán fuera reescrito por completo, convirtiéndola en el procesador central de un mundo sin libre albedrío. Cada vez que parpadeaba, el número parecía burlarse de su lentitud, de su carne herida y de sus pulmones que quemaban con cada bocanada de aire viciado.

Cuando las puertas del ascensor de servicio se abrieron en el Piso 90, Mateo no se encontró con el frío metal industrial de los niveles inferiores ni con la carnicería eléctrica que había dejado atrás tras su encuentro con Julián. Se encontró con un santuario de cristal y luz blanca que parecía suspendido fuera del tiempo. El suelo era de un mármol inmaculado que reflejaba su figura demacrada, y el aire... el aire olía a lavanda y jazmín. Era un aroma que lo golpeó con la fuerza de un mazo físico. Era el olor de su infancia. Era el olor de la habitación de su hermana antes de que la oscuridad se la llevara.

—Mateo... detente. Por favor.

La voz fue un susurro quebradizo que le heló la médula. Mateo levantó su arma, barriendo el espacio vacío con el cañón, pero no había soldados. No había drones de combate. Solo estaba ella.

Elena Vega estaba de pie junto a una ventana holográfica que proyectaba un amanecer artificial sobre una ciudad perfecta. Llevaba el vestido azul que Mateo le había regalado en su último cumpleaños antes de que FusionTech la reclamara. No era una imagen estática ni un video granulado; su cabello se movía con una brisa invisible y sus ojos, esos ojos que Mateo había buscado en cada rincón oscuro del mundo, estaban empañados por lágrimas que parecían demasiado reales.

—Elena... —el nombre se le escapó de los labios como un sollozo ahogado. El arma bajó apenas unos centímetros, una debilidad que en cualquier otro piso le habría costado la vida.

—No des un paso más, hermano —dijo la proyección, avanzando hacia él con una fluidez aterradora—. Cada metro que avanzas hacia la planta 99, cada segundo que dedicas a buscar a Sara, el algoritmo tiene que redirigir mi flujo sináptico para compensar la pérdida de datos. Me estás borrando, Mateo. Con cada paso que das para salvar a esa mujer, un trozo de mi memoria se disuelve en el vacío para alimentar el firewall que intentas atravesar.

Mateo sintió que el suelo se inclinaba. La fatiga acumulada y el dolor de sus costillas rotas se combinaron con una náusea existencial. —¿De qué estás hablando? Vance me dijo que estabas a salvo en el Edén con Adrián...

—Vance te mintió, pero la ciencia no miente —la voz de Elena se volvió más aguda, cargada de una agonía que atravesaba el pecho de Mateo como un estilete—. Yo soy el soporte lógico de la Fase Espejo. Sara es el motor. Si intentas sacar el motor mientras el soporte está activo, los cables se incendiarán por dentro de mi cabeza. ¿Recuerdas cuando me enseñaste a montar en bicicleta en el parque viejo? Ese recuerdo acaba de desaparecer. El sistema lo ha borrado para darle prioridad al protocolo de defensa que acabas de activar.

Mateo retrocedió, su espalda chocando contra la pared de cristal frío. La culpa, esa vieja compañera que lo había mantenido despierto durante años, se transformó en una bestia que le devoraba las entrañas. Miró hacia el techo, como si pudiera ver a Vance observándolo desde su trono de cristal.

—¡Vance! ¡Sal de aquí, cobarde! —rugió Mateo hacia los sensores ocultos—. ¡Deja de usarla! ¡Deja de usar su rostro para tus juegos enfermos!

La voz de Robert Vance resonó en toda la planta, omnipotente, gélida y desprovista de cualquier rastro de remordimiento. —No soy yo quien la está usando ahora, Mateo. Eres tú. Tu obsesión por Sara Durán, la mujer que te traicionó, la que te ocultó la verdad sobre Lucía y su propia complicidad, es la que está canibalizando la mente de tu propia hermana. El algoritmo es simple: para que Sara sobreviva a la desconexión, Elena debe ceder su estabilidad neuronal. Es una balanza, Mateo. Y tú estás poniendo todo el peso en el lado equivocado. ¿Vale la pena salvar a la "creadora" de tu desgracia a costa del último rastro de inocencia que queda en tu familia?

La Elena holográfica se arrodilló frente a él, sujetándose la cabeza con ambas manos. Su imagen empezó a parpadear, mostrando brevemente un cráneo de luz azul y circuitos expuestos debajo de su piel digital. —Me duele, Mateo. Siento cómo se apagan las luces dentro de mí. Por favor... solo date la vuelta. Si te rindes ahora, Vance me dejará volver. Podremos ser una familia de nuevo, lejos de este lugar. Ella no te ama, Mateo; ella solo te necesita para redimir su propia culpa. Yo soy tu sangre. Ella es solo el código que arruinó nuestras vidas.

Mateo cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta que vio estrellas. El aroma a lavanda se intensificó, nublándole el juicio. Podía ver las imágenes de su vida con Elena pasando frente a él como diapositivas en llamas: las tardes de estudio en la mesa de la cocina, las promesas de protegerla contra los monstruos de la noche, el día que juró que nunca dejaría que nadie la lastimara. Cada fibra de su ser le gritaba que se detuviera, que abrazara la imagen de su hermana y abandonara la misión suicida de rescatar a la mujer que, según Lucía, también había sido parte del problema.

—Ella tiene razón, Mateo —susurró la simulación, acercándose tanto que él pudo sentir un calor artificial emanando de la luz—. Déjala ir. Sara ya eligió su bando hace mucho tiempo. No dejes que mi luz se apague por alguien que nunca fue realmente tuya.

Mateo estaba a punto de soltar el rifle de pulsos. Su mano derecha se abrió, los dedos entumecidos por el frío y el horror. Pero entonces, algo en la simulación chirrió. La Elena holográfica sonrió, una sonrisa perfecta, simétrica, matemáticamente ideal. Era una sonrisa desprovista de la pequeña imperfección que la verdadera Elena siempre tenía en el labio superior cuando estaba asustada o cuando intentaba ocultar un secreto.




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