El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 27: El Código de Redención de Lucía

El ascensor que transportaba a Mateo Vega desde el piso 90 hacia la cúspide de la Torre FusionTech no era un vehículo, era un ataúd de cristal en movimiento. El zumbido de los motores magnéticos vibraba en la planta de sus pies, y el silencio sepulcral del cubículo solo era interrumpido por su propia respiración, que sonaba como el fuelle de una máquina oxidada. Mateo se miró en el reflejo de la puerta cromada. No reconoció al hombre que le devolvía la mirada. Tenía el rostro cubierto de una mezcla de hollín, sangre seca de Julián y el rastro de las lágrimas que había derramado frente al espejismo de Elena. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una lucidez maníaca.

En su retina, el cronómetro dictaba la sentencia: 08:32:15.

De pronto, la iluminación blanca del ascensor parpadeó y se tornó de un azul cobalto eléctrico. El panel de control digital se volvió loco, mostrando caracteres encriptados que Mateo no reconoció, hasta que una sola línea de texto se estabilizó en la pantalla táctil:

«PROTOCOLO CERO: ACCESO EXTERNO DETECTADO»

—¿Vance? —masculló Mateo, apretando el rifle, esperando que el aire fuera succionado de nuevo.

Pero no fue la voz de Vance la que surgió de los altavoces ocultos. Fue un susurro distorsionado, cargado de estática, una voz que arrastraba el peso de una culpa de años.

—Mateo... no cuelgues... no dispares. Soy Lucía.

Mateo sintió un latigazo de ira. —Lucía. ¿Cómo demonios has entrado aquí? ¿No has tenido suficiente con entregar a mi hermana y ayudar a construir este infierno?

—No hay tiempo para mi juicio, Mateo —la voz de Lucía sonaba entrecortada, como si estuviera hablando a través de un túnel de kilómetros—. El Edén ha caído, pero Adrián y yo logramos conectarnos a un repetidor de emergencia antes de que los escuadrones de Vance sellaran el perímetro. Estoy usando mi firma neuronal original... la que Vance nunca borró del todo porque la necesitaba para que la Fase Espejo no colapsara. Estoy dentro del sistema, Mateo. Estoy en las paredes.

—¿Y qué quieres? ¿Venderle a Vance mi posición exacta? —Mateo golpeó la pared del ascensor—. ¡Él ya sabe dónde estoy!

—Quiero darte lo único que Vance no tiene: el Punto Ciego —dijo Lucía, y por un segundo la estática desapareció, revelando una claridad casi humana—. Cuando diseñé la arquitectura básica del Algoritmo del Deseo, no lo hice solo por ambición. Lo hice por miedo. Sabía de lo que Robert era capaz. Así que escondí un fragmento de código muerto en la raíz del sistema. No es un virus, no es una bomba. Es una brecha de sincronía. Un segundo de realidad pura en un mundo de simulaciones.

Mateo se quedó helado. —¿Qué significa eso?

—Significa que puedo darte una línea directa con Sara. No con la Sara que Vance ha reconstruido, no con la interfaz de la Torre. Con la mujer. Pero solo funcionará si logras llegar a la terminal de enlace del piso 95. Es el nodo físico de mi antiguo laboratorio. Si te conectas allí, podré abrir un canal de audio y datos que Vance no podrá monitorizar durante exactamente sesenta segundos.

Mateo miró el cronómetro. El tiempo seguía bajando. —¿Por qué me ayudas ahora, Lucía? ¿Para salvar tu pellejo?

—Para que ella no termine como yo —el tono de Lucía era de una tristeza abismal—. Yo fui débil. Me dejé seducir por la idea de un orden perfecto porque no soportaba el caos de mis propios errores. Pero Sara... Sara es diferente. Ella se sacrificó sabiendo que tú la odiarías. Ella es la redención que yo nunca me atreví a buscar. Mateo, si no llegas a ese nodo, Vance usará la Fase Espejo para fusionar la mente de Sara con la red global en menos de ocho horas. Y cuando eso pase, la mujer que conociste se convertirá en un fantasma en el sistema.

El ascensor se detuvo con un golpe seco. Las puertas no se abrieron en el piso 91, como Mateo esperaba, sino en el 95. Lucía había forzado el sistema.

Al salir, Mateo se encontró en un entorno que parecía un museo de lo que FusionTech pudo haber sido. Era un laboratorio espacioso, lleno de plantas reales que languidecían bajo luces LED amarillentas. En las paredes había bocetos de redes neuronales y fotos de una Lucía más joven, sonriente, junto a un Vance que aún parecía humano.

—La terminal está en el centro —indicó Lucía a través de un intercomunicador cercano—. Date prisa. Vance está enviando un equipo de reinicio masivo para expulsarme del nodo.

Mateo corrió hacia el pedestal central. Había una interfaz de contacto neuronal: dos esferas de cristal que esperaban las palmas de las manos. Sin dudarlo, Mateo soltó su arma y colocó sus manos sobre ellas.

Un relámpago de dolor le atravesó los brazos, subiendo por su cuello hasta estallar en su cerebro. Por un instante, vio el mundo en binario. Vio los 99 pisos de la torre como una columna de luz, y en la cima, una llama azul que se extinguía: Sara.

—Conectando... —susurró la voz de Lucía en su mente—. Sesenta segundos, Mateo. Úsalos.

De pronto, el ruido del edificio desapareció. El caos de las alarmas y el zumbido de los servidores fueron sustituidos por el sonido de una respiración lenta, pesada, casi metálica.

—¿Sara? —llamó Mateo en la oscuridad de su mente.

—¿Mateo? —La respuesta no fue una voz, fue una sensación. Fue el calor de una mano que no estaba allí, el sabor de la lluvia ácida de la ciudad, un sentimiento de añoranza tan puro que a Mateo se le cortó el aliento—. ¿Eres... eres real? ¿O es otra prueba de Vance?

—Soy real, Sara. Estoy en el piso 95. Estoy subiendo —dijo Mateo, hablando directamente a la conciencia de la mujer que amaba—. Lucía me ha ayudado. Me ha dado este momento.

—Lucía... —se escuchó un susurro amargo—. Ella no debería haberlo hecho. Mateo, vete. El algoritmo está al 98%. Vance no me está matando... me está expandiendo. Siento cada cámara, cada cerradura, cada latido de esta ciudad. Me estoy perdiendo. Ya no recuerdo el color de tus ojos, Mateo. Solo recuerdo su frecuencia de luz.




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