El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 28: La Purga de los Creyentes

El ascenso desde el piso 95 había sido un descenso a los infiernos de la arquitectura de FusionTech. Mateo Vega ya no subía escaleras; escalaba por los restos retorcidos de la infraestructura que el pulso de retroalimentación de Vance había colapsado en su intento por expulsar a Lucía. El metal rugía y crujía a su alrededor, una sinfonía de destrucción que acompañaba el latido frenético de su propio corazón. Su visión, alterada por la sincronización residual con la red de Lucía, detectaba estática en los bordes de la realidad. Podía ver las líneas de tensión en las vigas de soporte y el flujo eléctrico intermitente en los cables pelados que colgaban como lianas muertas.

En su retina, el cronómetro parpadeaba en un rojo ominoso: 04:15:02. Cuatro horas y quince minutos. El tiempo se había contraído de nuevo. El sabotaje de Lucía no solo había abierto un canal, había desestabilizado el núcleo de energía de la torre. Robert Vance estaba perdiendo el control de su propia casa, y eso lo hacía más peligroso que nunca.

Cuando Mateo forzó la escotilla de mantenimiento y rodó hacia el suelo del Piso 98, el ambiente cambió drásticamente. Ya no había rastro de la elegancia corporativa ni de los laboratorios asépticos. El Piso 98 era un "Espacio de Convergencia Tactica", diseñado para simulaciones de combate urbano de alta tecnología. El suelo era de una rejilla metálica que revelaba un abismo de servidores zumbantes debajo. El aire estaba saturado de ozono y el olor a sudor rancio.

Frente a él, formando una falange perfecta en el centro de una plaza simulada con paredes de policarbonato reactivo, estaban ellos: la Guardia de Élite de Vance. Eran doce hombres. Pero "hombres" era una palabra que ya no les cuadraba. Llevaban armaduras tácticas negras de cuerpo completo, integradas directamente en su piel a través de puertos neurales visibles en el cuello y las sienes. Sus cascos no tenían visores, solo una matriz de sensores ópticos que brillaban con un rojo rítmico, sincronizado. No había posturas individuales, no había tensión, no había miedo. Eran una sola entidad, una extensión física del Algoritmo del Deseo.

—Mateo Vega —la voz no provino de ninguno de ellos, sino del sistema de audio envolvente del piso. Era la voz de Vance, pero sonaba distinta, más profunda, como si estuviera hablando a través de doce gargantas a la vez—. Llegaste al final de tu cuerda. Estos son mis Creyentes. Hombres que entendieron que la verdadera libertad es la ausencia de elección. Ellos no luchan por deber o por ira. Luchan porque es la única función lógica que les queda.

Mateo se puso en pie lentamente, dolorosamente. Soltó el rifle de pulsos vacío; ya no tenía munición. Desenvainó su cuchillo táctico de cerámica y activó la última carga de su pistola de seguridad. Sabía que no podía ganar una confrontación directa. Doce contra uno, controlados por una IA que predecía cada movimiento basado en la física y la biología.

—La lógica —dijo Mateo, escupiendo sangre a la rejilla del suelo—, es que si ellos no eligen, entonces no son hombres. Son solo basura tecnológica esperando ser reciclada.

La Guardia de Élite se movió. No hubo gritos de guerra. Solo el sonido sordo de doce botas militares impactando al unísono. Se separaron en dos grupos de seis, flanqueándolo con una velocidad geométrica.

Mateo no esperó a que cerraran el cerco. Usó su nueva "visión de red" para identificar una debilidad en el entorno. Un panel de control de iluminación estaba sobrecargado por el sabotaje de Lucía. Mateo disparó una ráfaga de su pistola al panel. El cristal estalló y el piso 98 quedó sumergido en una oscuridad casi absoluta, interrumpida solo por el brillo rojo de los sensores de los guardias.

—El miedo a la oscuridad es un rasgo primitivo, Mateo —dijo la voz de Vance, divertida—. Mis Creyentes no necesitan luz para verte. Ellos ven tu calor, tu ritmo cardíaco, tu rastro eléctrico.

Mateo lo sabía. Por eso no se escondió. Corrió hacia una de las paredes de policarbonato reactivo que simulaba un edificio de oficinas. Se pegó a ella, activando el modo de camuflaje térmico de su chaleco táctico, una reliquia de sus días de mercenario que Adrián había reparado. Su firma de calor desapareció, pero su rastro eléctrico seguía ahí.

Doce pares de ojos rojos giraron hacia su posición. Tres de los guardias levantaron sus rifles de asalto modificado. Las balas de tungsteno destrozaron la pared de policarbonato a centímetros de su cabeza.

Mateo rodó por el suelo, usando el sonido de los disparos para ocultar su movimiento. Se deslizó debajo de la rejilla metálica, entrando en el espacio de mantenimiento entre los servidores. El calor aquí era insoportable, pero el ruido eléctrico de las máquinas ocultaba su propia firma.

—Guerrilla urbana —murmuró Mateo, su voz apenas un susurro—. A ver cómo predices esto, Robert.

Desde su posición subterránea, Mateo vio las botas de dos guardias pasar por encima de él. Se movían con una coordinación espeluznante, cubriéndose mutuamente los ángulos muertos. Pero el algoritmo que los controlaba asumía que el enemigo estaba en la superficie.

Mateo localizó una tubería de refrigerante criogénico que corría junto a los servidores. Usó su cuchillo de cerámica para cortar la válvula de seguridad. El gas nitrógeno a presión salió disparado hacia arriba, atravesando la rejilla metálica.

El frío extremo congeló instantáneamente las articulaciones hidráulicas de las armaduras de los dos guardias que estaban encima. Se detuvieron en seco, sus sistemas alertando de un fallo crítico. Antes de que el algoritmo pudiera recalibrar su movimiento, Mateo emergió de la rejilla como un demonio, hundiendo su cuchillo en la unión desprotegida del cuello del primer guardia. El hombre no gritó; su cuerpo simplemente se desconectó, su sensor rojo apagándose.

El segundo guardia intentó girar su arma, pero Mateo ya estaba detrás de él. Usó el cuerpo del primer guardia como escudo balístico mientras los otros diez Creyentes abrían fuego. El cuerpo inerte fue destrozado por las balas de sus propios compañeros. Mateo soltó el cadáver y lanzó su última granada de fragmentación hacia el grupo principal.




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