El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 29: Cara a Cara con el "Dios"

El ascensor final no subía; ascendía hacia una apoteosis de cristal y odio. Mateo Vega sentía la vibración del Protocolo de Autodestrucción activado en el piso 98 bajo sus botas, un temblor sísmico que amenazaba con desintegrar la torre entera. Pero dentro del cubículo de acero, el silencio era absoluto. Un silencio opresivo, cargado de la electricidad estática de la Fase Espejo que saturaba el aire a medida que se acercaba al núcleo.

Mateo se apoyaba en la pared del ascensor, usando el rifle descartado como bastón. Su pierna izquierda estaba entumecida por la metralla, su hombro sangraba y su cabeza amenazaba con estallar por la sobrecarga electromagnética que había usado contra la Guardia de Élite. Pero sus ojos... sus ojos brillaban con una intensidad maníaca, fijos en el indicador de piso.

En su retina, el cronómetro dañado parpadeaba entre números erráticos, pero lograba estabilizarse en una cifra aterradora: 01:15:30. Una hora y quince minutos. El tiempo ya no era un lujo; era un suspiro que se escapaba entre sus dedos.

El ascensor se detuvo con un golpe seco. Las puertas se deslizaron, abriéndose no a un piso, sino a una catedral de datos. La Planta 99 era el Núcleo de Sincronía, el cerebro de FusionTech, y era, sin lugar a dudas, el lugar más hermoso y aterrador que Mateo había visto jamás.

Era una cúpula geodésica gigante hecha de un cristal inteligente que proyectaba el cielo nocturno de la ciudad, pero un cielo alterado, donde las estrellas eran nodos de red y las constelaciones eran flujos de datos biométricos. En el centro de la cúpula, suspendida en una plataforma de levitación magnética, estaba Ella.

Sara Durán estaba conectada al "Trono de Sincronía", un andamiaje de cables de fibra óptica y tubos criogénicos que se insertaban directamente en su columna vertebral y su cráneo. Su cuerpo inerte estaba rodeado por un halo de luz azul eléctrica, una manifestación física de la Fase Espejo al 99%. Estaba pálida, casi transparente, y sus ojos estaban cerrados, pero Mateo podía sentir su presencia, una presión telepática que le gritaba en silencio.

Debajo de la plataforma, de pie frente a una consola de mando que parecía un órgano gótico de cristal, estaba Robert Vance. Vestía un traje de seda blanca immaculada, un contraste insultante con la suciedad y la sangre que cubrían a Mateo. Su rostro, sin embargo, no mostraba la arrogancia del piso 90. Estaba pálido, sus ojos hundidos, una víctima de su propia obsesión.

Vance se giró lentamente hacia Mateo. No había Guardia de Élite para protegerlo. No había drones. Solo él y el hombre que había jurado matarlo.

—Mateo Vega —dijo Vance, su voz desprovista de la modulación algorítmica. Sonaba cansado, casi humano—. Llegaste. Felicitaciones. Supongo que la estupidez humana realmente es el único factor imprevisto.

Mateo no respondió. Cojeó hacia adelante, levantando el rifle con dificultad. El cañón temblaba, pero su determinación era una roca.

—Bájala, Mateo —dijo Vance, con una calma gélida, señalando la consola con una mano temblorosa—. Ya no importa. La autodestrucción nivelará esta torre en una hora. Tu venganza es irrelevante.

—Ella no es parte de tu autodestrucción, Vance —siseó Mateo, su voz rasposa—. Vine por ella. Y voy a llevarme su cuerpo, vivo o muerto, lejos de ti.

Vance soltó una carcajada seca, un sonido lleno de desesperación. —¿Llevártela? No entiendes nada. Ella es el núcleo. Si intentas desconectarla manualmente, Mateo, la Fase Espejo colapsará en una explosión de retroalimentación sináptica. No solo la matará a ella, no solo nos matará a nosotros. La energía acumulada en esta cúpula se amplificará a través de la red de la ciudad. Nivelará cinco manzanas a la redonda. ¿Es ese el rescate que planeaste, Mateo? ¿Convertirte en el carnicero de la ciudad por un cadáver que ya no te pertenece?

Mateo se detuvo. El rifle bajó unos centímetros. Miró a Sara, suspendida en su trono de dolor. La amenaza de Vance sonaba real, procesada por la lógica de un hombre que prefería destruir el mundo antes que perder el control.

—Mírala, Mateo —Vance se acercó a la plataforma, acariciando un cable con una ternura aterradora—. Ella no sufre. Está expandida. En este momento, ella está procesando los sueños de un millón de personas. Ella es el primer nodo de la verdadera paz mundial. Un mundo sin miedo, sin pérdida, sin dolor. Un mundo donde tú y yo, Mateo, somos innecesarios.

Vance se giró hacia Mateo, y por primera vez, hubo un destello de una extraña locura compartida en sus ojos.

—Pero tú... tú has demostrado algo que el algoritmo no pudo predecir. Has demostrado la fuerza de la voluntad pura. Una voluntad que no se dobla ante el miedo o la lógica. Una voluntad que yo... yo necesito.

Vance dio un paso hacia Mateo, con las manos extendidas en un gesto de paz manipuladora.

—El algoritmo está al 99%. Yo soy viejo, Mateo. Mi tiempo se acaba. La Fase Espejo necesita un guardián, un conductor que entienda el costo del poder. Sara es la madre de este nuevo mundo, pero necesita un padre. Alguien que pueda equilibrar la balanza. Te ofrezco la oportunidad de tu vida, Mateo Vega. Ocupa mi lugar. Conéctate conmigo. Gobernemos este mundo juntos. Tú podrás proteger a tu hermana, a Lucía, a quien quieras. Podrás moldear la realidad a tu gusto. Podrás, finalmente, dejar de luchar. Solo tienes que pulsar este botón de "Sincronía Final".

El silencio en la cúpula se volvió insoportable. Mateo miró a Vance, el hombre que había destruido su vida, ofreciéndole el trono del mundo que odiaba. Miró a Sara, la mujer que amaba, convertida en una herramienta.

Podía sentir la tentación. El final de la lucha. El poder de arreglarlo todo. El final de la culpa por Elena. El final del odio redentor.

Pero entonces, Mateo Vega recordó quién era. Recordó el olor del miedo de los creyentes en el piso 98. Recordó la dignidad del "Fantasma en la Máquina" de Lucía. Recordó la voz de Sara en el Punto Ciego: "No me dejes ser su mártir". Y recordó la lección más importante que la ciudad le había enseñado: El poder que se basa en la supresión de la voluntad de otros no es poder, es una prisión.




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