El Algoritmo Del Deseo

Capítulo 31: El Descenso al Infierno

La Torre FusionTech ya no era un prodigio de la ingeniería; era un animal herido que exhalaba fuego y cristales. Tras el colapso del Trono de Sincronía, el edificio había entrado en una agonía estructural. Los cimientos, debilitados por las cargas explosivas del protocolo de seguridad de Vance, emitían quejidos que recordaban a los de un buque hundiéndose en un océano de cemento. El aire en la planta 99 se había vuelto una mezcla tóxica de ozono, humo plástico y el frío glacial que entraba por la cúpula destrozada.

Mateo Vega ajustó el peso de Sara en sus brazos. Ella era una presencia frágil, casi etérea, envuelta en jirones de cables y sudario digital. Sus dedos, aún entumecidos por las descargas eléctricas, se aferraban a ella con la fuerza de quien sostiene su única ancla en el universo.

—No te sueltes, Sara —susurró, aunque ella apenas emitía una respiración superficial—. Solo noventa y nueve pisos. Solo un paso a la vez.

El primer tramo de escaleras fue una pesadilla de metal retorcido. La iluminación de emergencia parpadeaba en un rojo violento, proyectando sombras alargadas que bailaban en las paredes de hormigón. Mateo bajó los primeros cinco pisos saltando escombros, sintiendo cómo su pierna herida protestaba con cada impacto. En el piso 94, una explosión interna en el hueco del ascensor lanzó una llamarada que lamió las puertas de acero, fundiéndolas. El calor era tan intenso que el vello de los brazos de Mateo se chamuscó instantáneamente.

A medida que descendían, la realidad se fragmentaba. En el piso 80, la torre sufrió un desplazamiento lateral. Mateo fue lanzado contra la pared, protegiendo el cuerpo de Sara con su propio torso mientras el hormigón crujía. El polvo de yeso y el amianto llenaron el aire, convirtiendo cada inhalación en un tormento.

—¡Mateo! —El grito de Sara fue débil, apenas un hilo de voz que cortó el caos de las alarmas—. Mis ojos... no puedo... ver.

—Es el humo, Sara. Mantén los ojos cerrados. Yo soy tus ojos ahora —respondió él, aunque sabía que no era solo el humo. La desconexión del algoritmo había dejado brechas neuronales que su cerebro intentaba cerrar a ciegas.

En el piso 65, se encontraron con el primer gran obstáculo: el tramo de escaleras había desaparecido por completo, colapsado hacia el nivel inferior. Mateo se asomó al vacío. Debajo de ellos, una pira funeraria de tecnología ardía con llamas azules y verdes, alimentadas por los productos químicos de los laboratorios de biogenética. El único camino era una viga de acero expuesta que cruzaba el abismo hasta la siguiente sección estable.

Mateo miró a Sara. Ella temblaba, presa de una fiebre sináptica. Si se caían, no habría redención, solo olvido.

—Confía en mí —dijo él.

Ató a Sara a su pecho usando los restos de su chaleco táctico y las correas de su equipo, asegurándose de que sus manos quedaran libres. Se subió a la viga. El equilibrio era una quimera; el edificio seguía balanceándose mientras los pisos inferiores cedían. El viento silbaba a través de las brechas de la fachada, empujándolo hacia el vacío. Paso a paso, con el sudor cegándolo y la sangre goteando de su muslo, Mateo cruzó. A mitad de camino, la viga vibró violentamente. Mateo se hincó de rodillas, abrazando el metal frío, sintiendo el latido del corazón de Sara contra el suyo. Eran dos latidos contra un imperio que se derrumbaba.

Cuando alcanzaron el otro lado, Mateo no se detuvo a descansar. Sus pulmones ardían y su visión empezaba a estrecharse, una señal de que el choque hipovolémico estaba cerca. Pero el odio que una vez lo movió se había transformado en una terquedad biológica.

Al llegar al piso 40, el edificio se estabilizó de una forma aterradora: se estaba inclinando hacia la izquierda. Las paredes empezaron a sudar agua de los sistemas de aspersión rotos, creando una superficie resbaladiza y mortal.

—¿Recuerdas... el río? —susurró Sara de repente. Su mente estaba recuperando fragmentos, pero no del algoritmo, sino de su vida anterior—. El día que nos conocimos... antes de que supiera quién eras.

Mateo sonrió a pesar del dolor. —Lo recuerdo. Llovía igual que ahora. Me miraste como si fuera un problema que no podías resolver.

—Fuiste el único... que no pudo predecir —continuó ella, sus dedos acariciando débilmente el cuello de la chaqueta de Mateo—. Gracias... por ser... el error.

En el piso 20, la estructura ya era un laberinto de fuego. Los sistemas de seguridad habían bloqueado las puertas automáticas, convirtiendo los pasillos en hornos. Mateo tuvo que usar el rifle descargado como palanca para forzar las salidas, sus músculos gritando en protesta. Sus manos eran una masa de ampollas y cortes, pero no sentía nada. El sistema nervioso de Mateo Vega se había apagado para dejar paso a la pura necesidad de supervivencia.

Diez pisos. Nueve. Ocho.

El estruendo final comenzó. Los pisos 1 al 5 estaban siendo aplastados por el peso de las 90 plantas superiores que colapsaban sobre sí mismas. El vestíbulo principal era una zona de guerra de cristal roto y columnas de mármol que estallaban bajo la presión.

Mateo irrumpió en la planta baja justo cuando la gran estatua de Robert Vance en el atrio se partía en dos. Corrió hacia la salida principal, con las piernas pesadas como el plomo, esquivando trozos de mampostería que caían del techo como meteoritos. La luz de la luna, real y fría, se veía a través de las puertas de cristal destrozadas.

—¡Ya casi, Sara! ¡Estamos fuera!

Un último estruendo sacudió la tierra. El suelo se hundió bajo sus pies mientras cruzaba el umbral. Mateo se lanzó hacia adelante, usando el impulso para rodar sobre el asfalto mojado de la calle, cubriendo el cuerpo de Sara con el suyo.

Hubo un silencio absoluto que duró apenas un segundo, seguido por el rugido ensordecedor de la Torre FusionTech colapsando sobre su propio eje. Una nube de polvo, ceniza y escombros se expandió por la avenida, tragándose la luz y convirtiendo la noche en un desierto gris.




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