Escribir y dar un cierre definitivo a esta obra exige detenerse y mirar con gratitud profunda
a quienes sostuvieron mis manos y mi alma cuando las fuerzas parecían extinguirse.
En primer lugar, mis agradecimientos infinitos a Dios. El único ser perfecto que nos
entiende sin juzgarnos con la dureza de los hombres. Gracias por manifestarte de forma
tangible en mi vida en tus tres facetas más hermosas: como mi Dios Proveedor en los
momentos de profunda escasez, como mi Dios Sanador al vendar las llagas invisibles de mi
alma, y como mi DIOS PERDONADOR, aquel que borró mis faltas y reescribió mi historia
desde los escombros.
A mi amada esposa. Gracias por tu lealtad inquebrantable, por no soltar mi mano en los
callejones del exilio espiritual y por caminar conmigo con valentía, hombro a hombro,
saliendo juntas de la oscuridad hacia la luz de este nuevo mañana.
A mi abuela y Madre. Las páginas de este libro son el fruto directo de tus rodillas dobladas.
Gracias por tus oraciones fervientes y silenciosas; ellas fueron el cerco invisible que nos
protegió del abismo cuando nosotros mismos no sabíamos cómo clamar por ayuda.
A nuestra nueva congregación. Gracias por recibirnos con un amor genuino y puro, un
amor nunca antes visto que sanó nuestra perspectiva y nos enseñó el verdadero significado
de la gracia y la compasión en la tierra.