El amor de al lado

Llega la luz a mis ojos

La tarde caía como de costumbre. Moría por llegar a mi casa después de un largo día de estudio. Caminaba por los atajos que podía, ya que mi meta era llegar a casa lo más pronto posible y poder descansar.

Llegué de una vez y por todas a mi estrepitosa casa. Creía que podía descansar, pero ¿cómo se puede hacer eso en una casa que solo esperan que llegues para hacer los deberes? ¿Acaso saben lo agotador que es estudiar? Tal vez es por eso por lo que muchos no estudian.

Estas reflexiones navegaban en mi interior, mientras caminaba por la calle buscando distraerme con mis amigos.

Tenía dos buenos amigos: uno desde que recuerdo y otro que conocí en la escuela. Este último solía bajar los días de semanas a jugar y el otro al vivir un poco alejado, solo venía los fines de semana.

Resulta que Juan, el amigo que conocí en la escuela, estaba junto a otros muchachos reunido planeando qué jugar. Todo esto sucedía en la misma calle de mi casa.

Cuando me uní, se decidió qué juego elegir. Jugamos uno que otros juegos. Así eran casi todos los días en la tarde. La calle de por mi casa se llenaba de muchachos. Venían de otros lugares solo a jugar con nosotros. Eran días estupendos. Hasta que una luz aterrizó en mis ojos.

Nos encontrábamos reunidos jugando canicas al frente de la casa de mi tía, la cual vivía al lado de la mía. A mí ya me había ganado todo, por lo que decidí solo ver el juego sentado en la cera de mí tía. Junto a mí estaba Juan, conversábamos cómo fue que perdimos tan rápido todas las bolas.

Hasta que una voz de ángel llega a mis oídos:

— ¿Ya han perdido todo?

Juan y yo miramos al mismo tiempo hacia la izquierda, de donde provenía la linda voz.

Con sonrisas en la cara respondimos:

— Nos han quiñado.

Ella respondió a nuestra sonrisa con otra de forma burlona.

El diálogo entre los tres se fue fortaleciendo. Pasábamos de un tema a otro.

Ella producía en nosotros una sensación única, ¿será esto amor? O simplemente eran nuestras neuronas revueltas.

No sé qué nos sucedía, pero Juan bajaba con más frecuencia y más formal. Ahora íbamos a su casa a hablar con ella. Ya que su casa quedaba detrás de la casa de mi tía.

Cuando le expresaba lo que sentía por la vecina a mi amigo de infancia, me reprendía diciendo que no veía en ella esas cualidades que le resaltaba.

Melvin no comprendía al igual que yo, lo que mi corazón sentía por Flor. Anteriormente en mi corta vida, me había enamorado, pero esta vez se sentía muy diferente. Su mirada me hacía perderme en delirios transcendentales y su voz me provocaba un ritmo cardíaco que superaba las melodías de Beethoven.

Con el transcurso del tiempo, Juan y yo no pudimos declararnos a Flor. Debido a eso, otro se nos adelantó. Lo que causó distancia entre Flor y nosotros. Juan se cansó de seguir, sin embargo, yo seguía sintiendo este ardor por ella.

Tuvo uno que otro novio. Ninguno fue suficiente a su grandeza ni a su esplendor. Yo todavía seguía admirándola en secreto, sin declararme. El valor para dar ese paso no lo tenía. Esperaba en el silencio una oportunidad que solo sucedía en mi imaginación.

Estaba ciego ante las demás bellezas de la creación. Para mí sólo existía ella. La luz de mis ojos se volvió.

Pero ¿quién es Flor? Y ¿quién soy yo? Estas son dos grandes preguntas que aún no se han contestado.

A su momento saldrá a la luz quién soy, por ahora concentremos la atención en la Flor de este jardín egoísta.

Flor es una muchacha de aproximadamente 16 años, yo apenas le llevaba un año. Se mudó detrás de la casa de mi tía, que literalmente queda también detrás de mi casa. Vivía con sus padres (Rocío y Carl) y un hermano llamado Carlos.

Compraron esa casa y desde entonces viven allí. Ya van a cumplir 6 años viviendo en dicho lugar. Resulta que cuando la vi aquel día que perdí las canicas, ya llevaba un tiempo viviendo en el sector, solo que no le gustaba salir.

Cuando la conocí abrió en mi interior algunas puertas. Me volví dibujante y poeta. Mis escritos eran inspirados por ella y para ella, al igual que mis dibujos. Dibujar y hacer poesía no me bastaba, también le hacía cartas que nunca le llegaron.

Cada noche me consolaba escucharla hablar con su familia. Al quedar tan cerca su casa de la mía podía escucharlos dialogar. Me preguntaba a cada momento: ¿seré lo suficiente para ella?

Mi luz interior se apagaba antes de llegar la noche, solo se encendía de nuevo cuando la veía a ella.

Mi jardín se había quedado vacío. Quería, aunque sea una flor, y no cualquier flor, sino a la Flor que llena de belleza mi jardín moribundo.

Un día de fiesta, salí al parque que quedaba al final de la calle donde estaba mi casa. Me senté en un banquito a contemplar la naturaleza. De repente pasa Flor junto a su madre. Se detuvo y se sentó a mi lado, mientras que su madre siguió de largo.

Estaba un poco nervioso. Realmente no sabía qué hacer estando al lado de ella. No me atrevía ni a mirarla. Entonces ella tomó la iniciativa y me saludó diciendo:

— ¡Hola Brandy!

Mi timidez no me dejaba iniciar una conversación, pero si me permitía continuarla. Por lo que, respondí el saludo:

— Hola, Flor.

A diferencia de ella, mi saludo fue pausado, temeroso y reservado. Ella confianza en sí misma, no le importaba la opinión del mundo, más que la que ella tenía de sí misma.

Flor con cara de preocupación me pregunta:

— ¿Qué tanto crees en el amor?

La sorpresa no pudo ser mayor. A penas comprendía lo que siento y no lo sé expresar, ¿cómo conocería algo tan sublime, como el amor?

Mi corazón latía con más velocidad, la verdad no sabía qué contestar. Sin embargo, me salió algo de lo más profundo:

— El amor es la flecha que en algún momento te lastima y cuando crees estar sano, vuelve a dolerte la herida.




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