Zúrich, Suiza
Lara
Tres días.
Solo han pasado tres días desde aquella noche en el patio en la que prometimos intentarlo de verdad, y aun así, se siente como si hubiera sido hace meses. La calma no dura mucho en esta casa. Supongo que nunca lo hará.
—Noah, podrías quedarte hoy —digo desde la puerta de la habitación mientras lo veo ajustarse la camiseta frente al espejo—. Solo un poco más. Emil… —Me detengo, buscando las palabras correctas—. Emil no está bien.
Él no me mira de inmediato, sino que se pasa una mano por el cabello, suspira, y entonces niega con la cabeza.
—No puedo, Lara. Sabes que no puedo.
Claro que lo sé. Su horario sigue pegado en la nevera como un recordatorio constante de que su vida no se detuvo con la muerte de Tobias y Nadine. Turnos de veinticuatro horas, guardias interminables, emergencias que no esperan a que uno procese el duelo.
Pero eso no hace que me guste.
—Podrías pedir un cambio —insisto, aunque sé que estoy empujando demasiado—. O al menos unas horas.
Esta vez sí me mira. Y en sus ojos hay cansancio, pero también algo firme.
—No funciona así.
Aprieto los labios. Asiento, aunque por dentro no estoy de acuerdo.
—Bien —murmuro, dándome la vuelta antes de decir algo que no debería.
Bajo las escaleras con pasos más fuertes de lo necesario, como si el ruido pudiera liberar un poco de la frustración que me aprieta el pecho. Entro a la cocina y abro la nevera sin pensar demasiado en lo que voy a preparar. Pan, huevos, algo de fruta.
Me concentro en eso porque es más fácil que pensar en lo demás. En que Emil apenas ha hablado desde anoche. En que se quedó mirando una foto de sus padres durante casi una hora sin decir nada y el hecho de que yo… no sé cómo ayudarlo.
El sonido de pasos detrás de mí me saca de mis pensamientos. Noah entra a la cocina ya listo para salir. Lleva esa expresión suya, la que dice que no está de ánimo.
—Lara —dice, señalando con la cabeza hacia la nevera—. El horario sigue ahí.
No respondo. Sigo cortando una manzana como si fuera lo más importante del mundo.
—Si necesitas algo y no contesto el teléfono, puedes llamar directamente a la estación —añade—. Ellos pueden ubicarme.
El utensilio se detiene un segundo en mi mano, mas sigo sin mirarlo, por lo que el silencio se alarga más de lo necesario. Entonces Noah suspira, da un paso hacia mí y, antes de que pueda apartarme, me toma de los hombros y me gira con suavidad para que lo mire.
—Oye —dice, más bajo—. Mírame.
Lo hago. Y ahí está otra vez esa mirada sincera que me desarma más de lo que quisiera admitir.
—Vamos a encontrar la manera de que esto funcione —afirma, con una seguridad que suena casi ensayada—. No va a ser perfecto, pero… lo vamos a lograr.
Quiero creerle. De verdad quiero hacerlo, pero también sé la verdad. Sé que cuando él esté en la estación, seré yo la que esté aquí. La que se encargue de Emil y que enfrente sus silencios, sus preguntas, sus noches difíciles. La que tenga que aprender, a la fuerza, cómo ser algo que nunca planeé ser. La madre de alguien.
—Claro —respondo al final, forzando una pequeña sonrisa.
En ese momento, escuchamos pasos en la escalera y ambos giramos al mismo tiempo. Emil baja, vestido con su uniforme escolar. La camisa está un poco arrugada, el cabello apenas peinado, pero ahí está. Listo. Y eso ya es mucho.
—Buenos días —dice en voz baja.
—Buenos días, cielo —respondo de inmediato, acercándome un poco—. Pensé que… bueno, si querías quedarte hoy en casa, podrías hacerlo. No pasa nada.
Emil niega con la cabeza casi de inmediato. —No.
Lo miro, sorprendida por la firmeza en su voz.
—Ya perdí suficientes días —añade, encogiéndose de hombros—. Y… prefiero salir. —Hace una pausa, y luego agrega, con una honestidad que corta más que cualquier grito: —No me gusta quedarme aquí todo el tiempo. Me recuerda…
No termina la frase y tampoco hace falta porque lo entiendo y eso me hace sentir que algo dentro de mí se encoge.
—Está bien —digo en voz baja—. Entonces vamos a desayunar.
Nos sentamos los tres en la mesa. El desayuno está listo, pero nadie parece tener hambre. Emil come en silencio, Noah revisa la hora cada pocos minutos, y yo… yo solo observo. Intento memorizar cada gesto, cada reacción, como si eso me ayudara a entender qué hacer. Pero no lo hace.
El silencio no es incómodo, pero tampoco es tranquilo. Es uno de esos silencios cargados, llenos de cosas que nadie sabe cómo decir. Cuando terminamos, Noah se levanta y toma las llaves.
—Vamos, campeón —le dice a Emil—. Te llevo a la escuela.
El niño asiente, toma su mochila y camina hacia la puerta sin mirar atrás. Noah se detiene un segundo antes de salir. Me mira.
—Cualquier cosa, me llamas.
Asiento y luego se va. La puerta se cierra con un sonido seco que resuena en toda la casa y de pronto… Silencio. Uno diferente que es más grande y pesado. Me quedo de pie en medio de la cocina, sin saber muy bien qué hacer con mis manos, con mi tiempo, con este nuevo vacío que se abre frente a mí.