El amor no estaba en el testamento

Capítulo 5: Relleno de Sarcasmo

Zúrich, Suiza
Noah

El sonido de la puerta del cuartel cerrándose detrás de mí es distinto a cualquier otro. Más firme y conocido. Como si marcara una línea clara entre dos mundos que no terminan de encajar.

Aquí todo es simple. O al menos, más simple que allá afuera.

Dejo las llaves en el casillero y apenas he dado dos pasos cuando escucho mi nombre.

—Bieri. A mi oficina.

La voz del jefe no necesita repetirse. Asiento sin decir nada y camino por el pasillo que conozco de memoria. El olor a café recalentado, a metal, a ropa húmeda que nunca termina de secarse del todo… es el mismo de siempre: familiar y estable.

Toco la puerta una vez antes de abrir. —Adelante.

El capitán Markus Vogel está detrás de su escritorio, revisando unos informes. Levanta la vista cuando entro y me hace un gesto para que me siente.

Obedezco, aunque mi cuerpo sigue tenso. No he estado aquí en días, y aunque nadie me ha dicho nada, sé que todos saben. Aquí las noticias vuelan más rápido que las alarmas. Vogel se quita las gafas y las deja sobre la mesa.

—¿Cómo estás?

La pregunta me toma desprevenido, pero no lo suficiente como para no tener una respuesta preparada.

—Bien.

Él no se lo cree. Lo veo en su expresión, en la forma en que entrecierra los ojos.

—Perdiste a tu mejor amigo —dice con calma—. Y no solo eso. Sé lo del niño.

Aprieto la mandíbula con incomodidad. —Estoy bien para trabajar, capitán.

Vogel se recuesta en la silla, cruzando los brazos.

—No es lo que te pregunté. Te pregunté si estás bien. Son dos cosas distintas.

Guardo silencio unos segundos. Podría decirle la verdad, no duermo bien y no dejo de pensar en Tobias, que cada vez que veo una foto en su casa me imagino cómo habría sido si… Pero no lo hago.

—Estoy listo para volver —repito.

El capitán asiente con lentitud, como si evaluara algo más allá de mis palabras.

—Si necesitas más días, los tienes. Podemos cubrir tus turnos; no sería la primera vez.

La oferta queda flotando en el aire. Hizo eso cuando perdí a mi prometida y, por un segundo… solo un segundo… la considero. Podría quedarme en casa para tener más tiempo para procesar todo y ayudar a Emil. Para… intentar entender lo que está pasando con Lara y conmigo. Pero entonces veo todo el escenario: la casa, el silencio incómodo. Las miradas tensas y las conversaciones que siempre terminan en algo más.

No. No puedo.

—No hace falta —respondo al final, con firmeza—. Prefiero estar aquí.

Vogel no insiste. Solo asiente una vez.

—Bien. Pero si veo que no estás al cien por ciento, te mando a casa yo mismo. ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Puedes retirarte.

Salgo de la oficina con un peso extraño en el pecho. No sé si es alivio o algo más cercano a la evasión. Sacudo la cabeza y me centro en el presente; es lo mejor que puedo hacer. Camino hasta la zona de descanso y veo que el lugar está como siempre: casilleros abiertos, botas alineadas en el suelo, chaquetas colgadas, el murmullo constante de conversaciones a medio volumen.

Dejo mi bolso en el banco y empiezo a cambiarme. La rutina ayuda, siempre ayuda. Cada movimiento es automático: camiseta fuera, uniforme dentro, botas ajustadas, tirantes en su sitio.

—Miren quién volvió de su licencia extendida —dice una voz a mi derecha.

No necesito mirar para saber quién es: Reto Keller. El tipo tiene un talento especial para decir lo incorrecto en el momento menos indicado.

—¿Cómo va la vida de familia, Bieri? —añade, apoyándose en el casillero contiguo—. ¿Ya te acostumbraste a que te digan «papá»?

Aprieto los cordones de las botas con más fuerza de la necesaria.

—No empieces, Keller.

—Vamos, es solo una broma —insiste, con una sonrisa ladeada—. «Papi Bieri». Tiene su encanto.

Siento cómo algo se tensa en mi interior. No es solo la palabra, es todo lo que implica. Todo lo que perdí y con ello lo que no pedí.

—Te dije que no empieces —repito, esta vez sin mirarlo, pero con la voz más baja.

—Tranquilo, hombre. Solo digo que ahora tienes responsabilidades. Nada de llegar tarde, nada de…

—Keller.

La voz que lo interrumpe es firme y levanto la vista. Lukas Frei está de pie al otro lado del banco, con los brazos cruzados y una expresión que no invita a seguir hablando.

—Cierra la boca —añade, sin elevar el tono—. No es el momento.

Keller levanta las manos en señal de rendición.

—Vale, vale. Solamente estaba bromeando.

—Pues busca otro momento para hacerlo —responde Lukas, sin apartar la mirada.

El silencio que sigue es corto, pero suficiente. Keller carraspea, incómodo. Lukas es solo unos años mayor que yo, pero impone mucho respeto; estuvo en el ejército y mide casi dos metros. También es fuerte y corpulento; no obstante, eso no lo hace lento. Sus ojos oscuros también hacen que su mirada sea intimidante, aunque en realidad es amable. Y es padre soltero. No sé cómo lo hace.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.