Zúrich, Suiza
Lara
Hay algo profundamente injusto en que una caja de chocolates pueda convertirse en un dilema existencial.
La tengo frente a mí, abierta sobre la encimera, como una tentación organizada en pequeños cuadrados de papel. Veinticuatro bombones. Eso decía la tapa cuando la abrí hace… ¿Cuánto? ¿Dos horas? ¿Tres? Ahora quedan ocho. Ocho pequeños sobrevivientes que me miran como si supieran lo que estoy pensando. «Podría dejarlos para mañana». «Podría cerrar la caja, guardarla y fingir que tengo autocontrol».
Pero también podría terminarla.
Inclino la cabeza, evaluando la situación como si esto fuera una decisión importante, como si de verdad hubiera algo en juego más allá de un ligero dolor de estómago y una culpa moderada.
—Lo amerita —murmuro para mí misma, tomando uno más sin demasiada resistencia.
Lo llevo a la boca y dejo que el sabor se disuelva mientras mis ojos regresan a la pantalla del computador. Tengo varias pestañas abiertas, demasiadas. Hay artículos, estudios, blogs de psicología infantil, foros de padres desesperados… todo lo que he podido encontrar sobre duelo en niños. «Estrategias de afrontamiento». «Cómo acompañar a un niño en la pérdida de sus padres». «Señales de alerta en procesos de duelo infantil».
Paso de un texto a otro como si en alguno de ellos fuera a encontrar la respuesta exacta, la fórmula perfecta, el paso a paso que me diga qué hacer, qué decir, cómo actuar para no fallar. Pero no hay nada así. Solo recomendaciones generales: paciencia, escucha activa, rutina y acompañamiento emocional.
Todo suena bien en teoría, mas nada parece suficiente en la práctica. Así que tomo otro bombón. A mi lado, la malteada ya está a la mitad. La preparé sin pensar demasiado; solo necesitaba algo dulce, algo frío, algo que me anclara a algo simple mientras mi cabeza no dejaba de girar en círculos pensando sobre Emil.
Su cara cuando llegamos a casa, su voz cuando dijo la palabra «huérfano». La forma en que se rompió entre mis brazos, como si todo lo que había estado conteniendo finalmente hubiera encontrado una salida. Cierro los ojos un segundo porque no estoy hecha para esto.
No sé si alguien lo está, realmente. Pero él… él no tiene a nadie más.
Exhalo despacio y vuelvo a la pantalla, obligándome a concentrarme. Subrayo mentalmente frases, intento memorizar ideas, como si pudiera convertirme en una experta en duelo infantil en una sola tarde. No funciona así, nunca funciona así.
La puerta principal se abre. El sonido es claro, reconocible. Mi espalda se tensa de inmediato, aunque no me giro. No necesito hacerlo para saber que es Noah. Escucho sus pasos, el leve roce de la puerta al cerrarse, el sonido de sus llaves al caer en alguna superficie. Hay algo en su presencia que siempre altera el ambiente, como si la casa misma se diera cuenta de que ahora somos dos adultos intentando ocupar un espacio que no nos pertenece del todo.
Sigo mirando la pantalla, no me giro. No sé si es por costumbre, por orgullo o porque no tengo energía para enfrentar otra conversación incómoda.
Sus pasos se acercan a la cocina.
—Hola —dice, con la voz más baja de lo habitual.
—Hola —respondo, sin apartar la vista del computador.
Hay un pequeño silencio, breve, pero cargado de esa familiar incomodidad que parece seguirnos a todas partes.
—Te dejé comida —añado después de unos segundos, señalando con la cabeza hacia la estufa—. Está en el horno.
—Gracias.
Escucho cómo se mueve por la cocina, cómo abre el horno y saca el plato. Todo es cotidiano, casi doméstico, pero al mismo tiempo se siente extraño. Como si estuviéramos interpretando una vida que aún no terminamos de entender. Noah se sienta a mi lado, lo suficientemente cerca como para notar el calor de su cuerpo, pero no tanto como para invadir mi espacio. Empieza a comer en silencio.
Yo sigo leyendo o fingiendo que leo. Porque en realidad soy demasiado consciente de él y de su presencia. Del sonido del tenedor contra el plato, la forma en que respira, más lento que esta mañana. Tomo otro bombón; quedan seis.
Siento su mirada por un segundo. No es invasiva, más bien curiosa. Baja hacia la caja de chocolates, luego a la malteada y, finalmente, al computador lleno de textos subrayados.
Pero no dice nada. Y, por alguna razón, agradezco ese silencio.
Paso a otra página. Esta habla sobre cómo los niños procesan la pérdida dependiendo de su edad. Sobre cómo pueden entender la muerte de forma literal, pero no emocional. Sobre cómo el enojo, el silencio o incluso la aparente indiferencia pueden ser formas de dolor. Trago saliva; Emil no es indiferente. Emil está roto.
—¿Cómo le fue hoy? —pregunta Noah de pronto, rompiendo el silencio con una suavidad que no esperaba.
Me quedo quieta un segundo, el cursor parpadeando en la pantalla como si también esperara mi respuesta.
—Mal —digo al final.
No entro en detalles de inmediato. No sé por dónde empezar. Hay demasiadas cosas.
—Lo llamaron huérfano —añado después, sintiendo cómo la palabra pesa incluso ahora.