El amor no estaba en el testamento

Capítulo 7: Chocolate blanco

Zúrich, Suiza
Lara

Una semana.

No parece mucho tiempo, pero lo suficiente para que el caos empiece a tomar forma. No orden, no exactamente, pero sí algo que se le parece. Una especie de rutina improvisada que, con tropiezos y todo, nos está sosteniendo.

Noah ha empezado a involucrarse más. Mucho más de lo que esperaba, si soy honesta. Hay días en los que lleva a Emil a la escuela antes de ir a su turno, y otros en los que lo recoge y se lo lleva al cuartel por un par de horas. Al principio me pareció una idea extraña, incluso imprudente, pero la primera vez que Emil volvió de allá con una historia sobre un camión enorme, una sirena que lo hizo reír y un «tío Lukas» que le enseñó a enrollar una manguera, entendí que tal vez ese lugar podía ofrecerle algo que esta casa no siempre logra: distracción sin culpa.

Y a mí… me da tiempo. Tiempo para respirar, pensar y para recordar quién soy fuera de todo esto. He vuelto a nadar. No de forma ocasional, no como antes. Ahora es parte de mi rutina. Voy casi todos los días al centro recreativo, me lanzo al agua y dejo que el mundo se disuelva en cada brazada. El sonido se apaga, los pensamientos se ordenan y, por unos minutos, todo es simple. Solo existe el ritmo de mi respiración y el movimiento constante de mi cuerpo.

También me inscribí en ese concurso.

Aún me sorprende haberlo hecho. No es propio de mí lanzarme a algo así sin pensarlo demasiado, pero tal vez eso es justo lo que necesitaba. Algo que no esté ligado al duelo, ni a responsabilidades, ni a expectativas ajenas. Porque sí, las expectativas siguen ahí. Siempre han estado.

Personas cercanas —familia, conocidos, incluso algunos «amigos» que aparecen solo para opinar— no han tardado en hacer comentarios. Que si debería «hacer algo productivo», que si «no es normal no trabajar», que si «tener tanto tiempo libre no es sano».

Antes, esas palabras me afectaban más de lo que me gustaría admitir. Ahora… no.

Mis padres me dejaron lo suficiente para no tener que preocuparme por eso. Y no solo lo suficiente: lo invertí, lo hice crecer, tomé decisiones que me permiten vivir tranquila sin depender de nadie. No necesito un trabajo que me haga miserable solo para cumplir con una idea ajena de lo que debería ser mi vida. Prefiero nadar, respirar. Prefiero estar aquí para Emil. Y eso… eso también es válido.

Hoy, sin embargo, la rutina cambia un poco porque es la primera cita con la psicóloga. Noah y yo lo hablamos hace unos días y conseguimos una cita relativamente rápido. No fue complicado; lo difícil será… todo lo demás. Emil no le ha dado importancia. Cuando se lo mencionamos, solo encogió los hombros, como si le estuviéramos diciendo que íbamos a comprar pan. No preguntó nada ni se opuso. Pero tampoco mostró interés.

Y no sé si eso es bueno o malo.

Salgo de la piscina más temprano de lo habitual. El agua resbala por mi piel mientras me envuelvo en la toalla, todavía con la mente a medio camino entre la calma que me da nadar y la ansiedad que empieza a asomarse por lo que viene.

Me cambio rápido, recojo mis cosas y salgo casi sin detenerme. El reloj corre más rápido hoy.

Conduzco de regreso a casa con la sensación de que el día se me está escapando entre los dedos. Entro, dejo el bolso en la silla más cercana y subo directo a la habitación. La casa está en silencio, pero ya no es ese silencio pesado de antes. Ahora es más… funcional. Como si también se estuviera adaptando.

Me ducho rápido, el agua caliente cayendo sobre mis hombros mientras repaso en mi mente todo lo que podría salir mal. ¿Y si Emil no habla? ¿Y si se cierra por completo? ¿Y si la psicóloga dice algo que lo hace sentir peor? Cierro los ojos un segundo bajo el agua.

No puedo controlarlo todo.

Me repito eso mientras me seco y me visto con algo sencillo. Nada demasiado llamativo, pero tampoco descuidado. Como si mi ropa pudiera influir en cómo saldrán las cosas.

Bajo las escaleras, tomo las llaves y salgo de nuevo.

El camino hasta la escuela se me hace más corto de lo normal. Tal vez porque mi mente no deja de anticipar lo que viene después. Cuando llego, Emil ya está afuera, sentado en uno de los bancos con su mochila a un lado. Está mirando al suelo, distraído con algo invisible, así que me acerco.

—Hola —digo con suavidad.

Levanta la vista. —Hola.

—¿Cómo te fue hoy?

Se encoge de hombros. —Normal.

No presiono. Normal es mejor que mal.

—Vamos —le digo, señalando el auto.

Se levanta sin protestar y camina a mi lado. Subimos en silencio, y mientras enciendo el motor, siento ese nudo familiar formándose en el estómago. No por el camino, sino por el destino.

—Hoy tenemos la cita —le recuerdo, con cuidado.

—Lo sé.

—Si no quieres hablar, no tienes que hacerlo de inmediato.

Emil mira por la ventana. —No pasa nada.

Su tono es neutro, pero no frío. Solo… contenido. Asiento, aunque sé que no me está mirando. Conduzco hacia el consultorio, sintiendo cómo el tiempo se estira y se contrae al mismo tiempo. Noah dijo que nos encontraría allá. Eso, al menos, me da un poco de tranquilidad.




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