Zúrich, Suiza
Noah
El turno nocturno siempre pasa factura, pero el primero de la semana es el peor. El cuerpo todavía no se acostumbra, la cabeza no termina de apagarse cuando debería y, cuando por fin sales del cuartel, no sabes muy bien si es temprano o tarde, si deberías irte a dormir o empezar el día como cualquier otra persona.
Hoy, lo único que quiero es dormir, nada más. No pensar, no hablar, no hacer nada que implique esfuerzo mental. Solo llegar, cerrar los ojos y desaparecer por unas horas.
Pero ya no es tan simple.
Ahora «llegar a casa» no significa silencio ni rutina conocida. Significa Lara y Emil. Significa horarios que no siempre coinciden con los míos y una dinámica que todavía estamos aprendiendo a manejar.
Conduzco por las calles de Zúrich con esa sensación de cansancio que se mete en los huesos. El tráfico es ligero a esta hora, la ciudad apenas está despertando, y por un momento todo parece más lento, más tolerable. Paso frente a una tienda y reduzco la velocidad casi sin pensarlo. Dudo un segundo; podría seguir de largo. Debería, de hecho. Pero termino estacionando.
No sé muy bien por qué entro. Tal vez porque no quiero llegar con las manos vacías; tal vez porque, de alguna manera, siento que debería aportar algo más que presencia intermitente y turnos largos. El lugar huele a pan recién hecho y café. Camino entre los pasillos sin un plan claro hasta que termino frente a una sección que ya me resulta familiar.
Chocolates, por supuesto.
No sé cómo lo hace, pero Lara siempre tiene una caja abierta. A medio terminar, nunca completamente vacía —o eso quiero creer—, como si fuera un recurso constante, una especie de apoyo silencioso que aparece cuando lo necesita.
Tomo una caja, la miro. Luego tomo otra porque una sola se siente… insuficiente. Me quedo ahí un segundo, sosteniéndolas, y no puedo evitar pensar en lo extraño que es esto, comprar chocolates para la mujer con la que vives. Una mujer con la que no tengo nada romántico. Una mujer con la que, hace no mucho, apenas podía mantener una conversación sin terminar discutiendo. Es raro. Todo es raro.
Pero la situación en sí ya es lo suficientemente extraña como para cuestionar cada pequeño detalle, así que dejo de darle vueltas, pago eso y otras cosas que agarro y salgo de la tienda.
El camino a casa se me hace más corto. Cuando entro, el sonido de voces me recibe desde la cocina. Me detengo un segundo en la entrada, ajustando el bolso en mi hombro, y luego camino hacia allá. Lara y Emil están desayunando.
La escena es… normal, demasiado normal. Emil está sentado con su plato frente a él, comiendo en silencio pero sin esa rigidez de antes. Lara está frente a él, con una taza en la mano, hablando algo que no alcanzo a escuchar desde la puerta.
Me ven casi al mismo tiempo.
—Hola —digo, dejando las llaves en la encimera.
—Hola —responde Lara.
—Hola —añade Emil, con la boca medio ocupada.
Dejo el bolso a un lado y saco las cosas que compré. Empiezo a guardarlas casi en automático, moviéndome por la cocina con una familiaridad que todavía me sorprende un poco. Cuando termino, tomo las cajas de chocolate. Dudo un segundo, luego me giro hacia Lara y se las extiendo.
—Vi esto y… —Me encojo de hombros—. Lo compré.
Ella me mira, primero a mí. Luego a las cajas y de nuevo a mí. Hay una pausa breve, cargada de algo que no termino de identificar.
—¿Dos? —pregunta finalmente.
—Sí. —No tengo una explicación mejor que esa—. Pensé que… bueno —me aclaro la garganta— que así no se acaban tan rápido.
No es la mejor justificación del mundo, pero es la que hay. Lara parpadea una vez, como si estuviera procesando la escena completa, y luego toma las cajas.
—Gracias —dice, y su tono es sincero, aunque todavía suene un poco sorprendida.
Asiento, como si no fuera gran cosa porque no lo es. O eso intento decirme.
—Te dejé desayuno en el horno —añade ella, señalando detrás de mí.
—Gracias.
Saco el plato y me siento a comer mientras ellos terminan. No hablamos mucho. No es un silencio incómodo, pero tampoco es cercano. Es… funcional. Lo suficiente.
Cuando acabo, recojo mi plato y lo lavo junto con lo que quedó en el fregadero. El agua fría ayuda a mantenerme despierto unos minutos más, pero apenas cierro el grifo, el cansancio vuelve a caer sobre mí con todo su peso.
—Nos vamos —dice Lara, tomando su bolso.
—Que tengas buen día —añado, mirando a Emil.
—Adiós —responde él, bajándose de la silla.
—Adiós —dice Lara también.
La puerta se cierra unos segundos después. Y la casa vuelve al silencio. Subo las escaleras con pasos más lentos, sintiendo cómo cada músculo empieza a relajarse ahora que ya no tengo que mantenerme en movimiento. Entro al baño, me quito el uniforme y dejo que el agua de la ducha caiga sobre mí. Es rápida, lo justo para quitarme el olor a humo y a noche acumulada. Cuando salgo, el vapor todavía llena el espacio. Me visto con lo primero que encuentro y camino hasta la habitación.