El anuncio de matrimonio

Capítulo 15

Walter se marcha para encontrarse con el comandante de la Guardia Real.

Se siente culpable por haber tachado a Raquel de paranoica esa noche y quiere enmendar su error cuanto antes. Con suerte, lo que Walter le diga al comandante puede ayudar a dar con el culpable más pronto.

Comprendo la necesidad que Walter tiene de ayudar en la investigación, sin embargo, su marcha significa que yo me quedo sola con un montón de interrogantes que no tengo idea de cómo manejar.

Mi mente va de un lado al otro como un balón que rebota de pared en pared. Pienso en Raquel y su triste fin, en el misterio que rodea su relación con Walter; pienso en Xavier y el extraño apego que mi esposo siente por el chico. Pero, sobre todo, pienso en la renuencia que muestran todos a hablar del tema.

Alguien llama a la puerta principal, se me erizan los nervios solo de pensar que pueda ser Joana para otra de sus actividades. Lo último de lo que tengo ganas en estos momentos es de pasar tiempo al lado de la vecina.

Para mi enorme alivio, no se trata de Joana, sino de un mensajero que viene a entregar un recado.

—¿Para mí? —pregunto desconcertada cuando el mayordomo entra a la sala para tenderme el sobre. Debe tratarse de un error, ¿quién me escribiría? Seguramente es un mensaje para Walter.

—Sí, señora, aquí dice: para la señora Sonia Moss —contesta el mayordomo, volviendo a tenderme el mensaje.

Tomo el sobre y leo el destinatario, efectivamente, va dirigido a mí. Lo abro con mucha curiosidad.

Es una nota de la costurera a la que fuimos ayer. Al parecer, hubo un problema con mis medidas y me pide volver a su estudio entre profusas disculpas.

En lugar de tomarlo como un inconveniente o un fastidio, me entusiasmo con la idea. La distracción me vendrá muy bien, además, así puedo aprovechar para cancelar uno que otro vestido del enorme pedido que hizo Joana.

Le pido al mayordomo que mande traer el carruaje y me dispongo a salir.

Abro la puerta muy despacio, mirando a un lado y al otro de la calle, no tengo ganas de encontrarme a Joana. Si se entera a dónde voy, insistirá en acompañarme.

Una vez que el carruaje llega frente a la casa, me precipito al interior como si me fueran persiguiendo y le pido al conductor que arranque cuanto antes.

Solo logro relajarme hasta que el vehículo da vuelta en la esquina. Qué difícil es salir de casa cuando se vive rodeado de vecinas entrometidas.

El estudio de Isidora Dosien se encuentra sobre la Avenida Principal. Es un espacioso y elegante local equipado con todo lo necesario para atender a su distinguida clientela. Normalmente, yo me sentiría como un pez fuera del agua en un sitio así, pero la señora Isidora, además de ser una talentosa costurera, es una mujer de lo más cordial. Actúa sin pretensiones, ni fingimientos. Estar con ella resulta extrañamente familiar. Tal vez ese es parte de su éxito, hacer sentir cómodas a sus clientas.

—Le pido mil disculpas por el inconveniente, señora Moss. Estábamos trabajando en sus diseños y una de mis hijas vertió el tintero sobre el papel donde habíamos anotado sus medidas —me explica, señalando una de las mesas de trabajo sobre la cual se amontonan viejas ediciones de la gaceta del reino en un intento porque el papel absorba la tinta.

Sobre otra de las mesas de trabajo hay más ediciones de la gaceta sin usar.

—No se preocupe, no es ningún inconveniente —le digo.

—Usted es tan amable, ojalá todas las clientas reaccionaran tan bien a estos pequeños accidentes —dice la señora Isidora con genuina gratitud—. Pase por aquí, por favor.

La señora Isidora me lleva hasta un taburete junto a la mesa de trabajo donde se encuentran los ejemplares de la gaceta sin usar.

Me subo al taburete y la mujer comienza a tomar mis medidas de nuevo.

—La mayoría son las que recuerdo, pero necesitaba estar segura antes de empezar sus vestidos —dice mientras anota los números en una nueva libreta.

Una joven entra al área cargando unos pesados rollos de tela color verde.

—Buenas tardes —saluda con voz apretada por el esfuerzo del peso que lleva en brazos.

—Buenas tardes —digo asombrada por su fuerza.

Por estar mirando a la chica, la que pierde el equilibrio soy yo. Me tambaleo sobre el taburete y me voy de costado.

Gracias a la mesa a mi lado logro recuperar el equilibrio, pero termino derribando las ediciones de la gaceta que estaban sobre esta.

—Lo siento mucho.

De inmediato bajo del taburete para levantar el desorden que provoqué.

—No se preocupe, yo lo levanto —dice la costurera, inclinándose junto a mí.

Entre las dos comenzamos a levantar los ejemplares de la gaceta. Algunos se han abierto en distintas páginas y otros se han deshojado por completo.

Al pasar por una página familiar, mis movimientos se congelan involuntariamente. No necesito ni leerlo para saber qué dice, tengo memorizado el anuncio.

Adinerado caballero busca esposa…




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