Almorzamos en relativa calma. Nadie menciona a Raquel o a la Guardia Real; Walter le pregunta a Xavier sobre sus clases y, cuando ese tema se agota, nos habla de sus pacientes, cosa que jamás hace, y sospecho que solo recurre a ello para no dar pie a silencios que nos lleven a hablar de eso en lo que todos estamos pensando y nadie quiere reconocer.
—¿A qué hora es el entierro? —pregunta Xavier en una pausa que Walter hace para tomar aire.
La racha terminó, ahora el tema está sobre la mesa.
Mi marido tensa la espalda. Es una suerte que no se retuerza de tanto que parece repeler el tema.
—Al atardecer. Después, podremos ir por tus pertenencias —dice en voz apretada.
Xavier asiente con la vista clavada en su plato.
—No quiero que haya nadie ahí. Nadie —pide el chico entre dientes.
Ladeo la cabeza, ¿a que viene ese nadie? ¿Se referirá a parientes lejanos? ¿Amigos? No comprendo su oposición a que otras personas se despidan de su madre.
—Descuida, hijo, solo seremos nosotros tres y el sepulturero —indica Walter a lo que el chico vuelve a asentir—. ¿Tienes deberes? Ve a tu habitación a hacerlos. Sonia te indicará cuando sea hora de partir al cementerio.
Xavier nos agradece por el almuerzo y luego sale del comedor.
Me quedo a solas con mi marido, segunda oportunidad para que me explique qué narices está pasando.
—¿Pudiste hablar con el comandante? —pregunto para abrir la conversación. Quiera o no, tiene que tocar el tema conmigo.
Walter se toma su tiempo para contestar. Primero, se deja caer contra el respaldo y recarga su nuca sobre el borde de la silla, cierra los ojos y estira las piernas al frente de modo que la punta de sus pies choca con los míos debajo de la mesa.
—Lo siento —dice contrayendo de nuevo las piernas—. No solo hablé con él y le dije todo lo que sabía. También lo ayudé en la investigación. Gil me hizo revisar el cuerpo de Raquel, por si encontraba algo inusual.
Walter se vuelve a acomodar en el asiento y mira hacia la puerta del comedor. Sigo la dirección de sus ojos. Ahí no hay nadie, estamos solos y podemos hablar con libertad.
—¿Y lo encontraste?
Walter asiente y vuelve a mirar hacia la puerta. Ahora entiendo más su actitud durante el almuerzo, no quería hablar de Raquel, porque no quiere que Xavier sepa lo que va a decirme.
—Su cuerpo expedía un extraño olor mentolado y su lengua estaba teñida de púrpura. Eso me hace sospechar que ingirió Vexamol.
—¿Vexamol?
—Es una mezcla de dos medicamentos de mi autoría: Exubamol y Veradone. Uno es para dormir y el otro para el dolor, juntos hacen una pócima potente. Unas cuantas gotas pueden dejar inconsciente a una persona durante horas. Creo que el asesino le dio Vexamol antes de apuñalarla, si fue así, Raquel no se enteró de lo que le sucedió.
—¿Y no es mejor? —suelto al vuelo y solo me muerdo la lengua cuando veo el gesto contraído de Walter—. Quiero decir, si algo así de horrible me sucediera, preferiría estar inconsciente —añado.
—Probablemente tengas razón, pero la implicación no deja de ser grave. Que se haya usado Vexamol significa que el asesino es mi paciente —señala Walter claramente descompuesto con la idea.
Ahogo una exclamación de sorpresa.
—Qué terrible —exhalo—. ¿Tienes idea de quién?
—No, hoy mismo haré una lista de todas las personas a las que les he recetado Vexamol y se la entregaré al comandante. La Guardia Real tendrá que hacer el resto.
Mi esposo se levanta de su asiento, recargando sus dos puños sobre la mesa.
—Será mejor que me ponga a trabajar en ello…
—Walter, aún tenemos una plática pendiente —le recuerdo.
Mi esposo contrae el ceño, confundido, le toma unos instantes comprenderme.
—Ah, es verdad… —suspira, volviendo a tomar asiento.
—Lamento haberte ofendido esta mañana insinuando que Xavier es tu hijo. —A pesar de que todo apunta a que lo es—. Sin embargo, merezco una explicación acerca de los Eden y por qué eres tan cercano a ellos.
—No a ellos, Sonia, solo al muchacho —me corrige Walter para de inmediato volver a suavizar el tono—. Lo siento, mi querida, probablemente debí contarte de la visita de Raquel esa noche, pero jamás sospeché que se volvería relevante. Aun así, ahora estamos casados y debemos ser sinceros el uno con el otro. Xavier no es mi hijo, aunque admito que me gustaría que lo fuera. Hay quienes han mencionado cierto parecido físico entre los dos; el padre de Xavier era originario de mi tierra natal, Adenabridge. Yo adjudico que a eso se debe el parecido, pero lamentablemente, no estamos emparentados de ningún modo. Es importante que lo sepas.
—Te creo —digo con entera convicción en su integridad.
Walter hace un asentimiento para agradecerme.
—Conocí a los Eden hace poco más de un año y, de inmediato, le tomé un cariño muy especial al muchacho. Es un joven educado e inteligente que ha tenido que lidiar con situaciones muy duras. Su padre falleció cuando él era un niño y, a pesar de qué dejó suficiente dinero para que él y su madre vivieran cómodamente el resto de sus días, la fortuna se agotó a los pocos años debido al mal manejo de los bienes —me explica estirando sus manos sobre la mesa para tomar las mías—. Xavier pasó de ser el hijo de un caballero de buena fortuna a una situación muy reducida, aunado a una madre que… Bueno, no es correcto hablar mal de los que ya no están aquí. Supongo que la señora Eden hizo lo que mejor supo. Como sea, cuando lo conocí y supe su historia, quise ayudar a Xavier. Usé algunos contactos para que lo admitieran en el Colegio del Este y he costeado su educación desde entonces. Quiero asegurarme que no se desperdicie su potencial, Xavier tiene interés en la medicina y, una vez que acabe el colegio, pienso tomarlo como mi aprendiz.