El Arco de Artemisa - Primer Episodio, Prefacios de Batalla

34. El Hajime de Plata...

Yo no calculo, ingreso y me quedo ampliando mi esplendor. Puedo existir y sentir paralelamente a todos los seres en el espejo del Multiverse. Puedo crear otros accesos que tienen sus propios mundos, que no existieron, pero que ahora son reales.

Ronald Rodriguez, Hyperrealidad - El libro de las sombras.

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Alguna vez me puse en el lugar de Rodrigo y me imaginé cómo hubiera sido mi vida si es que me hubieran pasado las mismas cosas que a él. Ahora pienso que me habría fascinado. Mi vida escolar fue un fiasco, la universidad resultó una estafa, la existencia laboral es casi una esclavitud voluntaria; no hay matrimonio, no hay personas, nada que valga la pena más allá de la muerte. Mis mejores recuerdos están plagados de abuso policial, celdas frías en la delegación de la calle Sucre, alcohol, drogas, resaca y alguno que otro intento de suicidio. Mi mundo se creó por el odio, me enseñó a caminar, a comer, a respirar, todo cuando nada más lograba hacerlo. Me levanté cuando dejé de sentir compasión por mí mismo, pero eso no cambiaría el desprecio que siento por la existencia; como Arthur Schopenhauer solía decir: "La vida es solo la muerte aplazada". Claro, no faltará quien piense que estas son pajas mentales, ¡y qué más podrían esperar de un pajero mental como yo! En fin, volvamos a 1999.

Vísperas de Nochebuena. Un lindo 24 de diciembre, la última espera de pascua del siglo XX, el final de la Tercera Edad. Había una paranoia colectiva en la víspera de Año Nuevo. Por ser el último año del milenio, la gente creía que grandes desastres podrían pasar. Se hablaba mucho de un fenómeno llamado "Y2K" en el que las computadoras se volverían locas por el cambio de dígitos, provocando serios problemas. Yo creo que la gente se traumó con "Terminator", es decir, jamás me creí que Skynet querría tomar control del mundo solo por un puto cambio de dígitos. Otros decían que caería un gran asteroide, o planeta, o inmensa bola de guano, de nombre: "Hercólobus". Las iglesias evangelistas pregonaban el fin del mundo a los cuatro vientos y las cifras de la bolsa se cayeron desde noviembre, a ritmo constante. Aquella Nochebuena tenía sabor a fin del mundo, pero para Rodrigo y sus amigos era algo más que eso, era la última Navidad familiar que pasarían. ¿Y yo qué hacía?, pues, probablemente me seguía masturbando con una porno, o quizás me dediqué a alguna cosa estúpida como ponerle nombre a las nubes, por ejemplo, para pasar el tiempo. En aquellos días no tenía ni la más remota idea de lo que mis amigos y familiares estaban por vivir.

Diana, Rodrigo, Joisy y Oscar habían hecho planes de pasar todo el día, juntos. Por la tarde se encontrarían con Gabriel y Rocío para pasear, casi entrada la noche se les sumarían Rhupay y Valya, con quienes completarían las reuniones y felicitaciones de Navidad. En la noche, todos volverían a la casa de Rodrigo, las cuatro familias acordaron pasar la Nochebuena. Los ausentes más notorios entre la lista de invitados eran los padres de Diana, Rodrigo y Rocío; bueno, en el caso ella es obvia la razón. El padre de Rodrigo, por su parte, seguía desaparecido y el de Diana aún trabajaba en su proyecto. Edwin tampoco estaría esa Nochebuena. Las crónicas de Gabriel registran que esa reunión fue solo para aquellos miembros de la familia que conocían de la Misión, eso excluía tíos lejanos, primos del extranjero, y familiares postizos u ocasionales, como yo.

Veamos los eventos desde los ojos de Rodrigo, quien registró de forma muy pulcra los hechos. Ni bien se despertó, prendió la radio y se levantó ansioso. Se encontró con su primo en su departamento y empezaron a jugar "Magic", un juego de cartas de estrategia bastante adictivo. Así, mientras dejaban que la mañana se vaya, ambos se pusieron a conversar.

—¿Cómo te ha estado yendo? —preguntó Rodrigo.
—Tuve días mejores —respondió Oscar, sonriendo.
—Oye, ¿has tenido miedo estos días?
—A menudo —hubo un silencio—. Rodrigo.
—Dime.
—Tú también has sentido miedo, ¿cierto? —Rodrigo agachó la cabeza.
—Mucho.
—La vida es extraña.
—No, Oscar, es cruel, nada más cruel —se contenía de llorar.
Oscar exhaló profundamente y miró a su primo.
—Es cruel, pero también es grandiosa. Es una porquería y una cosa genial al mismo tiempo. Es todo y nada a la vez. Es un exilio, una condena, pero también una oportunidad de existir.

Hubo una pausa, Rodrigo dejó de poner atención a las cartas y se quedó mirando a Oscar, pensando qué decir.

—Nosotros existíamos en un universo superior antes de esta horrible encarnación en la materia, Oscar. Yo lo sé, lo vi y lo sentí en muchos momentos. Extraño ese pasado —Oscar se acercó y lo abrazó.
—Yo también lo extraño, pero anímate, piensa que nos esperan muchas aventuras al lugar al que iremos. Además, la Diana sigue con vos, pillín —le dijo y le dio un topecito en el mentón, Rodrigo apenas sonrió—. Mas bien cuenteáme como van las cosas con la Diana.
—Van bien, van bien. Ella y yo tenemos planes para la Navidad.
—¿Así? ¿Y ya aprendiste a comportarte con una chica?, o sigues pensando que todas son como hombres.
Chuta, éste pero. ¿Acaso estás diciendo que soy torpe?
—No, claro que no, solo me preguntaba si te sigues tirando pedos en frente de las chicas —replicó irónico.
—Yo nunca me tiré pedos en frente de ninguna chica. Con vos me debes estar confundiendo.
—No, yo soy un caballero.
—Yo también, preguntále a la Diana.
—Yaaa. ¿A la Diana?, pero si ella tampoco sabe comportarse —dijo Oscar soltando una carcajada.
—Claro que sabe, se comporta mejor que tu novia —Rodrigo respondió, sacándole la lengua.
—Al menos mi novia no me anda calentando la oreja en vano.
—Nica. La Diana tampoco me calienta la oreja.
—Obvio, a vos te calienta otra cosa.
—¡Bien chancho eres!
—Ya, ya, en eso lo dejaremos —un silencio se apoderó de ambos.
—Cómo crees que nos irá en ese lugar al que debemos ir —continuó Rodrigo. Oscar pensó un poco.
—Todo estará bien, estoy seguro —aunque en realidad no lo estaba, solo dijo eso para tranquilizar a su primo.
—No quisiera dejar a mi mamá.
—Tranquilo, nuestras mamás saben que así deben ser las cosas.
—Al menos me alegra que vendrás conmigo —de inmediato, Rodrigo se arrepintió de su comentario, no quería mostrar debilidad ante su primo.
—No hay lío, ya verás que todo saldrá bien.




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