YULI
El teléfono sonó justo cuando estaba mirando el anillo de compromiso que llevaba en mi dedo. Eran las siete de la tarde, la luz de la Ciudad de México se filtraba por la ventana de mi habitación, y yo estaba sonriendo, pensando en que apenas faltaban seis meses para la boda. Llevábamos tres años juntos, Brais y yo. Tres años de risas, de caminatas, de promesas de que siempre estaríamos el uno para el otro. Al ver su nombre en la pantalla, mi corazón dio un vuelco de alegría. —Hola, amor —dije al contestar, con la voz suave y llena de cariño.
Del otro lado no hubo el saludo cálido que siempre me daba. Solo silencio, y luego su voz. Fría, distante, como si quien hablara no fuera el mismo chico que me había besado mil veces y me había dicho que me amaba más que a nada en el mundo. —Yuli, tenemos que terminar —dijo, sin rodeos, sin ninguna clase de suavidad.
Me quedé helada. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. —¿Qué… qué dices? —susurré, esperando que fuera una broma pesada, una de esas que a veces hacía para asustarme. Pero no había risa en su voz. Ni dudas. —Lo que escuchas. Se acabó.
—¿Por qué? —pregunté, con la voz quebrada, las lágrimas empezando a brotar sin que pudiera detenerlas—. ¿Por qué haces esto? Brais, llevamos tres años… estamos comprometidos, ¿recuerdas? ¿Qué pasó? ¿Hice algo mal?
—No lo entenderías —fue lo único que respondió. Esas palabras, tan cortas, tan vacías, me atravesaron el alma como un cuchillo.
—¡Claro que lo entendería! ¡Dime, por favor! —supliqué, ya llorando sin poder contenerme—. ¡Dime qué te pasa, déjame ayudarte!
—No lo entenderías —repitió, con la misma frialdad—. Tengo que irme. Debo alejarme de ti. Adiós, Yuli.
Y colgó.
El sonido de la línea muerta me golpeó más fuerte que cualquier golpe físico. Quedé con el teléfono pegado a la oreja, temblando, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Marqué su número una, dos, diez veces… y siempre me mandaba directamente al buzón. Ya no contestaba. Al día siguiente, fui a su casa: no estaba. Sus familiares me dijeron que se había ido, que no sabían a dónde. Simplemente… desapareció. Como si nunca hubiera existido.
Esa semana fue la peor de mi vida. No comía, no dormía, no dejaba de llorar. Mi madre, Lucía, no dejaba de mirarme con ojos llenos de tristeza y preocupación. Cada vez que entraba a mi habitación, me veía acurrucada en la cama, con la mirada perdida, sin siquiera poder sonreír. Yo ya no era esa chica alegre, llena de sueños y de planes. Era una sombra de lo que solía ser.
Pasaron los días poco a poco, y poco a poco fui levantando la cabeza. Pero no era la misma. Algo en mí se había roto y, al mismo tiempo, se había vuelto más fuerte. Me convertí en una mujer de carácter firme, de mirada seria, que no permitía que nadie me viera débil. Quería olvidarlo. Me obligaba a mí misma a creer que ya no me importaba, que lo había superado. Pero la verdad era otra: nunca pude olvidarlo. Cada noche, cada vez que veía algo que me recordaba a él, mi corazón dolía igual que el primer día. Y mil preguntas giraban en mi mente sin respuesta: ¿Por qué se fue sin explicaciones? ¿Qué significaba que no lo entendería? ¿Qué estaba ocultando?
Mi padre, Don Sebastián, estaba fuera del país por negocios, y la responsabilidad de nuestra empresa, Gota de Vida que se trataba de perfumes, recayó completamente sobre mis hombros. Era la heredera, y sabía que no podía fallar. Llegué a las oficinas un lunes por la mañana, con la cabeza alta . Cuando entré, todos los empleados se callaron de golpe. Me miraban con respeto, sí, pero también con cierto temor: mi mirada era dura, mi porte firme, no había rastro de la chica dulce que solía ser. Me paré frente a todos y dije con voz clara y segura:
—Desde hoy, la empresa de mi padre llegará más alto de lo que nunca ha llegado. No aceptaré errores, ni descuidos, ni falta de compromiso. Cada uno en su puesto, y trabajemos con dedicación.
Dicho esto, entré a mi despacho y cerré la puerta. Me senté tras el escritorio y solté un largo suspiro. Por un momento, la máscara se cayó… pero la volví a poner rápido. Unos minutos después, llamaron a la puerta. —Pase —dije.
Entró Sofía, mi secretaria, con una taza de café en las manos y una sonrisa amable. —Señorita Yuli… le traje su café. ¿Le apetece que hablemos un momento? Me gustaría conocerla mejor, si no le molesta… creo que podríamos ser buenas amigas.
No le di importancia. Asentí con sequedad y le dije: —Gracias por el café, Sofía. Pero ahora no tengo tiempo para charlas. Tengo mucho trabajo. Puedes retirarte.
Ella asintió, sin ofenderse, y salió de la oficina. Me quedé sola, sosteniendo la taza entre mis manos, y de pronto la imagen de Brais volvió a mi mente. Su voz, su cara, la forma en que me miró la última vez que nos vimos. —¿Por qué te fuiste así? —susurré con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Por qué? Te amaba… te amo todavía. ¿Por qué no pude entenderlo?
Me obligué a mí misma a apartar esos pensamientos. —Debo olvidar el pasado —me dije en voz alta, con firmeza—. Debo continuar con mi presente.
Llegué a casa esa tarde, con el alma pesada. Mi madre me esperó en la sala y me miró con ternura. —¿Cómo te fue hoy, hija? —preguntó con suavidad.
—Bien —respondí, sin detenerme, y subí directo a mi habitación. Cerré la puerta, me dejé caer en la cama y lloré. Lloré porque los recuerdos no me dejaban en paz, porque no entendía nada, porque lo amaba y él se había ido sin darme ni una sola razón.
Los días pasaron así. Trabajaba más horas, me esforzaba el doble, trataba de llenar cada momento para no pensar en él. Mis empleados se sorprendían de mi dedicación y mi exigencia. Sofía seguía intentando acercarse, siendo amable, ofreciéndome ayuda… y yo siempre la apartaba, cortante, fría, porque no quería a nadie cerca. No quería que nadie viera lo que había detrás de esa fortaleza: una chica rota.