El Aroma de lo Prohibido

CAPITULO 2

Yuli

Me quedé allí de pie, sin poder apartar la vista de la puerta del baño. No sabía qué me pasaba, pero sentía una mezcla de curiosidad y una preocupación que no lograba explicar. ¿Estará bien? ¿Se habrá asustado demasiado? Me decía a mí misma que no tenía por qué importarme, pero mis ojos no se movían de aquel lugar.

Dentro del baño, escuché voces bajitas. Sofía, con un tono suave y a la vez burlón, le decía: —No tenía idea de que le tuvieras miedo a los insectos, Nicolás. Qué curioso.

Y él respondió, con voz apagada: —Desde niño no los soporto. No puedo verlos, me dan asco y me asustan de verdad.

—¿Ya te sientes mejor? —le preguntó ella, y luego bromeó—: Por cierto, te salvé la vida, ¿sabías? Si no hubiera estado ahí, no sé qué habrías hecho.

—Gracias —dijo él, aunque pude notar en su tono que no estaba del todo cómodo. Y estoy segura de que, en su mente, pensaba algo muy distinto: Casi me muero de vergüenza y solo empeoró todo.

Sofía, muy contenta, le dijo: —Entonces, como agradecimiento… ¡me debes otra cita!

Nicolás tragó saliva, dudó un instante y dijo apenas: —Está bien…

Pero yo sabía que por dentro estaba pensando: ¿Casi me muero de susto y todavía quiere una cita? Y salieron juntos del baño.

En cuanto Nicolás me vio esperándolo a lo lejos, sus ojos se iluminaron un instante, se notó que se alegró de verme… pero al instante siguiente bajó la mirada, lleno de vergüenza. Me acerqué a él sin dudar.

—¿Todo está bien? —le pregunté con suavidad.

Él, para no mostrar lo avergonzado que estaba, enderezó la espalda, engrosó la voz y respondió con tono serio: —Todo bien, jefa. Regreso a mi puesto.

Y se marchó rápido. Yo lo miré ir y susurré para mí misma, con una media sonrisa: —Ya le dije que no me diga jefa…

Pero Sofía lo escuchó, me miró fijamente y preguntó directa: —¿Te preocupaste por Nicolás, verdad?

Me quedé sin aire un segundo. Tenía que ocultarlo, no podía dejar que notara lo que sentía. —Claro que no —respondí con voz firme, tratando de parecer indiferente—. Me preocupo como lo haría con cualquier otro empleado. Nada más.

Desvié la mirada, incómoda por su pregunta, y le dije con un tono que daba por terminado el tema: —Sofía, ve a tu puesto. Tenemos que ponernos al corriente de verdad. Ya fue suficiente por hoy con todo lo que pasó.

Ella asintió, aunque no pareció convencida, y se marchó. Yo me quedé sola, y al recordar la imagen de Nicolás saltando sobre la silla asustado, solté una pequeña risa sin poder evitarlo. Me fui a mi oficina, sintiéndome un poco más ligera.

Poco después, Sofía se acercó a su escritorio. —Oye, Nicolás —le dijo con entusiasmo—, ¿te parece si al salir vamos a la plaza? No tengo nada que hacer y me gustaría acompañarte.

Nicolás dudó un instante y luego respondió: —Hoy no puedo, Sofía. Tengo… cosas que hacer en casa. Quizás otro día.

Ella notó que su respuesta sonó un poco extraña, pero no insistió. —Está bien, para otra ocasión —dijo, y se marchó a su lugar. Nicolás suspiró, apoyando la cabeza en sus manos: ¿Por qué me pasan estas cosas a mí? Y siguió trabajando.

Al salir del trabajo, justo cuando yo apagaba la luz de mi oficina, nos cruzamos en la puerta. —Buenas tardes, señorita Yuli —me saludó.

Le sonreí sin poder evitarlo. —Hasta mañana, Nicolás.

Él se detuvo, dudó un segundo y dijo: —Señorita Yuli… ¿le gustaría ir por un café? O caminar un rato, si prefiere. No sé, para despejarse.

Acepté sin pensarlo. Tenía la mente llena de números y problemas, y su compañía me pareció exactamente lo que necesitaba. En la cafetería, mientras el aroma del café nos rodeaba, le pregunté: —¿Te gusta tu trabajo aquí?

—Mucho —respondió con sinceridad—. Estoy muy feliz de tenerlo. Así puedo ayudar a mi madre… ella está enferma y necesita muchos cuidados.

Me conmovió profundamente. —Me gustaría conocerla algún día, si ella lo desea —le dije con suavidad.

Nicolás sonrió, y esa sonrisa llegó directo a mi corazón. —Claro que sí. Algún día la llevaré a que la conozcas.

Sentí una conexión especial, cálida, sincera. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía angustia, ni tristeza, ni culpa. Solo… paz. Luego caminamos por el parque, viendo a los niños jugar, riendo al recordar anécdotas de nuestra infancia. Fue una tarde perfecta. Al despedirnos, le dije: —Gracias, Nicolás. Me ayudaste mucho a despejar la mente. De verdad.

—No hay de qué, Yuli —respondió él suavemente—. Me encantó pasar el rato contigo.

Esa noche, al llegar a casa, me dije a mí misma: No debería encariñarme tanto. No quiero volver a pasar por lo mismo que antes. Tengo la empresa de papá, es mucha responsabilidad, no puedo distraerme. Pero por más que lo intenté, su cara no se me iba de la cabeza.

A la mañana siguiente, apenas entré a la oficina, Nicolás se acercó a saludarme con los ojos brillantes, lleno de alegría. Pero vi de reojo que Sofía nos miraba, atenta a cada movimiento. Y algo en mí se cerró de golpe. Solo le dije, con voz seca y rápida: —Buenos días —y seguí directo a mi oficina, sin detenerme.

Nicolás se quedó parado, confundido. ¿Por qué actúa así? Se preguntó. Ayer nos entendíamos tan bien… pensé que ya había confianza entre nosotros. Regresó a su escritorio, cabizbajo. Sofía se le acercó alegre: —¡Buenos días, Nicolás!

—Buenos días, Sofía —respondió él, pero sin levantar la vista.

Desde mi ventana, los vi hablar y me pregunté: ¿Hice bien en ser tan fría con él? ¿O solo estoy huyendo de nuevo?

Poco después, Sofía le propuso: —Oye, ¿qué te parece si salimos esta tarde? Me encantaría caminar contigo.

Nicolás, un poco desanimado por mi actitud, asintió sin ganas: —Está bien. Vamos.

Sofía, llena de felicidad, lo abrazó con fuerza. Y yo… yo vi ese abrazo desde mi oficina. Y sentí que el pecho se me apretaba. Una punzada de celos me recorrió, aunque intenté ocultarlo con todas mis fuerzas. ¿Por qué me importa? Me dije. Debería estar feliz por ella.




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