Yuli
Cuando llegó la tarde, salí de mi oficina a toda prisa, pero no encontraba a Nicolás por ningún lado. Fui entonces donde estaba Sofía y le pregunté si lo había visto; ella me respondió que no lo había visto por ninguna parte. Una angustia inmensa me invadió: temí que algo malo le hubiera pasado a la madre de Nicolás y que por eso se había ido sin avisar. Seguí buscándolo sin éxito, hasta que salí de la empresa con el corazón encogido, llena de preocupación.
Y de pronto, escuché su voz: —Yuli, por aquí.
Me di la vuelta de inmediato; sabía que era él. Me acerqué rápido, sin poder ocultar mi inquietud. —Creí que le había pasado algo a tu madre y que por eso te fuiste sin avisar —le dije, casi sin aliento. Él me miró con ternura y notó mi angustia.
—Tranquila, Yuli. Mi madre está de maravilla. Solo salí un rato a tomar un poco de aire fresco y decidí esperarte aquí afuera… me quedé admirando el paisaje.
Era una tarde preciosa. El sol se ocultaba tiñendo el cielo de tonos naranjas, rojizos y amarillos, mezclándose con el azul profundo que poco a poco tomaba el mando. Era tan hermoso que me quedé sin palabras.
—Es hermoso, ¿verdad? —dijo Nicolás.
—Es la primera vez que veo un atardecer tan maravilloso —respondí con sinceridad.
Me miró con una sonrisa suave y dijo que ese atardecer le recordaba a alguien especial. Mi corazón dio un vuelco; pensé que diría mi nombre. Pero continuó:
—Me recuerda a mi padre. De niño siempre lo veía sentado en una banca de madera mirando el atardecer. Él me decía que algún día encontraría a una persona igual de hermosa que este cielo.
Sentí una calidez inmensa llenarme el pecho. Me sentí tan afortunada de que Nicolás compartiera conmigo esos recuerdos de su infancia.
—Vamos a casa —me dijo entonces—, mi madre ya nos espera.
Al llegar, lo saludé a ella y me recibió con un abrazo cariñoso.
—Qué alegría verte de nuevo, Yuli —me dijo, y sus palabras me llegaron al alma.
Me sentí tan feliz, tan cómoda… como si estuviera en casa. Siempre anhelé esa sensación de familia desde niña, y ahora la estaba sintiendo por primera vez. Cuando me invitó a cenar, acepté de inmediato; quería quedarme ahí, con ellos, el mayor tiempo posible.
Al terminar la cena, les dije que ya debía irme y le agradecí a su madre aquella cena tan deliciosa. Me despedí de Nicolás, pero él me dijo que me acompañaría a casa. Le dije que no era necesario, pero su madre insistió:
—Acepta, hija. No es seguro andar sola de noche.
Y no pude negarme. Caminamos juntos hacia mi casa y en el camino le di las gracias por una tarde tan especial.
—No hay de qué —me respondió—. Gracias a ti por hacerla tan bonita.
Y entonces me confesó algo que me conmovió profundamente: me contó que su madre había caído en una depresión profunda desde que su padre falleció; ya no era la misma, se había apagado, se había enfermado de tristeza y nadie lograba devolverle la alegría… hasta que llegué yo. Gracias a mí, me dijo, estaba recuperándose.
—Siento mucho lo de tu padre —le dije, y sin pensarlo lo abracé con cariño—. Sé que debes extrañarlo mucho.
Él me apretó suavemente entre sus brazos.
—Eres la única persona que de verdad me entiende, Yuli —susurró, y sentí cómo se me subía el rubor a las mejillas.
Llegamos a mi casa.
—Gracias por acompañarme —le dije en la puerta.
—Al contrario, gracias a ti por esta tarde tan maravillosa —respondió él, y nos despedimos.
Al entrar, el silencio me golpeó de golpe. No había nadie. Mi madre se había ido con mi padre, y la casa estaba vacía, igual que cuando era niña y me quedaba sola mientras ellos viajaban por trabajo. Una tristeza suave me invadió, pero no duró mucho: me acosté y todo lo que podía pensar era en Nicolás, en su sonrisa, en sus palabras, en ese atardecer y en su madre. Y me prometí: mañana lo primero que haría sería saludarlo a él.
A la mañana siguiente me Arreglé con una sonrisa que no podía ocultar. Sin darme cuenta, lo hacía con entusiasmo, con ganas de que él me viera bien. Llegué a la empresa y ahí estaba Dante, esperándome en la puerta. Se acercó de inmediato. —Hoy te ves más hermosa que nunca, Yuli —me dijo con una gran sonrisa.
—Gracias —respondí con sencillez. —¿Podemos salir esta tarde? —me propuso—. Me encantaría acompañarte.
—Hoy no puedo, tengo mucho trabajo —le dije, pero él insistió tanto que terminé diciendo—: Si logras terminar todo tu trabajo solo, lo pensaré.
—¡Verás que lo haré mucho mejor que nunca! —exclamó feliz, y entramos juntos.
Pero apenas crucé la puerta, Dante tomó mi mano y me llevó directo a mi oficina. Y en ese instante, lo vi: Nicolás estaba ahí, y nos vio. Sentí que el mundo se me venía encima. No supe qué hacer. Ya en la oficina, le pregunté a Dante por qué había hecho eso.
—Solo quería hacerte reír, divertirte un rato —dijo él con inocencia.
Vi que no tenía malas intenciones y decidí dejarlo pasar, pero le pedí que no lo volviera a hacer. Lo que no sabía era que afuera, los empleados habían visto todo y comenzaron a murmurar: “Son novios, seguro”, “Qué linda pareja hacen”. Y Nicolás, al escuchar esos comentarios, se quedó destrozado. Quiso entrar y aclarar las cosas, pero se detuvo: no tenía derecho a pedirme explicaciones, ni yo tenía que dárselas. Así que se quedó callado, con el corazón roto.
Yo, por mi parte, decidí no darle importancia y me puse a trabajar con Dante. Al mediodía, el hambre me ganó y salí de la oficina. Nicolás estaba ahí y se acercó a mí con una sonrisa forzada, como si nada hubiera pasado.
—¿Te gustaría ir a comer? —me propuso.
—Lo siento, ya tengo planes —le dije, sintiéndome la peor persona del mundo. En ese momento salió Dante, me tomó del brazo y dijo: —Vámonos, Yuli. Nicolás asintió, con la mirada perdida. —Que te vaya bien —dijo, y se dio la vuelta para irse.
Me dolió en el alma. Quise correr detrás de él, explicarle que no era así, que no era lo que parecía… pero no podía. Me sentí culpable, triste, con un nudo en la garganta.