Yuli
Cuando llegó la tarde, salí de mi oficina a toda prisa y ahí estaba él: Nicolás, esperándome para salir juntos. Se acercó y me dijo con suavidad: —Nos vamos. —Sí, vámonos —respondí, y salí de la empresa sintiéndome la persona más feliz del mundo, caminando a su lado.
Pero de repente apareció Sofía. Nos miró con sorpresa y preguntó: —¿Qué está pasando? ¿Saldrán juntos?
Me quedé sin saber qué decir, pero Nicolás intervino de inmediato: —Claro que no, solo salimos juntos por pura casualidad.
Sofía asintió, aunque pude notar que no le convenció del todo, se dio la vuelta y se marchó. Vi en su forma de irse que estaba molesta, pero no pude hacer nada para detenerla; solo me quedaba esperar a que al día siguiente se calmara.
—¿Por qué le mentiste? —le pregunté entonces.
Nicolás me miró con sinceridad y respondió: —Si le hubiera dicho que salíamos, se habría puesto mal. Además, no quiero que ustedes se lleven mal por mi culpa.
En ese momento comprendí que él se preocupaba por mí y por mi bienestar, y eso me llenó de una alegría inmensa. Le sonreí con el corazón en la mano y le pregunté: —¿A dónde te gustaría ir?
—Tú decides —me dijo.
—Entonces… vamos por unos tacos —propuse, y al decirlo, sus ojos se abrieron con sorpresa. Parecía que nunca imaginó que alguien como yo, acostumbrada a restaurantes finos, quisiera comer tacos.
—¿Conoces alguno? —le pregunté.
—Conozco el mejor lugar de tacos de toda la ciudad —respondió él entusiasmado.
—¡Entonces vamos ahí! —dije, y caminamos rápido hacia ese lugar.
Al llegar y ordenar, Nicolás hizo una seña y de pronto apareció un cantante con su guitarra. Empezó a tocar y cantar una canción hermosa, como una serenata solo para mí. Fue una sorpresa tan linda que sentí que el corazón se me salía del pecho. Cuando terminó la canción, Nicolás se puso de pie y siguió cantando a capela. Me quedé sin palabras: no tenía idea de que cantaba, y lo hacía con una voz tan dulce y potente que todos los que estaban alrededor nos miraban y, al terminar, estallaron en aplausos.
—No sabía que cantabas —le dije, todavía asombrada.
—Lo hago desde muy pequeña —me contó—. De niño cantaba en los autobuses para ganar unas monedas y ayudar en casa.
—Pues cantas maravillosamente bien —le dije con sinceridad. Él me lo agradeció con una sonrisa que me derritió por completo.
Salimos del lugar y empezamos a caminar por una plaza cercana. Mientras caminábamos, hablábamos de todo: de nuestra infancia, de nuestros sueños, de lo que nos hacía felices y lo que nos dolía. Sentí una conexión tan profunda, tan natural, como si nos conociéramos de toda la vida. Arriba, el cielo estaba lleno de estrellas brillantes y una luna llena de un azul tan intenso y hermoso que parecía pintado. Sin duda, era la noche perfecta.
Entonces Nicolás me propuso: —¿Jugamos a algo? Te doy cinco segundos de ventaja y corres hasta el banco de allá. El que llega primero gana.
Me pareció tan divertido que acepté sin pensarlo. Me quité los tacones para correr mejor y empecé a reírme mientras corría. Estaba a punto de llegar cuando sentí sus brazos rodearme y me atrajo hacia él. En un instante, me encontré abrazada contra su pecho, sin poder escapar, y nos quedamos así, mirándonos en silencio, sin decir nada, solo perdidos en la mirada del otro. Poco a poco, él empezó a acercar su rostro al mío… y supe que estaba a punto de besarme. Mi corazón latía tan fuerte que creí que lo escuchaba. Pero en ese instante, pensé que aún no era el momento. Rápidamente, fingí no darme cuenta y me aparté suavemente.
Él soltó una risa suave y me dijo: —Te gané.
—Sí, acepto mi derrota —respondí con voz temblorosa—. Eres muy rápido.
Nos fuimos a sentar en una banca, mirando las estrellas. Me hubiera quedado ahí toda la noche. En mi casa siempre me sentía sola, y esa soledad me dolía, pero ahí, a su lado, no sentía frío ni vacío. Pero la noche avanzaba y ya era muy tarde, así que Nicolás me acompañó hasta mi casa.
A la mañana siguiente me desperté mucho antes de lo habitual, con una sonrisa que no podía borrar, y fui directo a la empresa. Llegué tan temprano que todavía no había nadie. Entré a mi oficina y me quedé ahí, pensando solo en él, reviviendo cada instante de la noche anterior. Cuando estaba por salir, entró Sofía. Sin decir una sola palabra, se detuvo frente a mí y preguntó directo al grano:
—¿Sientes algo por Nicolás, verdad?
Me quedé helada. No sabía qué responder. Si decía la verdad, temía perder su amistad para siempre, y eso era lo que menos quería. Pero respiré hondo, me armé de valor y le dije:
—Perdóname, Sofía… pero tengo que decírtelo. Sí, siento algo por él. Mucho.
Y le conté todo: cómo me sentía, cuánto pensaba en él, cómo me hacía sentir. Cuando terminé, Sofía se puso de pie de golpe. Cerré los ojos, convencida de que la había perdido. Pero entonces, ella sonrió y dijo con voz llena de alegría:
—Estoy tan feliz por ti, Yuli… por fin te veo así, tan enamorada, tan viva.
No supe qué decir. Nunca esperé esa reacción.
—¿No estás molesta? —le pregunté, confundida.
—Para nada —respondió ella con calma—. Lo mío con Nicolás nunca fue nada. Pero verte así, tan feliz por él… me alegra muchísimo por los dos.
—Pero todavía no se lo he dicho a él —le confesé. —Siento que aún no es el momento. Cuando logre llevar mi vida por mi cuenta, cuando sea libre de verdad, se lo diré.
—¿Por qué esperar? —me preguntó Sofía.
—Por mi padre —le expliqué—. Él nunca permitiría que estuviera con un empleado de la empresa. Tengo que demostrarle que no necesito su permiso para ser feliz.
Por ese motivo decidí salir adelante por mi cuenta, triunfar sola, para poder tomar mis propias decisiones sin que nadie me impida ser feliz. Sofía me entendió perfectamente, y eso me dio mucha tranquilidad. Le comenté también que faltaba poco para que mi padre regresara a la ciudad, y si él se enteraba de lo nuestro, podría despedir a Nicolás sin dudarlo, e incluso hacerle la vida imposible.