El Arte De No Saber Irse A Tiempo

Naufragio

No supe cómo alejarme. Me quedé ahí, de pie, viendo cómo se rompía todo con la estupidez de quien cree que, si no parpadea, el tiempo se detiene. Siempre me dijeron que el amor entre dos hombres era una batalla, pero nadie me avisó que yo iba a ser el campo de guerra, la bandera blanca y las cenizas que tú barrerías por la mañana sin siquiera mirarme.

Te mentiría si dijera que no lo vi venir. Te vi, te puse nombre, te serví un whisky y hasta te hice un espacio en mi lado de la cama, sabiendo que eras el tipo de tormenta que no deja sobrevivientes. Sabía que eras veneno, pero tenía tanta sed de ti que me lo bebí de un trago, celebrando incluso el ardor en la garganta mientras me juraba que, si moría, al menos sería en tus brazos.

¿Por qué no me fui esa noche en la que el silencio pesaba más que nuestros cuerpos? Te recuerdo en la penumbra, con esa luz azul de la calle entrando por la ventana, dándote ese aspecto de santo caído que tanto me gustaba lamer. Me dijiste lo que eras, me advertiste que no sabías cuidar nada que estuviera vivo, y yo, en lugar de vestirme y salir corriendo, me pegué más a tu espalda. Quería ser la excepción a tu regla de escombros. Qué maldita arrogancia la mía.

Ese es mi arte, el único que domino: el arte de no saber irme a tiempo.

Me quedé porque me volví adicto a la forma en que tus manos me hacían sentir real y desechable al mismo tiempo. Me quedé porque prefería tus golpes psicológicos a la soledad de mi propia piel. Hay una soledad de hombre que solo se cura con otro hombre, incluso si ese otro hombre es el que te está destruyendo.

Si estás leyendo esto, no esperes que te culpe. Un incendio no pide perdón por quemar; la culpa es del idiota que decide mudarse al centro de la hoguera. Tú solo hiciste lo que sabes hacer: ser fugaz. Yo hice lo que mejor me sale: ser eterno en lugares donde ya no queda nada.

Mírame ahora. Tengo las manos vacías y el alma llena de ti, que es otra forma de decir que estoy lleno de nada. Empecemos por la primera cicatriz, esa que me hiciste sin siquiera tocarme, la noche que entendí que para ti yo solo era un refugio temporal y para mí, tú eras el destino final.

La primera vez que debí haberme ido no hubo gritos. No hubo platos rotos ni maletas en la puerta. Fue algo mucho más silencioso, casi elegante.

Estábamos en ese bar de techos bajos donde el humo se te pegaba a la ropa como un pecado barato. Me miraste por encima del vaso de cristal, con esos ojos que siempre parecían estar analizando mis puntos débiles para decidir por dónde empezar a demoler. Me dijiste, con una calma que me heló la sangre: —No te acostumbres a esto. Soy experto en arruinar las cosas hermosas porque me aburre la paz.

Cualquier hombre con un gramo de amor propio se habría levantado, habría pagado su cuenta y habría borrado tu número antes de llegar a la esquina. Pero yo no. Yo te miré y, en mi infinita estupidez, sentí un escalofrío que confundí con pasión. Mi mente, que ya estaba empezando a trabajar en mi contra, tradujo tu advertencia como un desafío. Pensé: "Él no ha conocido a alguien que lo quiera de verdad".

Me serviste más veneno y yo te sonreí, estirando la mano para rozar tus nudillos. Fue el pacto de mi propia ejecución.

Recuerdo que salimos al frío de la madrugada. Caminabas un paso por delante de mí, como si ya estuvieras ensayando cómo dejarme atrás. Te detuviste a encender un cigarrillo y el resplandor de la llama iluminó tu rostro por un segundo. Parecías un cuadro que no me pertenecía, una obra de arte que se disfruta sabiendo que mañana estará en otra galería, en otras manos.

¿En qué piensas? —me preguntaste sin mirarme. —En que tienes frío —mentí.

En realidad, pensaba en que ya te amaba de una forma que me iba a costar la vida. Pensaba en que esa distancia de un paso que mantenías era el preludio de los kilómetros de silencio que vendrían después. Pero me acerqué, te rodeé con mis brazos por la espalda y hundí mi cara en tu cuello. Olías a tabaco, a lluvia y a esa libertad peligrosa que solo tienen los que no planean quedarse.

Esa noche, cuando entramos a mi departamento, el aire ya se sentía distinto. Era como si el espacio se hubiera encogido, como si las paredes supieran que íbamos a llenarlas de recuerdos que después me daría asco mirar.

Hicimos el amor con una urgencia que hoy entiendo como despedida. Cada caricia tuya era un "lo siento" por lo que me ibas a hacer, y cada gemido mío era un "te perdono" por adelantado. Me clavaste las uñas en la espalda y yo te apreté más fuerte, creyendo que si te sujetaba los huesos, tu alma no podría escapar.

Al amanecer, te quedaste dormido con la mano sobre mi pecho. Tu peso me impedía respirar bien, pero no me moví. Prefería morir asfixiado por ti que respirar solo.

Ese fue mi primer error: confundir el peso de una cadena con el calor de un abrazo.

Han pasado tres meses desde que el eco de la puerta al cerrarse dejó de vibrar en las paredes, y sigo siendo un imbécil. No hay otra palabra.

Hoy me encontré a mí mismo de rodillas en el suelo de la cocina, intentando quitar una mancha de vino tinto que lleva ahí desde su última escena dramática. Lo hacía con un cepillo de dientes. Mi cepillo de dientes. Si alguien me viera desde fuera, pensaría que soy un hombre meticuloso, casi obsesivo. Pero no. La verdad es que si limpio la mancha, acepto que el desastre terminó. Y mientras la mancha siga ahí, una parte de mí puede seguir diciendo: "Mira, todavía queda algo de nosotros, aunque sea un rastro de uva fermentada en el azulejo".

Me levanté, me crujieron las rodillas y me miré en el reflejo de la puerta del horno. Qué estampa. Un hombre de treinta y tantos, con ojeras que parecen tatuajes y una camiseta que él dejó olvidada y que ahora uso como armadura contra el frío.

Me reí. Una risa seca, de esas que suenan a madera rota.

Es gracioso, de una forma retorcida, cómo nos convertimos en curadores de un museo de cosas que nos destruyen. He desarrollado un protocolo de supervivencia ridículo:




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