El Arte De No Saber Irse A Tiempo

Vals de sombras

Si el presente es un café frío y un departamento en silencio, el recuerdo de la primera vez que te vi es un tequila puro raspándome la garganta.

Fue en aquel bar donde el aire siempre parece estar a punto de incendiarse. Yo estaba sentado en la barra, intentando pasar desapercibido, siendo el hombre invisible que suele ser cuando no tiene a nadie a quien cuidar. Y entonces llegaste tú. No entraste, simplemente invadiste el espacio. Tenías esa seguridad insolente de quien sabe que el mundo le debe algo y que ha venido a cobrarlo.

Te sentaste a mi lado sin pedir permiso. Pediste un whisky doble y te quedaste mirando la hilera de botellas como si estuvieras buscando un reflejo que no te diera asco. No me miraste, pero sentí tu presencia como se siente una tormenta eléctrica antes de que caiga el primer rayo.

—Tienes cara de los que se quedan hasta que encienden las luces —dijiste, todavía sin mirarme. Tu voz era grave, áspera, con ese tono de quien ha gritado mucho o ha callado demasiado.

—Y tú tienes cara de ser la razón por la que las apagan —respondí, sorprendido por mi propia audacia.

Te reíste. Fue una risa corta, seca, que me golpeó justo en el centro del pecho. Te giraste y por primera vez tus ojos chocaron con los míos. Eran oscuros, inteligentes y peligrosamente honestos. En ese instante, mi instinto —esa vocecita que suelo ignorar por deporte— me gritó que me levantara y corriera. Me dijo que eras un tipo de incendio para el que no existen extintores.

Pero, como ya establecimos, el arte de no saber irse a tiempo fue lo primero que aprendí en esta vida.

—Me llamo... —empezaste a decir, pero me detuviste con un gesto de la mano—. No importa. Los nombres son para la gente que quiere que la encuentren. Yo solo estoy de paso.

—Todos estamos de paso —mentí, intentando sonar tan cínico como tú.

—No —dijiste, acercándote tanto que pude oler el bourbon y la promesa de un desastre—. Hay gente que nace para ser destino y otros que nacemos para ser el accidente en la carretera. La pregunta es: ¿qué tan buen conductor eres tú?

Esa noche no fuimos a mi casa ni a la tuya. Nos quedamos en ese bar hasta que, efectivamente, encendieron las luces y el lugar se volvió feo y ordinario. Caminamos por la ciudad vacía, dos hombres que no sabían nada el uno del otro pero que caminaban con el mismo ritmo, como si nuestros huesos hubieran estado esperando este encuentro para encajar.

Me contaste que coleccionabas encendedores que no funcionaban y que odiabas el olor de la lluvia porque te recordaba a cosas que habías perdido. Yo te conté que siempre dejaba una luz encendida en casa porque le tenía miedo al silencio.

Me detuviste bajo un semáforo en rojo. Me agarraste de la nuca con una mano que quemaba y me miraste con una intensidad que me hizo sentir desnudo en mitad de la calle. No me besaste. Solo te quedaste ahí, respirando mi aire, marcando tu territorio.

—Si me dejas entrar —susurraste contra mis labios—, no me pidas después que sepa cómo salir. No tengo mapa de regreso.

Y yo, en lugar de asustarme, en lugar de entender que me estabas entregando el contrato de mi propia ruina, te sonreí y te acerqué más a mí.

Ese fue el momento. El punto de no retorno. No fue el sexo, ni las palabras bonitas que vinieron después. Fue esa advertencia que decidí ignorar porque prefería un accidente contigo que un viaje seguro a cualquier otra parte.

Subimos a mi departamento en un silencio que se podía cortar con un cuchillo. En el ascensor, ni siquiera nos tocamos, pero el aire entre nosotros estaba tan cargado que me sorprendió que no saltaran chispas de los botones de metal. Yo miraba los números subir, sintiendo que cada piso que dejábamos atrás era un puente que yo mismo estaba dinamitando.

Al abrir la puerta, no hubo preámbulos. No hubo esa cortesía torpe de "¿quieres algo de tomar?" o "ponte cómodo". En cuanto la cerradura encajó, me empujaste contra la madera y me besaste como si estuvieras intentando robarme el aire que me quedaba para sobrevivir.

Tus manos no eran delicadas; eran urgentes, casi violentas en su necesidad de reconocer mi cuerpo. Me quitaste la camisa con una torpeza desesperada que me hizo sentir, por primera vez en años, que alguien me deseaba no por quien era, sino por lo que podía provocarle. Y yo te correspondí con la misma hambre, enterrando mis dedos en tu espalda, tratando de encontrar el lugar exacto donde se escondía toda esa oscuridad que habías presumido en el bar.

Cuando caímos en la cama, la luz de la calle se filtraba por las persianas, dibujando rayas de tigre sobre tu piel. Te detuviste un segundo, solo uno, para mirarme desde arriba. Tenías esa expresión que después conocería tan bien: una mezcla de triunfo y tristeza, como si estuvieras pidiéndome perdón por lo que ibas a hacerme sentir.

—Todavía puedes decir que no —dijiste, con la voz rota.

—Cállate y hazlo —te respondí, porque en ese momento, morir en tus manos me parecía un plan mucho más emocionante que seguir viviendo sin conocerlas.

Hacer el amor contigo no fue como lo que había leído en los libros. No hubo ángeles ni música. Fue algo terrenal, sudoroso y crudo. Fue una lucha de poder en la que ambos queríamos rendirnos pero ninguno sabía cómo bajar las armas. Cada vez que tu piel rozaba la mía, sentía que estaba firmando un cheque en blanco que mi corazón no iba a poder pagar.

Recuerdo la sensación de tus dientes en mi hombro, dejando una marca que tardaría días en borrarse pero que yo desearía que fuera permanente. En ese momento, en la penumbra de mi habitación que aún olía a mi vida de soltero, entendí que te estaba entregando las llaves de todos mis sótanos.

Después, mientras el sudor se nos enfriaba en el cuerpo, te quedaste tumbado de espaldas, mirando el techo con un cigarrillo apagado entre los dedos. Yo me apoyé en el codo para observarte. Parecías tan vulnerable y tan peligroso al mismo tiempo que sentí miedo. No miedo de ti, sino miedo de lo que yo era capaz de perdonarte con tal de volver a tenerte así de cerca.




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