El silencio que dejó su partida no era el silencio de la paz, era el silencio de una zona de desastre después de que la tormenta ha pasado. Me quedé ahí, sentado en la cocina, con el sabor de su despedida todavía pegado al paladar, cuando el teléfono —ese pequeño traidor de vidrio— volvió a vibrar sobre la mesa.
Mi corazón dio un vuelco idiota, esperando que fuera él diciendo que se había arrepentido, que volvía para quedarse. Pero no.
En la pantalla apareció un nombre que no quemaba: Julián.
«Hola. He visto este café cerca de tu casa y me he acordado de que me debes un libro. ¿Estás para un rescate o prefieres seguir escondido?»
Solté un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Julián era todo lo que él no era. Julián olía a ropa limpia y a estabilidad; era el hombre que conocí hace dos meses en una librería, cuando el vacío de la ausencia de "el otro" era tan grande que necesitaba llenarlo con palabras ajenas. Julián me había mirado sin juzgar mis ojeras, me había hecho reír sin necesidad de herirme y me había ofrecido una amistad que yo, en mi adicción al caos, sentía casi aburrida.
Miré el mensaje. Julián era el "deber ser". Era la salida de emergencia que yo mismo había bloqueado con escombros.
Me sentí sucio. Me sentí como un impostor que acababa de salir de la cama de un fantasma para intentar hablar con un hombre vivo. ¿Cómo le explicas a alguien que es luz que tú prefieres vivir a oscuras? ¿Cómo le dices que mientras él me ofrece un café, yo acabo de beberme un veneno que ya conozco de memoria?
Le contesté con los dedos torpes, sintiendo que cada letra era una mentira: «Hola. Un rescate suena bien. Dame veinte minutos para recordarme cómo se camina por la calle».
Me metí a la ducha. Abrí el agua fría, queriendo que el chorro me arrancara el rastro de sus manos, el olor de su cuello, la humedad de su boca. Quería borrar el vals de las sombras con un golpe de realidad. Me vestí con prisa, eligiendo una camisa que él nunca hubiera aprobado, como un pequeño acto de rebelión que sabía a derrota.
Al salir del edificio, el sol me golpeó en la cara. La ciudad seguía ahí, ruidosa y ajena a mi drama interno. Caminé hacia el café de la esquina, sintiéndome como un sobreviviente que regresa a la civilización con las manos todavía manchadas de pólvora.
Allí estaba él. Julián estaba sentado junto a la ventana, con un libro en la mano y esa sonrisa tranquila que siempre lograba, por un segundo, hacerme creer que yo también podía ser alguien normal. Me vio y levantó la mano.
—Llegas tarde —dijo con humor, señalando su taza vacía—. Empezaba a pensar que te habías quedado atrapado en uno de tus silencios.
—Perdona —respondí, sentándome frente a él—. Me costó encontrar las llaves de la realidad.
Él me miró fijamente. Julián tenía esa capacidad de ver a través de la piel, y por un momento temí que pudiera oler el humo del incendio que yo traía encima. Se inclinó hacia adelante y me puso una mano sobre la mesa, sin apretar, solo estando ahí.
—Tienes cara de haber visto a un muerto —susurró, y su voz no tenía el veneno del otro, sino una preocupación que me dio ganas de llorar.
Me quedé mirándolo. Julián era el puerto seguro, la costa firme, el libro que se lee bajo una lámpara cálida. Pero mientras él me hablaba de su día, de su trabajo, de cosas que importaban, yo sentía un vacío punzante. Porque en la calma de Julián yo me sentía un intruso, y en el caos del otro, yo me sentía en casa.
Hay personas que son medicina, pero cuando te has acostumbrado a vivir de veneno, la cura se siente como una nueva forma de morir.
Julián movió su cuchara de forma rítmica contra la porcelana. El sonido, metálico y constante, era un segundero que marcaba mi ansiedad. Él no era tonto. No puedes ser alguien que lee tantas vidas en los libros y no saber reconocer a un hombre que acaba de ser arrollado por un recuerdo.
—¿Volvió, verdad? —soltó de pronto.
La pregunta cayó sobre la mesa como una granada de mano. Me quedé con la taza a medio camino, sintiendo cómo el vapor del café me empañaba los ojos. Quise mentir. Quise soltar una carcajada cínica y decirle que no sabía de qué hablaba, pero Julián me miraba con una transparencia que hacía que mis mentiras se sintieran pesadas, sucias.
—No sé de quién me hablas —dije, aunque mi voz me traicionó con un leve temblor.
—Hablo del dueño de esa mirada que traes puesta —replicó él, sin apartar los ojos de los míos—. Hablo del hombre que te deja marcas en el alma que yo intento tapar con conversaciones bonitas. Lo huelo en ti. No es perfume, es esa estática de haber estado cerca de un transformador que está a punto de explotar.
Bajé la taza. El café ya no sabía a nada.
—Solo fue un momento, Julián. Una despedida que se alargó más de la cuenta.
—Las despedidas que se alargan no son despedidas, son recaídas —sentenció él, y su tono no era de reproche, sino de una tristeza profunda que me dolió más que un insulto—. Te estás haciendo esto a propósito. Te quedas en la orilla esperando a que el tiburón vuelva a morderte solo porque te gusta la sensación de estar vivo mientras sangras.
Me dolió porque era verdad. Me dolió porque Julián estaba poniendo palabras a mi patología con la precisión de un cirujano. Me dolió que él, que solo quería ofrecerme un domingo tranquilo, tuviera que ser el testigo de mi autodestrucción.
—¿Por qué me aguantas? —le pregunté, buscando desesperadamente cambiar el foco—. ¿Por qué sigues aquí, invitándome a cafés, sabiendo que mi cabeza está en otra parte?
Julián sonrió con una amargura que nunca le había visto. Estiró la mano y, por un segundo, me rozó los nudillos. Su piel era suave, real, carente de esa urgencia eléctrica que me quemaba con el otro.
—Porque todos tenemos nuestro propio vals de sombras, supongo. El mío es creer que puedo convencer a un hombre de que merece ser amado sin ser destruido. Pero empiezo a pensar que tú no buscas un amor, buscas un castigo.
#1229 en Novela contemporánea
#554 en Joven Adulto
novela corta historia conmovedora, autoestima superación intriga, autoayuda y superación personal
Editado: 03.02.2026