El Arte De No Saber Irse A Tiempo

Sedimento del alma

Tres días después del golpe, el pómulo ha pasado del violeta al amarillo, ese color de las flores marchitas que intentas ocultar con una luz tenue y un poco de hielo. Él se ha portado "increíble". Ha traído flores, ha limpiado la casa, ha llorado en mis pies jurando que el alcohol es su único enemigo, no yo. Y yo, como el perro que agradece que dejen de patearlo, le he sonreído.

Pero hoy tenía una cita con Julián.

Me puse gafas de sol, aunque el cielo estaba nublado. Me miré al espejo y vi la anatomía de mi derrota. Mi cuerpo es un archivo de su ira: la marca en el hombro, el dedo cortado, y ahora esta sombra en la cara. Me puse una bufanda para tapar el cuello, no por el frío, sino porque su olor se me había quedado pegado a la piel como una quemadura química.

Julián me esperaba en un parque. El aire era limpio, insultantemente puro. Cuando me vio llegar con las gafas oscuras, su sonrisa se congeló.

—Hace un día gris para llevar gafas, ¿no crees? —dijo, intentando mantener el tono ligero, pero sus ojos ya estaban escaneando mi rigidez.

—Me levanté con migraña —mentí. La palabra "mentira" ya no me sabe a nada, es mi segundo idioma.

Caminamos. Julián intentó tomarme de la mano, un gesto sencillo, humano, tierno. Pero en cuanto sus dedos rozaron los míos, mi cuerpo dio un respingo eléctrico. Me aparté como si me hubiera quemado. No fue voluntad, fue un acto reflejo. Mi sistema nervioso se ha vuelto un radar que solo detecta amenazas, y la ternura de Julián, por extraña que parezca, se siente como una emboscada.

—¿Qué te pasa? —se detuvo y me miró de frente—. Estás vibrando, y no es de emoción. Estás asustado.

—No es nada, de verdad. Solo estoy cansado.

Julián, sin pedir permiso, estiró la mano y me quitó las gafas. El mundo se volvió demasiado brillante de repente. El aire frío golpeó mi pómulo hinchado. Vi cómo su rostro se transformaba: del desconcierto a la comprensión, y de la comprensión a una furia fría y silenciosa que me dio más miedo que los gritos de mi casa.

—Dime que te caíste —susurró, y su voz era un ruego—. Dime cualquier mentira estúpida que me permita seguir creyendo que no eres un rehén.

Me quedé callado. La verdad es que no tenía una mentira lo suficientemente grande para cubrir ese moratón. Me tapé la cara con las manos, y por primera vez, sentí el asco de Julián hacia mi situación, no hacia mí.

—Fue un accidente —logré decir.

—Un accidente es algo que pasa una vez. Lo tuyo es un presupuesto de guerra —Julián dio un paso hacia mí, pero esta vez no intentó tocarme. Sabía que su contacto me hería—. ¿Entiendes que mientras tú intentas "entenderlo" a él, te estás borrando a ti mismo? Ese hombre no te ama, te usa como el lienzo donde pinta su propio odio.

—Tú no lo entiendes, Julián. Él me necesita. Anoche me pidió perdón de rodillas, él...

—El perdón de un agresor es solo la anestesia para la siguiente herida —me interrumpió—. Me das pena. Y me duele que me des pena, porque yo quería darte otra cosa.

Julián se dio la vuelta y se fue. No hubo un "llámame si necesitas algo". No esta vez. Me dejó solo en mitad del parque, con mi pómulo amarillo expuesto al mundo y mi bufanda oliendo a ginebra y culpa.

Regresé a casa. Al entrar, escuché el sonido de una lata abriéndose en la cocina. El corazón se me puso en la garganta. El ciclo volvía a empezar. Me senté en el borde de la cama y me toqué la cicatriz del dedo. Julián tenía razón: mi cuerpo ya no era mío. Era un mapa de las ausencias de mi dignidad.

Lo más triste de intentar ser salvado es darte cuenta de que le tienes más miedo a la paz de quien te quiere bien, que a la guerra de quien te rompe siempre de la misma forma.

Después de aquella noche de los platos rotos, aprendí a leer el mundo a través de tus pies. No necesitaba mirarte a la cara para saber si el departamento sería un refugio o una cámara de gas; me bastaba con escuchar el ritmo de tus pasos al entrar por el pasillo.

Había un paso seco, militar, que significaba que venías buscando una pelea para soltar la frustración del trabajo. Había un paso arrastrado, pesado, que olía a bar y a una melancolía que me obligaría a pasarme la noche consolándote mientras tú me insultabas a medias.

Me volví un experto en la geografía de mi propia casa. Sabía qué baldosas crujían y cuáles no, para poder moverme como un fantasma cuando tú dormías tu borrachera. Sabía qué palabras encendían tu mecha y cuáles eran arena húmeda para tus incendios.

—¿Por qué estás tan callado? —me preguntaste una tarde, mientras yo intentaba leer un libro en el sofá.

—Solo estoy disfrutando del silencio —respondí, sin despegar la vista de las páginas, aunque llevaba veinte minutos leyendo la misma frase.

—El silencio es una forma de desprecio —dijiste, arrebatándome el libro de las manos—. Me castigas con tu silencio porque te crees más civilizado que yo. Porque tú no gritas, tú solo... observas.

Me agarraste del mentón, obligándome a mirarte. Tus dedos apretaron con una fuerza innecesaria, dejando una marca roja que tardaría horas en desaparecer. No me pegaste, pero el miedo que sentí en ese momento fue más físico que un golpe. Fue la comprensión de que mi mente ya no me pertenecía; estaba secuestrada por la necesidad de predecir tu siguiente movimiento.

—No te creo —susurraste, acercando tu cara a la mía—. Debajo de esa calma hay un asco tremendo hacia mí. Y eso es lo que más me duele: que me dejes quedarme aquí solo porque te gusta sentir que eres mi única salvación.

Me soltaste con un desprecio que me dejó sin aire. Te fuiste a la cocina y escuché el hielo chocar contra el cristal. Yo me quedé ahí, con la mandíbula latiendo, dándome cuenta de que tenías razón en algo: me estaba volviendo adicto a mi propia santidad. Me gustaba ser el que aguantaba, el que perdonaba, el que siempre estaba allí con el vendaje listo.

Empecé a notar que mi cuerpo cambiaba. Mis hombros siempre estaban subidos, como si esperaran un impacto. Mi estómago era un nudo permanente. Dejé de llamar a mis amigos, dejé de ir a visitar a mi madre. No quería que nadie viera la "anatomía" de mi nueva vida. No quería que nadie viera cómo mi piel se estaba convirtiendo en un pergamino donde tú escribías tu historia de fracasos.




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