El Arte De Romper Tu Corazón

Cap 1 El fantasma que aprendió a sonreír.

Para Liam, el ruido del instituto era una tortura constante. El eco de las risas en los pasillos, el azotar de los casilleros y los pasos apresurados se mezclaban con el zumbido de sus propios pensamientos. Llevaba puesto el suéter escolar tres tallas más grande, con las mangas estiradas hasta los nudillos. Hacía calor, pero no podía permitirse el lujo de refrescarse. Un descuido y cualquiera vería las marcas moradas que su padre le había dejado en los brazos la noche anterior por no haber obtenido una nota perfecta en el simulacro universitario.

Liam no quería estar ahí. No quería estar en ningún lado. Su mente solo funcionaba en reversa, contando los días, las horas y los minutos que le faltaban para cumplir los dieciocho años. Su único plan de vida era meter un par de mudas de ropa en una mochila, subirse al primer autobús que saliera de la ciudad y desaparecer para siempre.

Morir en vida o huir lejos; para él, eran casi la misma cosa.

Caminó con la cabeza baja hacia el salón de clases, arrastrando los pies, rogándole al universo pasar desapercibido un día más. Se sentó en el último pupitre, al fondo, donde las sombras de la esquina casi lograban camuflarlo con la pared.

Entonces, la puerta del aula se abrió de golpe.

—Alumnos, presten atención —dijo el profesor, golpeando el escritorio con un borrador—. Hoy se incorpora una nueva compañera. Ella es Adeline. Viene de la capital. Espero que la hagan sentir bienvenida.

Liam ni siquiera levantó la vista del cuaderno donde garabateaba líneas sin sentido. Las presentaciones de alumnos nuevos no le incumbían. Pero el salón entero se quedó en un silencio sepulcral, seguido de murmullos apresurados.

—¿Viste su ropa? Es de marca.

—Dicen que su familia tiene muchísimo dinero, que compraron una de las mansiones de la colina.

—¿Por qué se mudaría alguien así a este pueblo horrible?

Ajena a los murmullos, Adeline entró al salón. Su sola presencia parecía desafiar la gravedad del lugar. Tenía unos auriculares amarillos colgados al cuello, una mochila negra repleta de pines brillantes y una sonrisa tan radiante que parecía absurda en un día tan gris.

Adeline paseó la mirada por el aula. Pasó de largo por los asientos de adelante. Ignoró a los chicos populares que ya le hacían señas para que se sentara con ellos. Su mirada recorrió fila por fila hasta que, finalmente, sus ojos se posaron en la esquina del fondo.

En Liam.

En ese instante, la sonrisa de Adeline flaqueó por una milésima de segundo. Sus ojos se abrieron de par en par y un brillo doloroso, casi desesperado, cruzó sus pupilas. Presionó las correas de su mochila con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Le faltó el aire. Verlo ahí, respirando, con el cabello alborotado y la mirada apagada, fue un impacto que casi la hace caer de rodillas.

«Estás vivo», pensó Adeline, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. «Estás aquí. No eres un recuerdo de una camilla fría. No eres la peor de mis pesadillas».

Haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se le quebrara la voz, Adeline parpadeó para contener las lágrimas que amenazaban con salir. Respiró hondo, se tragó el dolor del futuro que solo ella recordaba y volvió a forzar su sonrisa más brillante. Caminó con paso firme hacia el fondo del salón, haciendo sonar sus botas contra el suelo.

—¡Hola! —dijo con entusiasmo, dejando caer su mochila en el banco contiguo al de Liam—. Me encanta el rincón. ¿Te importa si me quedo aquí.

Liam levantó la vista lentamente, parpadeando con sorpresa. Nadie se sentaba con él por voluntad propia. Miró a la chica rica y alegre con desconfianza, encogiéndose un poco más en su asiento.

—Está vacío —respondió él con un hilo de voz, volviendo a mirar su cuaderno.

—¡Perfecto! Soy Adeline —añadió ella, sentándose de golpe y apoyando la barbilla en sus manos, observándolo sin disimulo.

Liam no dijo nada más. Se limitó a ignorarla, esperando que se aburriera de su actitud sombría y pidiera un cambio de asiento al día siguiente. No entendía por qué una chica que parecía tenerlo todo querría estar cerca de alguien que no tenía nada.

Al final de las clases, el verdadero infierno de Liam comenzó. Mientras caminaba por los pasillos traseros del instituto para evitar la salida principal, tres chicos le cerraron el paso. Eran los de siempre. Los que se alimentaban de su silencio.

—Vaya, miren quién está aquí. El cerebrito de la clase —se burló el más alto, empujando a Liam contra los casilleros de metal. El impacto hizo que la espalda de Liam crujiera, reabriendo el dolor de los golpes que su padre le había dado la noche anterior. Liam ahogó un gemido y cerró los ojos, apretando los puños dentro de sus mangas. No se defendió. Nunca lo hacía. Solo esperaba que terminara rápido.

—¿Qué pasa, no hablas? ¿O es que necesitas que te acomodemos los dientes para que saludes? —dijo otro, levantando el puño.

Liam esperó el impacto. Se preparó mentalmente para el dolor. Pero el golpe nunca llegó.

Un carraspeo fuerte y ruidoso interrumpió la escena

—Saben, en mi antigua escuela, los chicos que molestaban a otros tenían nombres artísticos. Les decíamos "los acomplejados" —la voz de Adeline resonó con una calma alarmante.

Los tres matones se dieron la vuelta, furiosos, pero se detuvieron al verla. Adeline caminaba hacia ellos con las manos en los bolsillos de su chaqueta costosa. Tenía una sonrisa en el rostro, pero sus ojos estaban completamente fríos, inyectados de una furia protectora que los desconcertó.

—No te metas, niña rica. Esto no es contigo —advirtió el líder.

Adeline se interpuso físicamente entre ellos y Liam, usándose a sí misma como un escudo. Miró al líder directamente a los ojos, sin un ápice de miedo.

—Ah, pero sí es conmigo. Verán, soy nueva y me aburro rápido. Y tengo suficiente dinero e influencia familiar en el consejo escolar como para hacer que los expulsen a los tres antes de que termine el almuerzo de mañana si vuelven a respirar cerca de él. ¿Quieren apostar? —su tono era dulce, pero la amenaza implícita fue tan afilada que los chicos dieron un paso atrás.




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