El Arte De Romper Tu Corazón

Capítulo 2: El arte de cuidar un cristal roto.

La mañana siguiente al incidente del pasillo, el ambiente en el instituto se sentía el doble de pesado para Liam. Aunque Adeline había ahuyentado a los matones, eso no borraba la realidad. Al contrario, lo hacía sentir expuesto. Liam odiaba llamar la atención, y tener a la chica nueva y millonaria actuando como su guardaespaldas solo ponía más ojos sobre él.

Cuando sonó el timbre para entrar a la clase de matemáticas avanzadas, Liam entró al aula con paso rápido, ignorando olímpicamente a Adeline, que ya estaba sentada en el banco del fondo esperándolo con una gran sonrisa y una caja de donas. Ella levantó la mano para saludarlo con entusiasmo, pero él pasó de largo con la mirada fija en el suelo, se sentó rígidamente en su lugar y sacó sus libros sin dirigirle una sola palabra, ni siquiera un «gracias» por lo del día anterior.

A Adeline se le borró la sonrisa por un segundo, sintiendo una punzada de rechazo en el pecho, pero rápidamente la recuperó. Entendía a Liam. El Liam del futuro le había confesado lo mucho que le avergonzaba que otros vieran su vulnerabilidad. Así que ella decidió respetar su silencio exterior, aunque por dentro se estuviera muriendo de la angustia.

El verdadero problema comenzó a mitad de la clase. El profesor de matemáticas, un hombre mayor y estricto, golpeó el pizarrón con el borrador, mirando directamente hacia el fondo.

—Señor Miller —dijo con voz severa, llamando la atención de todo el salón—. Pase al frente a resolver la ecuación diferencial. Y espero que esta vez muestre un desarrollo impecable. El director me ha recordado que usted es nuestra mayor apuesta para el examen nacional de becas del próximo mes. No podemos permitirnos que baje su rendimiento ni un solo decimal.

Liam sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se puso de pie con las piernas temblando. La presión no solo venía de su casa; los profesores también lo asfixiaban. Para ellos, Liam no era un adolescente; era un número, un trofeo de excelencia para el prestigio de la escuela.

Al levantarse, el suéter se le enganchó ligeramente con la esquina de la mesa, tirando de la tela hacia arriba. Fue solo un segundo, pero Adeline, que no le quitaba los ojos de encima, lo vio perfectamente: en la base de la muñeca de Liam, saliendo por debajo de la manga, había una marca lineal y rojiza. La huella fresca de un cinturón.

A Adeline se le congeló la sangre. Una oleada de rabia, impotencia y puro dolor la golpeó en el estómago. «Su padre otra vez», pensó, apretando los puños debajo de la mesa hasta que las uñas le lastimaron las palmas. Ella ya sabía todo. Recordaba perfectamente la noche en el futuro en que Liam, ebrio de dolor y llorando en sus brazos, le confesó las brutales golpizas que recibía cada vez que la presión escolar lo superaba.

Liam caminó hacia el pizarrón. Su mano temblaba tanto que la tiza se le rompió dos veces mientras escribía la respuesta exacta. Al terminar, el profesor ni siquiera le dio las gracias; solo asintió con frialdad.

—Correcto. Pero tardó tres segundos más de lo habitual, Miller. Concéntrese. El fracaso no es una opción para alguien como usted.

Cuando Liam regresó al asiento del fondo, estaba pálido y con la respiración entrecortada. Se dejó caer en la silla, apoyó los codos en el pupitre y escondió el rostro entre las manos, exhausto por la presión que lo aplastaba desde todos los flancos.

Al verlo tan indefenso, el instinto de Adeline tomó el control. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo. Estiró la mano, desesperada por acunar su rostro, por tomar sus manos heridas, por rodearlo con sus brazos en un abrazo tan fuerte que pudiera absorber todo su dolor. Quería pegarlo a su pecho, acariciarle el cabello y susurrarle al oído: «Ya estoy aquí, mi amor. Ya no estás solo. No dejes que te maten».

Pero justo cuando sus dedos estaban a milímetros de tocar el hombro de Liam, Adeline se detuvo en seco. El aire se le congeló en los pulmones. Tuvo que morderse el labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre. Se obligó a retroceder, cerrando su mano en un puño y escondiéndola en su regazo.

«No puedo», se repitió a sí misma en un grito mental y desesperado. «Si lo toco ahora, si lo obligo a enfrentarse a lo que oculta, se va a cerrar más. Me va a alejar. Y no puedo permitirme el lujo de que me aleje».

Adeline respiró hondo, tragándose las lágrimas de impotencia, obligando a sus ojos a brillar con esa alegría artificial que usaba como armadura.

—Oye, genio —dijo Adeline en un susurro juguetón, rompiendo el tenso silencio mientras le deslizaba una nota por el banco—. Ese profesor tiene cara de que solo desayuna limones. No le hagas caso. Tu ecuación estuvo perfecta.

Liam no levantó la vista de sus manos, pero sus ojos se desviaron hacia la nota.

No respondió, ni le sonrió, manteniendo su muralla de hielo intacta. Él jamás preguntaría por qué una chica como ella se empeñaba en quedarse en su rincón oscuro. Y ella jamás le diría la verdad…

Mientras el profesor seguía hablando, Adeline miró el perfil de Liam de reojo. Sus pensamientos se volvieron oscuros y decididos.

«Debo cuidarlo», se juró a sí misma, sintiendo el peso del trágico futuro quemándole la memoria. «Tengo que ser tu escudo, Liam. Aunque me ignores, aunque me odies por metiche. Quiero meterte en una burbuja donde tus padres no puedan tocarte, donde este maldito colegio no te exija nada y donde los idiotas de los pasillos no existan. Es mi deber asegurarme de que nadie te rompa. No voy a permitir que este lugar te destruya... otra vez».

Adeline miró hacia la ventana del salón, conteniendo el temblor de sus manos. Sabía que estaba jugando una carrera contrarreloj contra el destino y la muerte, y estaba dispuesta a romper su propio corazón en mil pedazos con tal de salvar el de él.




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