Para Liam, los días se habían convertido en una prueba de resistencia. Después del incidente en la clase de matemáticas, la presión no disminuyó. Los profesores seguían amontonando exámenes sobre su mesa y las miradas hostiles de los pasillos no cesaban. Liam mantenía su distancia con Adeline. Le aterraba que el brillo de la chica nueva terminara por alumbrar las sombras que él tanto se esforzaba por esconder. Por eso, la ignoraba cada mañana. Fingía no ver los pequeños detalles que ella dejaba en su banco y evitaba a toda costa sostenerle la mirada.
El viernes por la tarde, el invierno pareció adelantarse en los pasillos traseros del instituto. Liam caminaba a toda prisa hacia la salida, con los ojos fijos en el suelo, deseando llegar a casa antes de que sus padres comenzaran a reclamar por el horario.
No lo logró.
Tres figuras le cortaron el paso en el callejón lateral que daba a las canchas abandonadas. Eran los mismos chicos de la semana pasada, pero esta vez no venían a hablar. Venían heridos en su orgullo por la humillación que una chica rica les había hecho pasar.
—¿Dónde está tu guardaespaldas hoy, Miller? —se burló el líder, empujándolo con fuerza contra la pared de ladrillos.
El impacto fue seco. Liam soltó un quejido cuando su espalda chocó contra el muro, reavivando el dolor de los golpes que su padre le infligía por las noches. Antes de que pudiera recuperar el aire, un puñetazo directo al estómago lo obligó a doblarse a la mitad. Cayó de rodillas sobre el cemento frío. Un segundo golpe, esta vez una patada en las costillas, lo hizo perder el equilibrio por completo. Liam cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes para no gritar, asumiendo su castigo como siempre lo hacía.
—¡Déjenlo en paz! —el grito rasgó el aire del callejón.
Adeline apareció corriendo. No traía su habitual sonrisa. Sus ojos reflejaban un pánico puro, una desesperación absoluta que iba mucho más allá de ver a un compañero de clase en problemas. Era el miedo de quien ya ha visto ese cuerpo caer una vez y se niega a permitirlo de nuevo.
Sin medir las consecuencias, Adeline se arrojó al suelo, cubriendo el cuerpo de Liam con el suyo. Una de las patadas dirigidas a Liam impactó directamente en el hombro de ella. Adeline ahogó un grito de dolor, pero no se movió. Se aferró a la chaqueta de Liam, usándose a sí misma como un escudo humano.
—¡Lárguense! ¡Lárguense o juro por mi vida que sus familias no tendrán dónde esconderse en esta ciudad! —bramó ella con una voz ronca, rota por el llanto y la furia.
El peso del apellido de Adeline y la locura de verla dispuesta a recibir los golpes por él hicieron que los agresores retrocedieran. Se miraron entre sí, asustados por la gravedad de la situación, y salieron corriendo del callejón maldiciendo entre dientes.
El silencio volvió, denso y doloroso. Adeline, temblando por la adrenalina y el dolor del golpe en su hombro, se incorporó lentamente. Miró a Liam, que seguía en el suelo, respirando con dificultad. La necesidad de abrazarlo, de limpiar la sangre de su labio y llorar sobre su pecho era un fuego que la quemaba por dentro. Quería gritarle cuánto le dolía verlo así, cuánto sufría ella cada vez que una sola mano se posaba sobre él.
Pero Liam, con el rostro pálido y la mirada inyectada en confusión y vergüenza, la empujó suavemente para apartarla. Se puso de pie como pudo, tambaleándose, apoyándose en la pared de ladrillos. Su orgullo estaba destrozado. No entendía por qué ella se dejaba golpear por alguien como él. Limpió la sangre de su boca con la manga del suéter, la miró por un segundo con unos ojos llenos de hielo y desconfianza, y simplemente se dio la vuelta.
Se marchó caminando rápido, dejándola sola en el callejón. Ni una palabra. Ni un "gracias". Nada.
Adeline se quedó de rodillas en el suelo frío, mirando el espacio vacío que él había dejado. Una lágrima pesada y solitaria resbaló por su mejilla, seguida de un sollozo que se tragó el viento. El hombro le dolía, pero el alma le dolía el doble.
«Me duele tanto que no me hables», pensó Adeline, abrazándose a sí misma mientras la lluvia comenzaba a caer. «Me duele recibir tus silencios cuando crucé el maldito tiempo solo para que respires. No me importa el golpe en el hombro, Liam. Me importa que prefieras sangrar a solas antes de dejarme entrar. Pero no me voy a rendir. Aunque no me des las gracias, aunque me odies por verte caer, voy a seguir aquí. No voy a dejar que te rompas otra vez».
La mañana del lunes llegó con una neblina densa. Liam entró al salón de clases con la cabeza baja, como siempre. Su labio inferior lucía una pequeña cicatriz y se movía con cierta rigidez debido al dolor de las costillas. Adeline ya estaba en su asiento, con el hombro vendado oculto bajo una chaqueta costosa, forzando su habitual y ruidosa alegría mientras hablaba con un profesor que pasaba por ahí.
Liam caminó hacia el fondo. Se detuvo frente al banco de Adeline. Ella levantó la vista, preparándose para el habitual hielo de su mirada, pero esta vez fue diferente.
Liam metió la mano en el bolsillo de su pantalón gastado. Sacó un pequeño caramelo de menta, de esos que vendían sueltos por unas pocas monedas en la tienda de la esquina; el más barato que existía. Lo dejó caer con cuidado sobre el cuaderno de Adeline.
No la miró a los ojos. Mantuvo la vista fija en la madera del pupitre, pero Adeline pudo ver cómo sus orejas se teñían de un leve color rojo.
—Gracias... —susurró Liam. Fue un hilo de voz, casi inaudible, una palabra mudó que pareció costarle un esfuerzo monumental.
Acto seguido, Liam se sentó rápidamente en su lugar y abrió su libro de historia, sumergiéndose de nuevo en su propio mundo.
Adeline miró el pequeño caramelo barato sobre su cuaderno. Sus dedos temblaron ligeramente al tomarlo. Para cualquiera, no era nada; para ella, que venía de un futuro donde lo había perdido todo, ese caramelo valía más que toda la fortuna de su familia. Era la primera grieta en la muralla de Liam. Una sonrisa real, pequeña y oculta, apareció en el rostro de Adeline mientras guardaba el dulce como si fuera el tesoro más preciado del mundo. La carrera contra el tiempo seguía, pero por primera vez, Liam había hablado.
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viaje en el tiempo, dolor del pasado y un nuevo comienzo, romame
Editado: 10.08.2026