El Arte De Romper Tu Corazón

Capítulo 4: El eco de un palacio vacío.

El pequeño caramelo barato de menta seguía en el bolsillo de la chaqueta de Adeline, guardado como si fuera una joya. Aunque Liam continuaba siendo callado y distante, la barrera entre los dos ya no se sentía de piedra, sino de cristal.

El jueves por la tarde, una tormenta repentina oscureció el cielo justo a la hora de la salida. Los estudiantes corrían hacia los autobuses mientras el viento azotaba los árboles. Liam se quedó parado bajo el techo de la entrada, mirando la lluvia con frustración. Volver a casa temprano significaba encerrarse con sus padres; volver tarde y empapado significaba una paliza segura por descuidar su salud antes de los exámenes.

—¡Cuidado con el agua, genio! —la voz de Adeline rompió sus pensamientos.

Apareció a su lado con un enorme paraguas amarillo y su sonrisa inquebrantable. Antes de que Liam pudiera dar un paso atrás, ella le tendió una carpeta de cuero de la escuela.

—Necesito un favor enorme y no acepto un no por respuesta —dijo Adeline, inflando los cachetes de forma exagerada—. El profesor de literatura me dejó un trabajo especial de análisis y, sinceramente, si lo hago sola voy a reprobar. Mi tutor no estará en casa y me da miedo la tormenta. Si me acompañas a mi casa a terminarlo, te prometo que mi chofer te dejará en la puerta de la tuya antes de que anochezca. Por favor, ¿sí?

Liam miró la carpeta y luego la tormenta. La excusa de Adeline era un poco torpe, pero la perspectiva de pasar la tarde en un lugar seco y regresar a casa en un auto privado —lo que evitaría que sus padres sospecharan— era demasiado tentadora.

—Está bien —susurró Liam, subiéndose las mangas del suéter—. Pero solo hasta que termine la lluvia.

Caminaron juntos bajo el paraguas amarillo hasta el auto de lujo que los esperaba. Quince minutos después, el vehículo cruzaba las grandes rejas de hierro de una de las mansiones más imponentes de la colina. Al bajarse, Liam se quedó maravillado por la arquitectura, pero al cruzar la puerta principal, una sensación extraña lo recorrió por completo.

La casa era gigantesca, hermosa... y estaba muerta.

No había criados corriendo de un lado a otro. No había un ama de llaves recibiéndolos. El gran recibidor de mármol resonaba con el eco de sus propios pasos. Mientras Adeline iba a la cocina a buscar algo de tomar, Liam caminó lentamente por el pasillo principal. Observó las repisas y las paredes. No había retratos familiares. No había fotos de Adeline de niña, ni recuerdos de vacaciones, ni cuadros que sugirieran la presencia de unos padres. Las enormes habitaciones parecían las de un hotel de lujo recién inaugurado: impecables, caras y completamente vacías.

Cuando Adeline regresó con dos tazas de chocolate caliente y un tazón de palomitas, encontró a Liam mirando una pared desnuda.

—Es una casa muy grande... para estar tan sola —comentó Liam con suavidad, con una perspicacia que a Adeline le dio un vuelco en el corazón.

—Me gusta el espacio —respondió ella rápidamente, forzando una risa ruidosa para desviar el tema—. Mis padres siempre están viajando por negocios en el extranjero. Casi nunca están. ¡Pero mira! Traje chocolate. Olvida la literatura por un rato, la tormenta está muy fuerte. ¿Vemos una película?

Liam la miró con desconfianza, sabiendo perfectamente que el trabajo escolar había sido solo un pretexto, pero no protestó. Se sentaron en el enorme sofá de la sala multimedia. Adeline encendió la pantalla y eligió una película clásica que sabía, por el futuro, que a Liam le encantaba.

A medida que la película avanzaba, la luz de la pantalla iluminaba el rostro de Liam. Por primera vez en semanas, sus hombros no estaban tensos. No miraba el reloj con pánico. Estaba relajado, disfrutando del chocolate caliente, casi olvidando el infierno que le esperaba al día siguiente.

Adeline lo miraba de reojo, sintiendo que el pecho le estallaba de amor y de nostalgia. Estaba tan cerca de él. Podía oler su perfume, podía escuchar su respiración. En el sofá, la mano de Liam descansaba sobre el cojín, a solo unos centímetros de la suya.

Una necesidad desgarradora se apoderó de Adeline. Quería estirar los dedos, entrelazarlos con los de él, sentir la calidez de su piel y recordarse a sí misma que esta vez iba a salvarlo. Quería sostener su mano con fuerza y no soltarla nunca más. Sus dedos comenzaron a moverse lentamente por la tela del sofá, acortando la distancia... tres centímetros... dos centímetros...

«No lo hagas», se advirtió a sí misma, frenando en seco. Una oleada de dolor le recorrió el cuerpo mientras cerraba su propia mano, apretando los dedos contra su palma. «Si lo presionas, va a huir. Él no sabe quién eres. Para él solo eres la chica nueva que se mete en sus asuntos. Tienes que contenerte, Adeline. Su vida depende de que juegues bien tus cartas».

Adeline respiró hondo, alejó la mano y la usó para tomar un puñado de palomitas, fingiendo que nada había pasado.

—Esa escena siempre es la mejor, ¿verdad? —dijo con la voz más alegre que pudo fingir, aunque por dentro sentía que se estaba rompiendo en mil pedazos.

Liam asintió, dedicándole una mirada muy sutil, casi imperceptible, de agradecimiento. No sabía por qué Adeline vivía en ese palacio fantasma, ni por qué inventaba excusas para tenerlo cerca. Pero mientras la lluvia golpeaba con fuerza los grandes ventanales, Liam descubrió que, por primera vez en su vida, el silencio de una habitación no le causaba miedo.




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