El Arte De Romper Tu Corazón

Capítulo 5: Las consecuencias de la ausencia.

La suspensión de Adeline cayó como una maldición sobre el instituto. Tras perder el control y golpear fuertemente al líder de los abusadores para proteger a Liam, las autoridades escolares la enviaron a casa por una semana completa. Sin su escudo brillante recorriendo los pasillos, el mundo gris de Liam se volvió completamente negro. Los matones, sedientos de venganza y sabiendo que nadie los detendría, duplicaron sus ataques. Liam llegaba a casa cada día más roto, con nuevos hematomas que ocultar y el alma exhausta de tanto resistir.

En su hogar, el ambiente no era mejor; sus padres, enterados de que su rendimiento había tenido ligeras variaciones por los altercados, lo castigaron con una severidad que casi le quita las fuerzas para levantarse.

El último día de la suspensión de Adeline, el timbre de salida resonó con fuerza. Liam arrastró los pies hacia la salida principal, con el cuerpo adolorido y la mirada perdida. Sin embargo, al cruzar las puertas de cristal, el corazón se le dio un vuelco.

Al otro lado de la reja, apoyada en el capó de su auto de lujo, estaba ella.

Adeline vestía una chaqueta de cuero y sus habituales auriculares amarillos. Aunque intentaba mantener su postura alegre, sus ojos buscaban con desesperación entre la multitud de estudiantes. Buscaba a Liam. La culpa de haberlo dejado desprotegido durante una semana la estaba carcomiendo por dentro.

Liam se detuvo en seco. Al verla, una mezcla de vergüenza, confusión y miedo lo inundó. No quería que ella viera el estado en el que se encontraba. No quería que su luz se contaminara con sus desgracias. Así que, agachando la cabeza, Liam dio media vuelta y caminó rápido en la dirección contraria. La ignoró por completo.

—¡Liam! —escuchó su grito a lo lejos, pero no se detuvo.

Comenzó una persecución silenciosa. Liam se adentró en las calles del pueblo, usando el entorno para perderla. Se escondió detrás de los grandes árboles del parque central, caminó a paso apresurado entre los puestos de comida callejera y los mercados locales, tapándose el rostro con la capucha de su suéter. Miraba de reojo hacia atrás, viendo cómo la silueta de Adeline lo seguía de cerca, corriendo entre la gente, llamándolo con una voz que empezaba a sonar rota.

Liam aceleró el paso, pero su cuerpo herido le pasó factura. Al doblar una esquina hacia una zona más solitaria del centro comercial abierto, el destino le jugó una mala pasada. Tres figuras conocidas emergieron de un local de videojuegos. Eran ellos. Los matones del instituto.

—Miren a quién nos encontramos. El cerebrito anda solo —dijo el líder con una sonrisa macabra, tronándose los nudillos.

Liam dio un paso atrás, sintiendo que la pared a su espalda le quitaba el escape. Cerró los ojos, preparándose para lo peor.

Pero antes de que el primer puño lo alcanzara, una mano cálida, suave y firme atrapó la suya con una fuerza asombrosa.

Adeline había llegado. Sin pensarlo dos veces, aprovechando la sorpresa de los agresores, tiró del brazo de Liam y comenzó a correr, arrastrándolo consigo por el laberinto de calles estrechas mientras el cielo se teñía rápidamente de un azul oscuro.

En el momento en que sus dedos se entrelazaron con los de ella, Liam sintió una descarga eléctrica que le recorrió toda la espina dorsal. Fue un sentimiento extraño, profundo y abrumador; una calidez que nunca antes había experimentado en su vida, como si esa mano encajara perfectamente con la suya, como si lo hubiera estado esperando desde siempre. Su corazón latió con tanta fuerza que temió que ella pudiera escucharlo.

Adeline lo guio rápidamente hacia el interior de un callejón estrecho y mal iluminado, lejos de la avenida principal. Ya era de noche. Las luces parpadeantes de un viejo farol apenas iluminaban las paredes de ladrillo húmedo.

Se detuvieron en seco, jadeando por el esfuerzo. Adeline soltó su mano lentamente, aunque cada fibra de su ser gritaba por no hacerlo. Quedaron frente a frente, a escasos centímetros de distancia en la penumbra.

Liam, abrumado por la cercanía y por el torbellino de emociones que acababa de sentir en su pecho, apartó la mirada de inmediato. Miró hacia el suelo de cemento, ocultando sus ojos debajo de su flequillo alborotado. Estaba temblando, no solo por la carrera, sino por el miedo a lo que Adeline despertaba en él.

Adeline lo observó en silencio. La luz de la luna apenas rozaba el rostro pálido de Liam, dejando ver un pequeño raspón nuevo en su mejilla. El dolor de ver otra marca en su piel la hizo dar un paso al frente de manera instintiva, con los brazos medio levantados, muriéndose por acunar su rostro, por estrecharlo contra su cuerpo y curar cada herida que el mundo le había causado durante su ausencia. Quería acortar esos últimos centímetros, abrazarlo y no soltarlo jamás.

Sin embargo, Adeline se obligó a frenar. Apretó los dientes y dio un pequeño paso hacia atrás en la oscuridad del callejón, manteniendo una distancia segura. Recordaba demasiado bien el futuro. Sabía que si se acercaba demasiado ahora, si cruzaba la línea antes de tiempo, la muralla de Liam se volvería indestructible. Tenía que contenerse, aunque el pecho le doliera tanto que apenas pudiera respirar.

—Perdón por dejarte solo esta semana —susurró Adeline en medio de la noche. Su voz ya no tenía la falsa alegría de siempre; era un hilo de pura vulnerabilidad que cortaba el aire—. Es mi deber cuidarte, Liam. Aunque huyas de mí. Aunque no me hables. No voy a dejar que te vuelvan a tocar.

Liam no respondió. Siguió mirando al suelo, con los puños apretados dentro de sus mangas largas, sin entender por qué las palabras de esa chica misteriosa sonaban como una promesa de vida o muerte, y sin saber que, en la línea temporal que Adeline tanto intentaba borrar, ese mismo callejón oscuro había sido el testigo silencioso de sus peores lágrimas.




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