La tormenta del viernes a la medianoche no solo trajo truenos, sino el colapso de todo el mundo de Liam. Tras una discusión brutal en su casa, donde las expectativas de sus padres se transformaron en golpes más feroces que de costumbre, Liam no aguantó más. Salió corriendo a la calle bajo la lluvia torrencial, sin abrigo, con el cuerpo roto y la mente nublada. Corrió sin rumbo, con el agua helada calándole los huesos, hasta que sus piernas, temblorosas y exhaustas, lo guiaron por instinto hacia el único lugar donde no se sentía un fantasma: la gran mansión de la colina.
Adeline estaba despierta, mirando las gotas chocar contra el ventanal de su habitación, cuando el timbre de la entrada resonó. Al abrir la pesada puerta de madera, se le encogió el corazón.
Ahí estaba Liam. Estaba empapado de pies a cabeza, con el cabello pegado a la frente, temblando violentamente y con los ojos vidriosos por una fiebre alta que empezaba a consumirlo. No dijo nada; simplemente se desplomó hacia el frente. Adeline lo sostuvo como pudo, amortiguando su caída, y lo arrastró hacia la sala principal, asustada como nunca antes en sus dos vidas.
Dos horas después, la sala estaba iluminada solo por el fuego de la chimenea. Adeline había logrado cambiarle la ropa húmeda por prendas secas suyas que le quedaban grandes, y lo había recostado en el gran sillón, cubriéndolo con varias mantas gruesas. Con una paciencia infinita, ella se sentó en el suelo junto a él, pasándole un paño húmedo y frío por la frente para bajarle la temperatura. Liam deliraba un poco por la fiebre, con las mejillas encendidas y la respiración agitada.
A mitad de la madrugada, el temblor de Liam disminuyó. Abrió los ojos lentamente, desenfocados por el malestar, y miró a Adeline. La vulnerabilidad de la enfermedad derribó todas sus murallas de hielo.
—Adeline... —susurró con una voz ronca, rota por el cansancio—. Ya no puedo más. Me duele todo.
Adeline sintió un nudo asfixiante en la garganta, pero le acarició la frente con delicadeza.
—Shh, descansa. Estás a salvo aquí —le dijo dulcemente.
—Quiero huir —confesó Liam, y una lágrima traicionera resbaló por su sien, perdiéndose en su cabello alborotado—. Quiero huir de todo. De mis padres, de la escuela, de este pueblo horrible. Mi único anhelo... lo único que me mantiene vivo cada día, es contar los días para cumplir la mayoría de edad, subirme a un autobús e irme lejos. Muy lejos. Donde nadie me conozca. Donde pueda desaparecer.
A Adeline se le congeló la sangre en las venas. Esas palabras exactas eran el preludio de la tragedia. En el futuro que ella recordaba, Liam también había huido, pero el dolor y los traumas lo habían perseguido hasta llevarlo a tomar la peor decisión. El miedo a perderlo de nuevo la golpeó con la fuerza de un rayo. Quería gritarle que no se fuera, que se quedara con ella, que ella lo protegería para siempre.
Sin embargo, Adeline tragó saliva, obligando a sus ojos a brillar y forzando una sonrisa enorme, radiante y completamente falsa. Una sonrisa máscara que ocultaba el llanto de su alma.
—Entonces hazlo, Liam —le dijo con voz suave, fingiendo un entusiasmo que le partía el pecho—. Si ese es tu sueño, yo te apoyo. Ve tan lejos como necesites. Sé libre. Te mereces ser feliz, en cualquier lugar del mundo.
Liam la miró fijamente, conmovido por sus palabras. Nadie nunca lo había apoyado en nada. Confortado por su sonrisa y el calor de las mantas, sus párpados comenzaron a pesarle debido al medicamento para la fiebre. Poco a poco, sus ojos se cerraron y su respiración se volvió profunda y regular. Se quedó profundamente dormido.
El silencio de la noche regresó, interrumpido solo por el crujir de la leña en la chimenea.
Adeline se quedó mirándolo en la penumbra. Con Liam dormido, su sonrisa falsa se desmoronó por completo. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a rodar silenciosamente por sus mejillas. Se inclinó lentamente hacia él, acortando la distancia. Su rostro quedó a solo milímetros del de Liam. Podía sentir el calor que emanaba de su piel por la fiebre residual.
Una desesperación amorosa la embargó. Miró sus labios entreabiertos. Quería besarlo. Quería sellar con un beso todas sus heridas, transmitirle toda la vida que ella tenía y rogarle mentalmente que no se apagara. Sus labios casi rozaron los de él, a una distancia tan mínima que el aire compartido quemaba. Estaba a punto de romper su propia regla, a punto de entregarse al egoísmo de amarlo en voz alta.
Pero, a un milímetro de distancia, Adeline se detuvo en seco. Cerró los ojos con fuerza, apretando los puños.
«No puedo», pensó, sintiendo que el corazón se le desgarraba en mil pedazos. «Él quiere ser libre, Adeline. Quiere huir. Si lo besas, si haces que se ate a ti, vas a ser una cadena más en su vida de prisiones. Prefiero que me deje atrás y que viva, a que se quede conmigo y se rompa».
Con un dolor supremo, Adeline alejó el rostro lentamente. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se acomodó en el suelo, recostando la cabeza a un lado del sillón, lo suficientemente cerca para vigilar su fiebre, pero lo suficientemente lejos para no asfixiarlo. Miró al chico que había cruzado el tiempo para salvar, prometiéndose a sí misma que, aunque él se marchara lejos y la dejara sola en ese palacio vacío, ella mantendría su luz encendida hasta el último segundo
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viaje en el tiempo, dolor del pasado y un nuevo comienzo, romame
Editado: 10.08.2026