El sábado por la mañana, la fiebre de Liam había desaparecido, dejando en su lugar una debilidad física y un deseo absoluto de no regresar a su realidad. No quería volver a ver a sus padres, ni sentir las paredes opresivas de su casa. Por primera vez en su vida, Liam tomó una decisión rebelde: quedarse un día más en la mansión de Adeline. Ella, por supuesto, no puso ninguna objeción. Al contrario, ver a Liam desayunando tranquilamente en su mesa era todo lo que ella había soñado para este nuevo pasado.
Sin embargo, con la claridad del día y la mente despejada, Liam empezó a notar las inconsistencias del lugar. Mientras caminaban por los enormes pasillos hacia la parte trasera de la casa, el silencio era tan denso que resultaba antinatural.
—Adeline —preguntó Liam, deteniéndose frente a una gran ventana que daba al ala este—. Si tu familia tiene tanto dinero... ¿por qué no vive nadie más aquí? Quiero decir, aparte de tu chofer, no he visto a un solo sirviente en estos dos días.
Adeline se tensó visiblemente, abriendo los ojos de par en par.
—Ah... bueno, a mis padres les gusta la privacidad. Odian tener gente extraña caminando por la casa —improvisó ella con una risa rápida, aunque por dentro sintió un vuelco. La realidad era que ella apenas había tenido tiempo de planificar la logística de esa casa tras despertar en el pasado; solo le importaba estar cerca de él.
—¿Y las fotos? —insistió Liam, frunciendo el ceño—. No hay un solo cuadro familiar. Ni uno tuyo de niña. Es como si esta casa hubiera aparecido de la nada hace un mes.
—Es que... renovamos todo el diseño interior antes de venir. Los retratos antiguos están guardados en el sótano —mintió de nuevo, sintiendo que el sudor frío le recorría la nuca. Liam estaba haciendo preguntas para las que ni ella misma tenía una respuesta lógica.
Para cortar el interrogatorio y distraerlo, Adeline abrió de golpe las puertas de cristal que daban al patio trasero. El paisaje afuera era desolador: las malezas crecían sin control, los rosales estaban secos y las fuentes de piedra lucían agrietadas y vacías. Un jardín abandonado que contrastaba con el lujo del interior.
—¡Ya sé qué podemos hacer hoy! —exclamó Adeline, alzando los brazos con su habitual energía—. Este jardín da pena. Pasemos el día arreglando este pequeño espacio junto al porche. Nos vendrá bien un poco de tierra en las manos.
Liam miró el desastre verde y luego las manos delicadas de Adeline. No pudo evitar soltar una pequeña sonrisa, la primera de forma voluntaria.
—Está bien, niña rica. Déjame enseñarte cómo trabaja la gente normal.
Pasaron las siguientes horas bajo un sol tibio que lograba entibiar el ambiente.
Adeline sacó unas herramientas viejas que encontró en el garaje y se dispusieron a arrancar la mala hierba y a podar los arbustos rebeldes. Lo que empezó como un trabajo pesado pronto se convirtió en un festival de risas. Adeline no tenía idea de cómo usar una pala y terminó cayéndose de espaldas sobre un montón de hojas secas, haciendo que Liam soltara una carcajada limpia y sonora que resonó en todo el patio vacío. Hear esa risa hizo que a Adeline se le llenaran los ojos de lágrimas de felicidad; valía la pena cada mentira con tal de mantener ese sonido vivo.
La tensión cambió sutilmente cuando se dispusieron a plantar unas pequeñas flores silvestres que Adeline había comprado días atrás. Sentados en el suelo, muy juntos, compartían la misma pequeña maceta de tierra.
—Dame un poco de abono —pidió Adeline, estirando la mano.
Liam metió los dedos en el saco y, al extender la mano para dárselo, sus dedos rozaron los de ella. Fue un contacto sutil, pero la piel de ambos reaccionó al instante. Liam detuvo el movimiento, congelándose en su lugar. Sintió de nuevo esa extraña descarga eléctrica en el pecho, la misma calidez del callejón que le hacía latir el corazón a mil por hora.
Adeline tampoco se movió. Sus dedos permanecieron entrelazados con los de él sobre la tierra húmeda. Levantó la vista y sus ojos se encontraron. Estaban demasiado cerca. Liam pudo notar el aroma a vainilla de su cabello y el temblor sutil de sus labios. Adeline miró fijamente los ojos de Liam, perdiéndose en el brillo café que el futuro le había arrebatado.
El silencio se volvió espeso, pero ya no era un silencio de misterio, sino de una tensión romántica que los puso extremadamente nerviosos. Liam tragó saliva, sintiendo que las mejillas le ardían, y apartó la mano rápidamente, fingiendo limpiar una hoja.
—Lo siento... me distraje —murmuró él, con las orejas completamente rojas, mirando hacia otro lado.
Adeline soltó una risita nerviosa, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja para ocultar que su propio pulso estaba desbocado.
—No pasa nada, genio. A los profesionales también les pasa —bromeó con voz temblorosa.
Siguieron trabajando en silencio, pero el ambiente ya no era el mismo. Cada vez que sus hombros chocaban por accidente o que sus dedos rozaban la misma herramienta, un magnetismo invisible los hacía apartarse con rapidez, con el corazón acelerado y una sonrisa tímida en los labios.
Mientras la tarde caía y el pequeño rincón del jardín lucía finalmente lleno de vida, Liam miró a Adeline de reojo. Seguía sin entender por qué su casa parecía un escenario de teatro vacío o por qué ella ocultaba su pasado tras una sonrisa. Pero ahí, con los dedos cubiertos de tierra y el pecho latiendo con fuerza por los nervios de su cercanía, Liam se dio cuenta de algo que lo asustó: ya no solo quería huir del mundo. Ahora, una parte de él quería quedarse en ese palacio fantasma para siempre
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viaje en el tiempo, dolor del pasado y un nuevo comienzo, romame
Editado: 10.08.2026