El Arte De Romper Tu Corazón

Capítulo 8: La ilusión entre la niebla y la música

El domingo por la mañana, la burbuja perfecta que Liam había construido durante el fin de semana comenzó a agrietarse. Sentado al borde de la cama de invitados, el vibrar constante de su teléfono rompió el silencio de la habitación. Con las manos temblorosas, desbloqueó la pantalla y se enfrentó a la realidad de la que tanto intentaba escapar.

Eran decenas de mensajes de su padre. Las palabras escritas en la pantalla destilaban una frialdad y una violencia psicológica que le helaron la sangre.

«Si no estás en esta casa antes de que termine el día, mañana mismo tramitaré tu ingreso al ejército. Olvídate de la universidad. Te haré hombre a la fuerza».

«Tu madre se ha puesto enferma del corazón por culpa de tus berrinches. Su salud está en tus manos».

Liam miró el último mensaje y soltó una risa amarga, seca, desprovista de cualquier emoción. Sabía perfectamente que la dolencia de su madre no era grave; era solo una manipulación más. Sabía que ambos eran cómplices, que ella callaba y justificaba cada golpe de su padre con tal de mantener la fachada de una familia perfecta. Eran un equipo diseñado para aplastarlo. Con el corazón latiendo con fuerza por la ansiedad, Liam apagó el teléfono, lo guardó en el fondo del bolsillo de su pantalón gastado y respiró hondo. Decidió que no les daría el poder de arruinar las últimas horas que le quedaban en ese refugio.

Se tragó el miedo y bajó las escaleras.

Un aroma dulce a vegetales salteados y especias lo guio directamente hacia la cocina. Al detenerse en el umbral, Liam se quedó sin aliento.

El sol de la mañana entraba por el gran ventanal, iluminando la habitación con destellos dorados.

Adeline estaba de espaldas a él, concentrada frente a la barra. Llevaba puesto un delantal de lona azul que acentuaba su silueta, y se había recogido el cabello alborotado en un moño alto, dejando al descubierto su cuello pálido. De fondo, una melodía suave de piano sonaba desde un pequeño altavoz, llenando el espacio de una paz nostálgica. Adeline cortaba las verduras con una delicadeza y una precisión casi artísticas, moviéndose al ritmo de la música.

Al verla así, tan real, tan ajena a la podredumbre del mundo exterior, un impulso arrollador se apoderó de Liam. Por primera vez en su vida, el deseo de huir no fue lo primero que cruzó su mente. En su lugar, sintió una necesidad desesperada de caminar hacia ella, de acortar la distancia en silencio, rodear su cintura con los brazos por la espalda y esconder el rostro en la curva de su cuello.

Quería aferrarse a ella y confesarle todo lo que llevaba guardado en el pecho. Quería decirle, con la voz rota por el llanto, que desde el bendito martes de octubre en que ella cruzó la puerta de su salón, su vida entera había encontrado un rayo de esperanza. Quería decirle que ella era su única luz, que estar a su lado era lo único que silenciaba los gritos de su cabeza y que, por primera vez, el futuro no le parecía un desierto vacío. Su cuerpo dio un paso al frente de manera instintiva, sus manos se levantaron sutilmente en el aire, anhelando el contacto.

Pero a mitad del camino, Liam se congeló.

Ell peso de los mensajes de su padre volvió a su mente como un balde de agua helada. Miró sus propias manos, las mangas de su suéter que ocultaban las marcas moradas, y un sentimiento de profunda indignación y lástima hacia sí mismo lo detuvo.

«No puedo hacerle esto», pensó Liam, bajando los brazos lentamente y cerrando los puños con frustración. «Ella es perfecta, es alegre, tiene una vida brillante por delante. Yo soy un desastre, un chico roto perseguido por monstruos. Si la abrazo, si le digo lo que siento, la voy a arrastrar conmigo a mi propio infierno. Mis padres me van a destruir y la destruirán a ella en el proceso. Es mejor que siga pensando que soy de hielo. Es mejor que me vaya solo».

Liam tragó saliva, obligándose a enterrar ese rayo de esperanza bajo toneladas de miedo. Dio un paso atrás, aclarando su garganta para anunciar su presencia antes de que Adeline se diera la vuelta.

—Huele muy bien —dijo con su habitual hilo de voz, forzando una expresión neutral.

Adeline se giró rápidamente al escucharlo, y su rostro se iluminó con esa enorme y radiante sonrisa que Liam tanto amaba, sin que él pudiera imaginar que ella, al verlo con las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo, también estaba luchando internamente por no dejar caer el cuchillo, correr hacia él y rogarle que nunca, bajo ninguna circunstancia, regresara a esa casa que pretendía apagarlo.




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