El Arte De Romper Tu Corazón

Capítulo 9:: Las reglas del juego del tiempo

El domingo continuó envuelto en esa neblina mágica que parecía aislar la mansión del resto del mundo. Liam había tomado la firme decisión de apagar su teléfono. No quería que los mensajes de su padre rompieran la frágil paz que había encontrado.

El desayuno se convirtió en un recuerdo que Liam guardaría en lo más profundo de su memoria para los días oscuros. Adeline había preparado pan tostado y había colocado varios frascos de mermelada sobre la mesa. Lo que comenzó como un desayuno tranquilo terminó en una pequeña guerra infantil. Adeline, con su risa ruidosa, usó una cuchara para mancharle la punta de la nariz a Liam con mermelada de fresa. Liam, parpadeando sorprendido, no pudo evitar sonreír y le devolvió el gesto, manchándole la mejilla a ella. Terminaron persiguiéndose un poco por la enorme cocina, riendo a carcajadas, limpiándose el dulce con servilletas entre roces eléctricos que los hacían sonrojar. Por unas horas, Liam olvidó que era el chico roto del instituto, y Adeline olvidó el fantasma del futuro.

Más tarde, regresaron a la sala multimedia.

—Busca una película, genio —dijo Adeline, entregándole el control remoto—. Voy a la cocina por más agua y regreso.

Liam se acomodó en el sofá, concentrado en la pantalla, buscando algo que a ambos les gustara. Mientras tanto, Adeline caminó de regreso a la cocina con una sonrisa flotando en los labios. Pero al acercarse a la barra donde antes había estado cortando las verduras, la sonrisa se le congeló en el rostro.

Sobre el mármol impecable, donde no había nada hace cinco minutos, reposaba un trozo de papel envejecido, doblado a la mitad.

Adeline sintió un presentimiento helado en el estómago. Con los dedos temblorosos, tomó el papel y lo desdobló. La caligrafía era elegante, grabada con una tinta negra que parecía brillar sutilmente bajo la luz del sol. Era un mensaje de aquella entidad misteriosa, de la fuerza del destino que había escuchado su llanto desesperado en el futuro y le había permitido despertar en el pasado:

«Te concedí el milagro de romper el tiempo, Adeline, pero las líneas del destino no se borran con sonrisas. Escucha bien: si permites que Liam cumpla su anhelo y se marche de este pueblo, el ciclo se repetirá. La distancia no curará su mente, y el futuro seguirá el mismo camino de sangre y oscuridad. Pero si logras que Liam permanezca aquí, a tu lado, su destino cambiará y su vida florecerá. La decisión es tuya: sé su libertad y piérdelo, o sé su ancla y sálvalo».

Las palabras perforaron la mente de Adeline como dagas. Un sollozo mudo se atoró en su garganta. «No... no puede ser», pensó con desesperación, sintiendo que el mundo se le venía abajo. Toda su estrategia se basaba en apoyar a Liam para que huyera de sus padres. Ella estaba dispuesta a dejarlo ir con tal de que viviera, aunque eso significara no volver a verlo. Pero ahora, el destino le decía que si él se iba, volvería a suicidarse en el futuro. Tenía que obligarlo a quedarse en el mismo pueblo que lo estaba matando.

Adeline apretó la nota con tanta fuerza que sus nudillos crujieron, arrugando el papel hasta convertirlo en una bola compacta. Cerró los ojos, respiró hondo y contuvo las lágrimas con una fuerza sobrehumana. Tiró la nota arrugada al fondo del bote de basura, se alisó el delantal azul y forzó, una vez más, su máscara de alegría inquebrantable.

Caminó de regreso a la sala, balanceándose con falsa ligereza, y se dejó caer en el sofá al lado de Liam, lo suficientemente cerca como para que sus hombros se rozaran.

—¿Y bien? ¿Qué joya del cine encontraste? —preguntó ella, apoyando la barbilla en su mano, mirándolo de lado.

—Una de suspenso —respondió Liam, sin apartar la vista de la pantalla—. Creo que te gustará.

La película comenzó a reproducirse, llenando la sala con música de misterio y diálogos tenso. Adeline miraba la pantalla, pero su mente estaba en otra parte. El tic-tac del reloj de la pared parecía una bomba de tiempo. Necesitaba saber cuánto tiempo le quedaba.

A mitad de la proyección, aprovechando una escena silenciosa, Adeline habló. Su tono era suave, aparentemente casual, pero sus ojos fijos en el perfil de Liam destilaban una urgencia dolorosa.

—Oye, Liam... —susurró, rompiendo la penumbra—. El otro día, cuando tenías fiebre... mencionaste algo. Dijiste que querías irte lejos de aquí.

Liam se tensó de inmediato. El control remoto pareció pesarle una tonelada en la mano. No esperaba que ella sacara el tema de su delirio.

—Estaba enfermo, Adeline. Uno dice tonterías cuando tiene la cabeza ardiendo —intentó evadir él, tragando saliva.

—No sonaba como una tontería —insistió ella sutilmente, acercándose solo un milímetro más—. Sonaba como un plan. ¿Es verdad? ¿De verdad quieres dejar el pueblo? ¿Cuándo... cuándo planeas hacerlo?

Liam se quedó callado por unos largos segundos, mirando fijamente la pantalla parpadeante. Al ver la insistencia en los ojos de Adeline, suspiró, sabiendo que no podía mentirle a la única persona que se había convertido en su escudo.

—Es verdad —confesó en un susurro apenas audible—. En cuanto cumpla los dieciocho años. Falta menos de un mes. Ya tengo los ahorros para el primer boleto de autobús. Me iré y no volveré nunca.

Adeline sintió que el corazón se le detenía. Menos de un mes. Ese era el tiempo que tenía para contradecir los deseos del chico que amaba, para destruir su sueño de libertad y convencerlo de quedarse en su infierno personal, todo para evitar que el futuro se tiñera de sangre otra vez.

Forzando una sutil sonrisa que no llegó a sus ojos, Adeline asintió lentamente en la oscuridad, mientras por dentro, el peso del tiempo empezaba a aplastarla por completo




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.