El Arte De Romper Tu Corazón

Capítulo 10: Las cadenas invisibles del destino

La pantalla de la televisión seguía proyectando imágenes, pero para Adeline las luces parpadeantes se habían convertido en un recordatorio borroso de que el tiempo se estaba agotando.

La confesión de Liam —menos de un mes para su huida— y la advertencia de la nota quemándole la memoria la obligaron a actuar. Tenía que cambiar la jugada. Ya no podía ser la amiga que sonreía y aplaudía su escape; ahora tenía que convertirse en el freno, aunque eso significara ganarse su desprecio.

Adeline acomodó las mantas sobre sus piernas, fingiendo buscar una posición cómoda en el sofá para acercarse un poco más a él.

—Un mes es muy poco tiempo, genio —comentó con una voz suave, intentando que sonara como una reflexión casual—. Pero... ¿has pensado bien a dónde vas a ir? Huir suena como una aventura, pero a veces... no sé. ¿No crees que sería mejor quedarte y enfrentar tus problemas aquí? O sea, con el apoyo correcto. Yo te apoyo en todo, lo sabes, pero tal vez dejarlo todo atrás no sea la verdadera solución.

Liam apartó por fin la vista de la pantalla. Frunció el ceño sutilmente, mirándola con una mezcla de sorpresa y confusión. La Adeline que hace unas horas le había dicho «ve tan lejos como necesites» parecía estar desvaneciéndose.

—No hay nada que pensar, Adeline —respondió Liam, y su tono se volvió inusualmente firme—. Mis problemas no son algo que se pueda arreglar hablando con un psicólogo escolar o pidiendo ayuda. Mis problemas tienen nombres y apellidos, y duermen bajo el mismo techo que yo. Quedarme aquí significa dejar que me destruyan. Además... —Liam bajó la vista hacia sus propias manos, encogiéndose de hombros—. No hay nada que me ate a este pueblo. No tengo razones para quedarme.

Esas últimas palabras golpearon a Adeline directamente en el centro del pecho. «No tengo razones para quedarme». Para Liam, ella no era una razón suficiente. Él no recordaba el futuro; no sabía que ella había muerto por él, que había desafiado las leyes del universo solo para volver a ver sus ojos abiertos. Para él, Adeline era solo una buena amiga que había llegado hace unas semanas.

Adeline se tensó visiblemente. Sus manos apretaron la tela del cojín con tanta fuerza que la costura amenazó con romperse. Miró a Liam fijamente en la penumbra de la sala, y por un segundo, la máscara de chica alegre se agrietó, dejando ver una madurez y un dolor demasiado antiguos para su edad.

—A veces huir solo es una forma de llevarte el infierno contigo, Liam —le dijo, y su voz tembló sutilmente antes de recuperar la firmeza—. Es mejor enfrentar tus miedos hoy, porque si no... jamás van a acabar. Si corres ahora, vas a pasar el resto de tu vida escapando de fantasmas que están dentro de tu cabeza, no importa qué tan lejos te lleve ese autobús. El dolor no se queda en este pueblo; te lo vas a llevar en la mochila. Quedarse y luchar es la única forma de ser libre de verdad.

Liam la observó, completamente desconcertado por la intensidad de sus palabras. La calidez y la ligereza que siempre rodeaban a Adeline habían desaparecido, reemplazadas por una urgencia que rayaba en la desesperación. Liam sintió que una oleada de decepción y amargura le subía por la garganta.

—¿Acaso no me dijiste hace unas horas que me apoyabas? —le reclamó Liam, mirándola a los ojos con una chispa de dolor—. Pensé que eras la única persona en este maldito lugar que me entendía. Me dijiste que querías que fuera feliz en cualquier parte del mundo. ¿Y ahora me dices que me quede a luchar contra la gente que me golpea todas las noches? ¿Eso es lo que quieres para mí? ¿Qué me quede a recibir más golpes?

—¡No! ¡Claro que no quiero eso! —le interrumpió Adeline, y una lágrima traicionera se le escapó, brillando bajo la luz del televisor—. ¡Quiero que vivas, Liam! ¡Eso es lo único que quiero!

—¡Pues para vivir tengo que irme! —sentenció él, alzando la voz por primera vez en toda la tarde.

Liam se puso de pie, apartando las mantas con brusquedad. Se pasó una mano por el cabello, respirando agitadamente. El ambiente en la sala se había vuelto asfixiante. Miró a Adeline, que seguía sentada en el sofá, con el rostro contraído por un sufrimiento que él no lograba comprender.

—No lo entiendes... nadie lo entiende —murmuró Liam, recuperando su tono frío y distante, volviendo a levantar su muralla de hielo—. Creí que eras diferente, Adeline. Pero al final, eres como todos los demás. Quieres que me quede en el lugar que me está matando solo porque a ti te parece lo correcto. Mi decisión está tomada. En cuanto cumpla los dieciocho, me voy. Y nada de lo que digas me va a detener.

Liam dio media vuelta y caminó con paso firme hacia las escaleras, subiendo a la habitación de invitados y cerrando la puerta tras de sí.

Adeline se quedó sola en la inmensidad de la sala. El eco de la película seguía sonando de fondo, pero ella ya no escuchaba nada. Se encogió en el sofá, abrazando sus rodillas, y dejó que los sollozos atrapados en su garganta fluyeran libres en la oscuridad. El destino la había puesto en la posición más cruel de todas: para salvar la vida de Liam, tenía que convertirse en la villana de su historia. Tenía que romper su confianza para evitar que el futuro se tiñera de sangre otra vez, aunque el precio fuera que él terminara por odiarla.




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