El Arte De Romper Tu Corazón

Capítulo 11: La tregua del silencio

El reloj de la planta baja marcó las ocho de la noche. El silencio en la mansión se sentía denso, casi doloroso. Liam no había bajado de la habitación de invitados desde su discusión en la sala. El hambre no existía para él; su estómago era un nudo de ansiedad pura al pensar que el fin de semana de paz estaba terminando y que la cruda realidad lo esperaba al amanecer.

En la cocina, Adeline miraba fijamente dos platos con sándwiches y fruta que había preparado. Su propio corazón latía a mil por hora. Sabía que no podía dejar que Liam se fuera a la cama con el estómago vacío, ni con el sabor amargo de una pelea. Tomó la bandeja con las manos temblorosas y subió las escaleras lentamente, arrastrando los pies.

Se detuvo frente a la puerta de madera. Suspiró profundamente, forzó la mejor versión de su sonrisa —una suave, cansada y honesta— y tocó tres veces con los nudillos.

Adentro, Liam se tensó. Estaba acostado mirando al techo en la penumbra. Escuchó los toques y dudó. Pasaron dos largos minutos en los que contempló fingir que dormía, pero el recuerdo de Adeline interponiéndose entre él y los golpes en el callejón fue más fuerte. Se levantó y abrió la puerta despacio.

Adeline estaba allí, sosteniendo la bandeja, mirándolo con unos ojos grandes que reflejaban una disculpa sincera.

—Hola, genio —susurró ella, pidiendo permiso con la mirada—. Traje la cena. No quería que pasaras la noche con el estómago vacío. Y... de verdad siento mucho cómo actué allá abajo. No debí presionarte así.

Liam miró la comida y luego el rostro cansado de Adeline. Sintió una punzada de culpa. Ella lo había cuidado, le había curado la fiebre y le había dado un refugio. Él no tenía derecho a gritarle. Haz un lado la puerta para dejarla pasar.

—Yo también lo siento —dijo Liam con su habitual hilo de voz, cerrando la puerta detrás de ella—. No debí levantarte la voz. Fuiste muy buena conmigo este fin de semana y yo... reaccioné mal. Pero mi decisión sigue en pie, Adeline. Me voy a ir.

Adeline caminó hacia la cama y colocó la bandeja en el centro, sentándose con las piernas cruzadas.

El dolor en su pecho era casi insoportable, pero se obligó a mantener la compostura. El aviso de la entidad mística seguía flotando en su mente: si él se va, el ciclo se repetirá. Tenía que ser inteligente.

—Lo sé, Liam, y respeto que sea tu vida —le dijo Adeline, mirándolo fijamente a los ojos mientras inventaba una excusa lógica para camuflar su verdadero motivo—. Mi opinión es distinta porque... tengo miedo por ti. Afuera hay un mundo muy grande y frío, y a veces, cuando huyes con tanta prisa, terminas en lugares peores por pura desesperación. Solo quiero que estés seguro de que cuando te vayas, lo hagas para construir algo nuevo, no solo para escapar de lo viejo. Pero no nos peleemos por eso hoy. Vamos a cenar.

Liam la observó en silencio, procesando sus palabras. No detectó ninguna malicia en ella, solo una preocupación genuina que nadie más en su vida había mostrado jamás. Se sentó en el otro extremo de la cama, frente a ella.

La cena transcurrió en una seriedad absoluta, aunque la tensión y el enojo ya se habían evaporado. Comieron en silencio, compartiendo el espacio de la cama. El ambiente era íntimo pero melancólico, interrumpido solo por el sonido de la lluvia que afuera continuaba golpeando los cristales. Ya no había risas con mermelada, ni roces juguetones de dedos; había una madurez silenciosa entre dos personas que se querían con el alma pero miraban hacia caminos diferentes.

Mientras masticaba mecánicamente, la mente de Liam era un caos. Las palabras de Adeline se habían quedado grabadas en su cabeza. «El dolor no se queda en este pueblo; te lo vas a llevar en la mochila». Por primera vez, Liam se descubrió a sí mismo dudando. ¿De verdad irse lo arreglaría todo? Miró de reojo a Adeline, que bebía un poco de jugo en silencio. Pensó en lo vacío que se sentiría el autobús si ella no estaba en el asiento de al lado. Una parte de él, muy pequeña y temerosa, empezó a considerar la idea de quedarse. Pero de inmediato, el recuerdo de los mensajes de su padre en el teléfono volvió a encender sus alarmas de supervivencia. Tenía que irse. No había otra opción.

El verdadero terror de Liam, sin embargo, era el día siguiente. ¿Cómo iba a enfrentar el lunes? Tendría que regresar a su casa, ver la cara de sus padres tras haber desaparecido todo el fin de semana, y soportar el castigo que sin duda le esperaba. Tendría que volver al instituto, soportar la presión de los profesores por el examen nacional y esquivar a los abusadores que ahora lo odiaban más debido a la suspensión de Adeline.

Liam miró sus manos limpias sobre las mantas de la mansión. Sabía que en pocas horas, esa burbuja de cristal se rompería y el infierno volvería a comenzar. Pero mientras terminaba su sándwich frente a la única chica que cruzó su destino para salvarlo, Liam decidió aferrarse a ese último rastro de calidez nocturna, sin saber que el lunes traería el inicio de la verdadera batalla por su vida.




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