El lunes por la mañana comenzó con una luz dorada que entraba tímidamente por los grandes ventanales de la cocina de la mansión. Sobre la mesa, una mezcla de olores dulces anunciaba el desayuno. Adeline, vistiendo su uniforme impecable pero con sus infaltables auriculares amarillos, había encendido el pequeño altavoz. Una melodía pop suave y pegajosa llenaba el espacio.
Sentados uno frente al otro, la tensión de la noche anterior pareció disolverse en el aire. Adeline tarareaba la canción con los ojos cerrados, moviendo la cabeza al ritmo de la música mientras vertía una cascada exagerada de jarabe de maple sobre una torre de panqueques. Liam la observaba, y por primera vez en un lunes, una sonrisa limpia y sincera se dibujó en sus labios. Jugaron a inventar mezclas extrañas con la licuadora, combinando frutas y riendo cuando el batido de fresa y plátano terminó salpicando un poco la barra de mármol. Durante esa hora, el reloj no existía. Eran solo dos adolescentes compartiendo la mañana.
Al terminar de limpiar la barra, Adeline apagó la música, guardó su teléfono en la mochila y miró a Liam con una chispa decidida en los ojos.
—Oye, genio —dijo con total naturalidad, mientras se acomodaba la falda del uniforme—. Hoy, después de la escuela, te voy a acompañar a tu casa. No quiero que camines solo.
Liam se congeló a mitad de un movimiento, dejando el vaso de vidrio sobre la mesa. Su cuerpo se tensó por completo, y la calidez del desayuno se evaporó de golpe.
—No... no es necesario, Adeline —respondió rápido, con la voz un tanto áspera por los nervios—. Puedo regresar solo. De verdad. No te molestes.
—¡No es ninguna molestia! —insistió ella, dando un saltito alegre y juntando las manos—. Además, quiero conocer a tus padres. Es de buena educación presentarme después de que pasaste el fin de semana aquí, ¿no crees? —respondió con una sonrisa enorme, desbordando una alegría que pretendía ocultar la verdadera razón: Adeline necesitaba ver el terreno del enemigo para idear cómo salvarlo.
Liam sintió que un sudor frío le recorría la nuca. El pánico comenzó a arañarle el pecho. Sus padres ya debían estar furiosos porque él había apagado el teléfono y no había regresado a dormir en todo el fin de semana. Si llegaba a casa acompañado por una chica rica y alegre, su padre lo vería como una provocación, como una debilidad. Pensar en la reacción de ellos lo ponía extremadamente nervioso.
—Adeline, en serio, mis padres son... complicados. No les gustan las visitas —intentó disuadirla, mirándola con ojos suplicantes.
—Pues tendrán que acostumbrarse a mí, porque soy muy persistente —sentenció ella, guiñandole un ojo y manteniéndose firme en su decisión—. Vamos, se nos hace tarde para el instituto.
El viaje en el auto privado de Adeline transcurrió en un silencio tenso por parte de Liam, quien miraba por la ventana con el estómago hecho un nudo. Al llegar a las puertas del instituto, la realidad los golpeó de frente. Al bajarse del auto de lujo, decenas de estudiantes se detuvieron a mirarlos. Los murmullos corrieron como pólvora por los pasillos. Ver al chico invisible del fondo del salón bajándose del coche de la heredera millonaria era un espectáculo que nadie esperaba. Los miraban raro, con recelo y curiosidad.
A pesar de las miradas pesadas, los abusadores no se atrevieron a acercarse. El líder, que todavía lucía un pequeño vendaje tras el altercado con Adeline semanas atrás, fulminó a Liam con la mirada desde lejos, pero dio media vuelta al notar la fría y protectora advertencia en los ojos de la chica.
Dentro de las aulas, la presión no disminuyó. En la clase de historia, el profesor volvió a dejar caer una pila de guías de estudio sobre el banco de Liam.
—Señor Miller, espero que este fin de semana haya estudiado el triple. No quiero excusas en el simulacro de mañana. Su nota debe ser perfecta —le exigió con voz cortante frente a todos.
Liam bajó la cabeza, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros heridos. Pero justo cuando sintió que iba a asfixiarse, una mano pequeña se deslizó por debajo del banco de al lado y le dio un suave apretón en la rodilla, soltándolo de inmediato para no incomodarlo. Adeline se mantuvo fielmente a su lado durante cada hora de clase, enviándole notas con dibujos graciosos del profesor, siendo su ancla silenciosa en medio del caos escolar.
Cuando llegó la hora del almuerzo, Adeline tomó a Liam del brazo antes de que él pudiera escabullirse hacia los pasillos traseros.
—Hoy no comeremos la comida horrible de la cafetería —anunció con orgullo, sacando de su mochila un contenedor térmico—. Preparé algo delicioso para los dos. ¡Vamos!
Lo guió hasta un rincón oculto detrás del salón de música abandonado, un pasillo exterior cubierto por enredaderas donde nadie solía caminar y donde los gritos del patio apenas eran un eco lejano. Allí, sentados en el suelo de cemento con la espalda apoyada contra la pared, compartieron un sabroso almuerzo de arroz con vegetales y pollo que Adeline había cocinado el día anterior. Por fin, Liam pudo soltar el aire que contenía en los pulmones. El silencio de ese escondite era el bálsamo que su mente necesitaba.
Al terminar de comer, un cansancio profundo, nacido de los días de tensión acumulada, pareció adueñarse de ambos. Adeline guardó los recipientes y soltó un largo suspiro. Miró de reojo a Liam, cuyas facciones lucían un poco más relajadas bajo la sombra de las hojas.
Sin decir una palabra, dejándose llevar por la paz del momento, Adeline cerró los ojos y dejó caer su cabeza lentamente, apoyándola de forma breve y suave sobre el hombro de Liam.
Una atmósfera romántica y suspendida en el tiempo envolvió el rincón. Liam contuvo el aliento, paralizado por la sorpresa y por la cercanía de su rostro. Podía oler el suave perfume a vainilla de su cabello y sentir el calor de su cuerpo contra el suyo. Su corazón comenzó a latir con una fuerza descomunal, pero no se movió. No quería arruinar ese instante.
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viaje en el tiempo, dolor del pasado y un nuevo comienzo, romame
Editado: 10.08.2026